Estamos a apenas unos días de una elección trascendental. Millones de argentinos y argentinas vamos a elegir al presidente que conducirá al país los próximos años, pero lo que nos jugamos va mucho más allá de los nombres y los rostros de la boleta que vamos a poner en el sobre el próximo domingo.

Tal vez como nunca en nuestra historia reciente, vamos a optar entre dos modelos que se diferencian sustancialmente en áreas clave, como la interpretación de la Argentina actual, qué debemos hacer en los próximos años, cómo debe vincularse el gobierno nacional con las provincias, cómo relacionarnos con el mundo.

Las PASO del 11 de agosto fueron un golpe duro para Cambiemos. Referirnos a los resultados como un mero llamado de atención por parte de la ciudadanía sería un error grosero. El descontento generalizado por la situación económica se reflejó en las urnas y el Gobierno tomó nota de ello. Se tomaron medidas extraordinarias para que los más perjudicados por las crisis puedan transitar con mayor tranquilidad la última parte del año.

Así como nuestra coalición reaccionó a las primarias volviendo a la calle, recuperando la forma de hacer política que nos puso donde estamos, el Frente de Todos de los Fernández también se aferró a algunas de las formas que caracterizaron al kirchnerismo en el poder, como la soberbia y el tono amenazante, todo sustentado en la lógica amigo / enemigo que tanto daño nos hizo como sociedad.

Aun con errores y diagnósticos errados en la gestión económica, en estos cuatro años marcamos un rumbo claro de la Argentina que queremos y cómo llegar a ella. Porque estamos convencidos que debemos ir hacia el desarrollo genuino del país y no a un crecimiento ficticio, de cartón, corregimos los desequilibrios fiscales que arrastramos demasiado tiempo para que un Estado viable, moderno y previsor sea el principal garante del modelo.

Privilegiamos el futuro de todos antes que el rédito electoral propio. Y estamos orgullosos de haberlo hecho. Como también estamos orgullosos de estar combatiendo al narcotráfico como nunca antes (en las fronteras, en los barrios, en los tribunales) y de condenar enfáticamente -con hechos concretos- el régimen venezolano que oprime y fuerza al exilio a su pueblo.

Allí donde Alberto Fernández apela al “yo no fui” para despegarse sin éxito de los desquicios kirchneristas, nosotros decimos con toda la fuerza que la libertad de prensa es un pilar fundamental de nuestra democracia; que la lucha contra la corrupción es una bandera inclaudicable que no distingue partidos ni personas; que queremos una Justicia independiente, ágil e implacable contra quienes rompen la ley; que todas las instituciones públicas deben ser paladines de la transparencia.

Los resultados del domingo serán sagrados. Inobjetables. Quienes pertenecemos a un partido como el radicalismo, cuya historia está íntimamente ligada a todos los avances democráticos de la Argentina, respetamos a rajatabla la voz de las urnas y convocamos con toda la fuerza a jóvenes y adultos para que concurran a votar.

Desde mi lugar de militante política, de mujer, les pido humildemente que reflexionemos concienzudamente sobre la Argentina que queremos para nuestros hijos, pero para nosotros también. Iniciamos un proceso de cambio estructural de un país tristemente acostumbrado a las crisis recurrentes, y estamos listos para defenderlo desde donde nos corresponda.

(*) Diputada nacional por Mendoza (UCR-Juntos por el Cambio).

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