El  glorioso 2 de abril de 1982 las tropas de ocupación inglesas se rendían ante la Argentina que recuperaba las Islas Malvinas, usurpadas por Gran Bretaña desde 1833.

Cuando en la redacción de NCN conversamos sobre la publicación de una nota recordatoria de la Gesta del Atlántico Sur, muchas fueron las ideas que pasaron por mi mente y las de mis compañeros de redacción. Por suerte personal me designaron para publicarla.

Realizar un análisis político-militar de lo acontecido; efectuar una crónica sobre la guerra continua que mantenemos con el enemigo histórico inglés desde 1806-1807 hasta nuestros días; volver a refutar los lugares comunes de los artífices de la desmalvinización (desde la propia Junta Militar, pasando por Alan Rouquie -quien acuñó el término-,(principal exponente de una clase política anti malvinera), hasta los «intelectuales de la visión alternativa» a quienes ya hemos «atendido» oportunamente sin que atinaran a replicar en el debate.
Pero cuando pensamos mejor, decidímos que para mostrar el heroísmo, la nobleza, valentía y justicia de nuestra causa, era mejor hacerles llegar, a a los  lectores, el relato mismo del combate. Tratar de trazar una pintura que por un momento los pueda trasladar a nuestra turba en Pradera de Ganso y ponerlos codo a codo junto al heroico «Toto» Estevez y sus hombres, pues a ellos nos referiremos.
Y en este ejemplo de abnegación y coraje homenajear a cada uno de nuestros 649 Héroes de Guerra, caídos en cumplimiento del deber, en defensa de la Patria.
Vayamos allí, entonces…

«El 28 de mayo, aproximadamente a las 2:30 AM los paracaidistas del Segundo Batallón inglés, con apoyo de fuego de una Fragata y seis piezas de artillería, atacaron por el norte del dispositivo de defensa argentino, tratando de quebrar por la posición del Regimiento 12.La Compañía A del Reg. 12 luego de soportar lo máximo posible la presión enemiga se replegó. Algunos elementos lo hicieron en forma ordenada, otros,lamentablemente, en forma caótica. En esos momentos el flanco izquierdo de la defensa comenzaba a flaquear y se producía el siguiente diálogo:
– PADRE MORA: «Señor Teniente Coronel, basado en mi propia experiencia,durante la Segunda Guerra Mundial en Italia, estimo que, por el potente fuego de artillería enemiga que se recibe más el cansancio de los soldados, será muy difícil sostener las líneas defensivas. Si Ud. me permite, creo que sería conveniente utilizar la Sección de Tiradores Especiales, del Teniente Roberto Estévez, a la que le reconozco un excelente espíritu para el combate.»

El Padre Santiago Mora, Capellán del Regimiento de Infantería 12 y veterano de la II Guerra en el Teatro de Operaciones Italia, le hizo esta proposición al Jefe de la Defensa,Coronel Piaggi.
– TENIENTE CORONEL PIAGGI: «Gracias, Padre, lo pensaré; mis asesores también me dieron el mismo consejo; esta Reserva es lo último de que disponemos».
Luego, se sostuvo otro diálogo trascendental entre el sacerdote y Estévez al que se sumaría –con la orden esperada- el Teniente Coronel Piaggi:
-PADRE MORA: “Disculpe Estévez, yo le dije al Teniente Coronel Piaggi que podría mandarlo a usted al frente para apoyar el repliegue de la Compañía A”.
-TENIENTE ESTEVEZ: “Gracias Padre. Eso era lo que estaba esperando”.

Seguidamente el Teniente Coronel dio sus órdenes:
-TENIENTE CORONEL PIAGGI: “Teniente Estévez, como último esfuerzo posible, para evitar la caída de la Posición Darwin-Goose Green, su Sección contraatacará en dirección Noroeste, para aliviar la presión del enemigo sobre la Compañía «A», del Regimiento 12 de Infantería. Tratará de recomponer, a toda costa la primera línea. Sé que la misión que le imparto sobrepasa sus posibilidades, pero no me queda otro camino”.

Luego, lo despidió con un fuerte abrazo. Estévez consciente de lo difícil de la misión jamás se sintió intimidado y se dirigió a su tropa de la siguiente manera:
– “Por fin ha llegado el momento más importante de sus vidas como soldados; si recuerdan toda la preparación que han tenido, la fracción tiene más posibilidades de cumplir con la misión. Soldados, en nuestras capacidades están las posibilidades para ejecutar este esfuerzo final, y tratar de recomponer esta difícil situación. Estoy seguro de que el desempeño de todos será acorde a la calidad humana de cada uno de ustedes y a la preparación militar de que disponen…Y ahora…Seguirme!».

Efectuada la breve arenga el Héroe marchó a cumplir con su destino. Dios guiaba sus pasos. Marchaba decidido al frente de sus soldados para enfrentar al invasor. Se preparaba mientras tanto para la posibilidad de la muerte, estaba dispuesto…todo estaba listo para vencer o morir…

“A las 6 de la mañana de aquel 28 de mayo, la Sección “Bote” se puso en fila y comenzó a avanzar hacia el norte por el ondulado y descubierto terreno en medio de la oscuridad, tratando de cubrir lo antes posible el poco más de kilómetro y medio que la separaba de su objetivo. Detrás, quedaban el cabo Rosales y los soldados Álamo, López y Maina y dos conscriptos del grupo de apoyo de la Sección “Romeo”, Héctor Cabrera y José Luis Cevallos, para dar seguridad al puesto comando de la compañía y para actuar como escalón de recibimiento en caso de repliegue de la fracción. Estévez encabezaba el grupo de hombres, cuya masa estaba constituida por veintiséis soldados aspirantes a oficiales de reserva, secundado en el mando por el cabo primero Olmos y los cabos Zárate y Castro.También había sido agregado al contingente el cabo Miguel Ángel Ávila, jefe del grupo de apoyo de la sección del subteniente Gómez Centurión, y cuatro de sus conscriptos (Buffarini, Culasso, Bartolucci y Arce) portando una ametralladora MAG y un lanzacohetes. Si bien estos últimos estaban acoplados a la Sección “Bote” sólo desde los principios del mes de mayo, habían desarrollado una buena camaradería con los hombres del teniente Estévez como así también con el propio cabo Ávila, un jujeño de diecinueve años de edad. Varios minutos después de haber partido, los adelantados de la fila se encontraron con algunos efectivos del Regimiento de Infantería 12, replegados desde lo que había sido la primera línea del combate observado en aquella madrugada; se encontraban en sus antiguas posiciones y contaban con un jeep, desde cuyo interior podían oírse el intercambio de tráfico radioeléctrico. A cargo de esa pequeña porción de tropas estaban el teniente primero Manresa, jefe de la Compañía A de aquella unidad, y el teniente Alejandro Garra, compañero de promoción de Estévez. En la breve charla que se produjo en medio del campo y la oscuridad, aquellos le comentaron al oficial del 25 qué era lo que había pasado durante el combate y le indicaron hacia dónde estaban las posiciones que debía ocupar, facilitándole dos guías para una mejor orientación; tras la despedida, la Sección “Bote” continuó con la marcha. En las proximidades de la zona que debían alcanzar, los infantes cruzaron por una tranquera que estaba abierta. Apareciendo por la retaguardia, ya muy cerca de los pozos en donde estaba establecida la sección de los servicios, la fracción sorprendió al subteniente Peluffo. Sin tener un aviso previo de la llegada de refuerzos, Peluffo pensó que el enemigo lo había sobrepasado, pero cuando uno de sus soldados le dijo que esos eran los hombres del 25 que estaban con ellos en la zona de Pradera del Ganso, el joven subteniente salió a recibirlos. A la vez, el teniente Estévez impartía a su sección la orden de desplegarse en cadena con el mismo frente que traían en la marcha. Luego de que Peluffo se presentara, Estévez le inquirió:
– ¿Cuál es la situación?
El subteniente le informó acerca de los movimientos que el enemigo había hecho durante la noche, incluido el fuego de ablandamiento efectuado por su artillería en el sector, y del repliegue de parte de la Compañía A; también le comentó la disposición de su tropa y el armamento de que disponía, remarcándole que la altura que tenían a la derecha se encontraba desocupada. Obrando en consecuencia, el teniente le ordenó que tomara un grupo de tiradores y una de las ametralladoras MAG y que se ubicara cubriendo ese flanco para evitar un probable envolvimiento del sitio. Los jefes de grupo de la Sección “Bote” se habían acercado también para recibir las directivas acerca del despliegue de la fracción.Con la Sección “Bote” desplegada todavía sobre el faldeo sur de la hondonada que se abría ante ella, el cabo Luis Miño y el soldado Alberto Moschen fueron designados para efectuar el reconocimiento y avanzaron hacia la tropa observada. Momentos más tarde, una ametralladora enemiga abrió el fuego desde el sector de su aproximación y la ráfaga alcanzó al cabo y al soldado, quienes murieron en forma inmediata. Al mismo tiempo, todo el sector de la defensa comenzó a ser intensamente saturado por el fuego de armas automáticas, el que encontró a los soldados del Regimiento 25 sin ninguna protección. A los gritos, el teniente Estévez les dijo a sus hombres que se tiraran cuerpo a tierra ya que los estaban atacando los ingleses y les ordenó que cada uno se arrastrara hasta el primer pozo que encontrara. En la medida de lo posible y aún con la oscuridad cernida sobre ellos,apoyados por los infantes del Regimiento 12 que también disparaban a discreción sobre las bocas de fuego enemigas, los soldados de la sección fueron cumpliendo con este propósito y desde las protecciones que iban obteniendo comenzaron a responder con mayor eficacia al ataque inglés; el intercambio de disparos se generalizó por ambos bandos y el combate se transformó en una situación caótica y feroz. El subteniente Peluffo, quien había pensado en cumplimentar la orden de Estévez de cubrir el flanco derecho de la posición llevando consigo un grupo de tiradores y una de las ametralladoras del cabo primero Ríos, no tuvo tiempo de ejecutarla ante la precipitación de los acontecimientos. Se arrastró hasta uno de los pozos y empezó a combatir. Eran, aproximadamente, las siete y media de la mañana. La ametralladora del conscripto Sergio Rodríguez había logrado abrir el fuego. Pero los servidores de la pieza no estaban todavía a cubierto y, cuando se encontraban en busca del reparo de los refugios, un proyectil de mortero cayó muy cerca de ellos. El soldado Arnaldo Zabala, uno de los asistentes, recibió de lleno varias esquirlas en su cuerpo muriendo en forma casi instantánea, y Rodríguez fue herido gravemente por una de ellas entre ambas piernas, en la zona del periné. Luego de recuperarse a medias del shock inicial, pudo llegar arrastrándose hasta un pozo sin soltar su MAG (la que tenía colocada aún una de sus bandas) y allí se encontró con algunos soldados del Regimiento 12, uno de los cuales tomó el arma (…) Unos metros a la izquierda y desplazados hacia atrás ya estaban combatiendo el cabo primero Olmos y los soldados Pecchio y Orellana, aunque con un frente algo distinto al de la MAG. Eric Langer se despojó rápidamente del lanzacohetes, un elemento sumamente incómodo en caso de sostener un combate de encuentro, y de los seis proyectiles que llevaba repartidos entre su pecho y su espalda. Arrastrándose en medio de las balas que pegaban a un lado y otro de su cuerpo cayó de pronto en un pozo; ya estaban allí su compañero Brión y el cabo Zárate. Momentos después, desplazándose desde la derecha del sector, el teniente Estévez llegó corriendo hasta el mismo pozo, ubicado hacia el extremo oeste de las posiciones argentinas, y se tiró en él. Desde allí se asomó y le gritó al cabo primero Olmos:
– ¡Bien Olmito, bien esa MAG! ¡Organizame el fuego y no dejen de tirar!
Después se volvió y le preguntó a Langer:
– ¿Qué hiciste con el lanzacohetes?
Cuando este contestó que lo había dejado tirado, le ordenó que lo buscara.El soldado salió del agujero y nuevamente comenzó a ser acosado por decenas de impactos los que, milagrosamente, no dieron en su cuerpo. Regresó con el arma en sus manos y Estévez le dijo que la cargara y que se dispusiera a seguirlo. A su vez, Langer le pidió a Brión, su abastecedor de munición, que fuera con él. Cuando Estévez se expuso nuevamente para tratar de llegar corriendo hasta el pozo en donde veía una MAG disparando, dos proyectiles enemigos impactaron en él: uno en una pierna y el otro en un brazo, ambos del lado izquierdo, haciendo que su cuerpo diera una vuelta en el aire. Arrastrándose, el teniente llegó hasta la trinchera que buscaba. Además del soldado Rodríguez, que se encontraba en el fondo de aquel pozo con su complicada herida, unos seis efectivos resistían desde aquella posición. La MAG que Estévez pudo observar en acción era la que pertenecía a Rodríguez y había sido empuñada, con una gran decisión, por uno de los soldados del Regimiento 12. Este conscripto logró tirar en dirección a la tropa enemiga desde los primeros momentos del combate hasta que una esquirla o un proyectil inglés pegó en el arco protector del gatillo del arma, quebró parte de la cola del disparador y le arrancó una porción del dedo. Sin titubear, el apuntador improvisó un vendaje sobre la herida y siguió combatiendo con su otra mano. Pero minutos más tarde, una bala impactó en su cabeza y cayó muerto en el fondo del pozo. Roberto Frattari, otro de los integrantes de la Sección “Bote”, continuó disparando con la ametralladora después de quedarse sin su FAL y sin un FAP, ambos fuera de servicio luego de una serie de disparos. Cuando el teniente Estévez ordenó que la sección se desplegara en cadena, la formación resultante quedó en posición oblicua a la línea de los pozos de la defensa; por tal razón, los que venían marchando al frente quedaron mucho más cerca de estos y lograron refugiarse antes que los que conformaban la retaguardia, muchos de los cuales permanecieron varios minutos totalmente expuestos al fuego enemigo. Adrián Sachetto fue uno de ellos: cuerpo a tierra, tiraba para donde le habían dicho que lo hiciera sin tener la certeza de pegarle a algún enemigo en medio de la penumbra (…) Cuando el soldado Langer vio que al teniente Estévez lo habían herido ni bien salió corriendo del pozo, le preguntó a Zárate:
– ¿Qué hago, mi cabo, voy o no voy?
El suboficial le dijo que se quedara, ya que el riesgo de salir del lugar era muy grande. De pronto, comenzaron a escuchar unos gritos a unos pocos metros detrás de ellos: era Fabricio Carrascull.
– ¡Vení, vení, arrastrate al pozo! -comenzaron a pedirle desde esa posición, pero lo único que alcanzaron a escucharle en dos o tres oportunidades fue que no podía hacerlo, que le habían dado. Pocos segundos más tarde llegaron al agujero Adrián Sachetto (quien cayó encima de sus ocupantes) y Sergio Bartolucci, después de que ambos hubieran estado durante mucho tiempo sin ninguna cubierta frente a las balas enemigas que los buscaban en la semi oscuridad. Cuando fueron preguntados por Fabricio, los dos dijeron que había sido herido y, en el ínterin, éste ya no volvió a ser oído. La ametralladora MAG que traía Bartolucci, de la cual era su apuntador,estaba completamente inoperable al estar llena de barro y no pudo ser puesta en servicio pese a los intentos de limpieza realizados. Tampoco funcionaban el lanzacohetes de Langer, perforado por algunos impactos, ni uno de los dos fusiles FAL ni el FAP que había en aquel pozo. Armados con un solo FAL, aquellos hombres comenzaron a responder el ataque en forma por demás limitada.
– ¡Rodríguez! ¿Qué le pasó? – preguntó Estévez a su conscripto cuando lo vio herido. Éste le respondió de inmediato pero le inquirió, a su vez, por las heridas que él tenía:
– No es nada lo mío… – contestó el teniente. Una vez que estuvo ubicado en esa posición, el teniente Estévez efectuó varios disparos de fusil con su brazo derecho, no sin un gran esfuerzo, mientras alentaba a los gritos a sus soldados para que sostuvieran el combate. En forma casi simultánea, logró establecer comunicación con la artillería de campaña que estaba tirando desde Pradera del Ganso para corregir su puntería, ya que los primeros impactos de los obuses de 105 milímetros habían caído peligrosamente cerca de los pozos ocupados por los argentinos, sin que llegaran a afectar a los ingleses; durante varios minutos más sostuvo este enlace con la batería propia, oficiando de improvisado observador de tiro (…)” (TEVES, Orlando, «Pradera del ganso (Goose Green)- Una batalla de la Guerra de Malvinas», Bs As, Edición del Autor, 2007).
– TENIENTE ESTEVEZ: «Para la Sección, sobre las fracciones enemigas que se encuentran detrás del montículo, ¡fuego! Artilleros, sobre el lugar, deriva 20 grados, alza 400 metros,¡fuego! Esté atento Cabo Castro, en dirección a su flanco derecho, puede surgir alguna nueva amenaza…» – diversas órdenes se cruzaban en medio del fragor del combate y; finalmente, se logró bloquear el avance, y aliviar en parte la presión ejercida por los ingleses. En medio de la lucha y frente al desorden general de la Compañía A, Estevez pidió por radio apoyo de fuego de morteros al tiempo que afirmaba, “Usted que me conoce sepa que yo no me voy de acá. Yo no me voy a replegar”.
Contenido momentáneamente,como se ha dicho, el avance inglés, insistió con el pedido de los morteros que no le mandaron (…) “A unos siete u ocho metros del oficial, protegido solo por un pequeño parapeto de tierra al no haber podido llegar a ninguno de los pozos, el soldado Buffarini tenía en sus manos su propio lanzacohetes. Sin proyectiles, ya que su abastecedor estaba un poco más adelante, recibió una orden de Estévez:
– ¡Buffarini, tire con el Instalaza pero tire para el cementerio! –
Después de dos o tres minutos de putearse con su compañero Culasso, quien no quería arriesgarse a salir de su refugio para alcanzarle la munición, éste se arrastró y le alcanzó tres o cuatro proyectiles. Buffarini cargó y efectuó el primer disparo hacia el antiguo cementerio rural, que estaba ubicado hacia la izquierda de su frente, y desde donde varios ingleses hacían fuego con armas automáticas.
– ¡Bien soldado, tire otro! – gritó Estévez, al observar la eficacia lograda por el conscripto de la Sección “Romeo”. En aquellos momentos, dos esquirlas pegaron en la cabeza de Sergio Rodríguez y unos hilos de sangre comenzaron a correr por su rostro. Al ver eso, el teniente le alcanzó al conscripto el casco del soldado del Regimiento 12 muerto en el pozo y le dijo que se lo pusiera. A pesar de las heridas que había recibido, Estévez no cejaba en su voluntad de lucha y en uno de sus últimos contactos radioeléctricos con Pradera del Ganso manifestó que no pensaba en replegarse y que continuaría la misión que le había sido asignada. Entonces, al asomarse al borde del pozo para hacer una nueva observación, recibió otro balazo que le entró por el pómulo derecho y lo tiró hacia atrás; después de caer encima de Rodríguez, balbuceó algunas palabras y murió rápidamente (…)” (TEVES, Orlando, “Pradera del ganso (GooseGreen) – Una batalla de la Guerra de Malvinas», Bs As, Edición del Autor, 2007).
La heroica muerte de Estévez fue recordada más tarde por dos de sus soldados. El soldado Rodríguez dijo:
“(…) Llegó a mi posición el Teniente Estévez, herido con dos balazos en el cuerpo, en la pierna derecha y en el brazo, que lo tenía colgando. Llevaba el arma con el otro y la radio. Me preguntó si estaba herido, que lo de él no era nada (…) seguía dando órdenes y haciéndonos sostener el combate, mientras él con su único brazo sano se comunicaba con el puesto comando dando toda la información del enemigo. No sé cómo los ingleses habían tomado posiciones tan elevadas. Estaba hablando por radio cuando recibió otro balazo en la cabeza que le entro por el pómulo derecho. El impacto del proyectil lo tiró para atrás a Estevez. Yo ya no tenía miedo ni nada. Era como que esperaba tener a tiro a algún inglés, o lo mato yo o me mata él a mí. Y el Teniente desangrándose (…) Hubo un momento en que me rozaron dos esquirlas en la cabeza y el Teniente Estévez que agonizaba en silencio, me habla y me dice que me ponga el casco de un muerto. Me caían unos hilitos de sangre por la cara. Cuando volví a mirarlo, mi Teniente Estevez había muerto…”
En tanto el soldado Huircapán recordaba las acciones de la siguiente manera:
“Parecía que todo se había aquietado, pero de repente apareció el Teniente y nos dijo que teníamos que trasladarnos desde la zona de la escuela en la que estábamos apostados, hacia el cerro Darwin, más al norte, donde estaba el Regimiento 12. El Teniente recibió la orden de iniciar un contraataque, nos alistamos y empezamos a avanzar en fila india por una pradera muy plana. Caminamos en silencio unos 2.500 metros hacia el norte y de repente tomamos contacto con una sección del 12. Primero se adelantó el Teniente Estévez y, mientras nosotros nos preparábamos para iniciar el contraataque, vimos movimientos de soldados abajo, hacia el mar, a unos setecientos metros. Todavía estaba muy oscuro y no estábamos seguros si eran tropas inglesas, así que Estévez mandó a una patrulla a verificar. Habrán pasado unos veinte minutos,escuchamos un tiroteo y prácticamente ahí se armó el combate. Estábamos al descubierto todavía y empezamos a recibir ráfagas de ametralladoras de todos lados. Nos fuimos arrastrando como pudimos hacia las trincheras y desde ahí intentamosrepeler el ataque. El Teniente Estévez iba de un lado a otro organizando la defensa hasta que de repente lo hirieron en un hombro. Pero así y todo, malherido, él siguió arrastrándose por las trincheras, dando órdenes, alentando a los soldados, preguntando por todos. Poco después lo hirieron en el costado, pero igual, desde la trinchera siguió dirigiendo el fuego de la artillería por radio. Ahí empezó el duelo de artillería, los ingleses querían avanzar y no podían. Hubo una pequeña tregua y después los ingleses reiniciaron el ataque, intentaron avanzar y nuevamente los rechazamos. En ese momento hubo un desbande y yo me quedé con dos compañeros, Ledesma y Testoni. Tratábamos de relevarnos entre nosotros como podíamos. Se nos había trabado la ametralladora de Ledesma y de repente vimos que venían avanzando tres ingleses que todavía no nos veían. Avanzaban hacia la trinchera de tres correntinos que estaban mirando hacia el norte y me quedó esa imagen, la desesperación que teníamos por destrabar la ametralladora. Era el culote de una munición que se había quedado pegado en el percutor. La destrabamos desesperados,Ledesma pudo disparar y ahí vimos cómo cayeron dos de los ingleses y el otro desapareció. Después ubicamos al inglés que guiaba la artillería de ellos, le veíamos la antena pero no lo veíamos a él. Vimos que se arrastraba y que hablaba por radio y le disparamos. Yo tenía tres antitanques y tres antipersonales y le tiré los seis. Ahí nos enteramos de que el Teniente Estévez había muerto. Junto con él habían caído el Cabo Castro y Fabricio Carrascull, el radiooperador. Porque cuando cayó Estévez, el Cabo siguió operando la radio hasta que le dieron y después siguió Fabricio, hasta que también cayó (…)”
(SPERANZA Graciela; CITTADINI, Fernando, Partes de Guerra, BsAs, Grupo Editorial Norma, 1997, pp. 133-135).

Los ingleses comenzaron un nuevo repliegue. Se los había detenido y obligado a retirarse. Habiendo cumplido con su misión, sin Jefes, agotadas las municiones y transportando la mayoría de sus muertos y heridos, la veterana y gloriosa Sección de Estevez se retiró hacia sus posiciones iniciales, habiendo cumplido con su objetivo. En el combate de Darwin murieron: Regimiento 25, compañía C, sección Bote: el Tte. Roberto Estévez, y sus subordinados, Cabo Mario Castro, Soldado Fabricio Carrascul, Soldado Horacio Giraudo, Soldado Arnaldo Zabala; Regimiento 12: Cabo Primero José Luis Ríos,Cabo Luis Miño, Soldado Gabino Ruiz Diaz, Ireneo Mendoza, Alberto Moschen, Ireneo Maciel, Rubén Horacio Gomez».

Así rindieron su existencia. Y así los recordamos. Vaya en ellos el tributo a todos los Héroes de la Patria.
FEDERICO GASTON ADDISI

«Querido papá,

Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor.

Él, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión! ¿no es cierto?

¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?

Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.

Lo único que a todos quiero pedirles es:

1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo.
2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante.
3) que recen por mí.

Papá, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española; gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar

Hasta el reencuentro, si Dios lo permite.
Un fuerte abrazo.
Dios y Patria ¡O muerte!

Roberto».

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