El camino de la prosperidad tiene una traza clara aunque nosotros recurrentemente la desconfiguremos. Sus hitos son la preeminencia de los valores intangibles, pero decisivos, el orden, el apego a la ley y las reglas, la estabilidad jurídica, la justicia independiente, la democracia como sistema de vida y no sólo régimen electoral, la vigencia del modo republicano de gobierno, las instituciones predominando sobre partidos y personas, el mérito e idoneidad relegando al acomodo, el gobierno para todos y, por supuesto y no por último, secundario, la probidad. También hay que adunar la necesidad de acuerdos de Estado acerca de un puñado de estrategias principalísimas, desde la política internacional hasta la educación pasando por cómo promover el desarrollo – mandato constitucional – y modernizar al país, removiendo modalidades e ideas que atrasan y estancan.

Referido a ese postrer asunto- el pensamiento anquilosado, setentista o, a lo sumo ochentista -, es menester un empeño nacional contracultural. Debemos ir contra la corriente inexorablemente si es que en el terreno aspiracional pretendemos eliminar esta persistentey cincuentenaria crisis. Por caso, la inflación jamás será reducida a un dígito si continuamos frívolamente indexando la economía. El gasto y todas las variables deben desindexarse. Los incrementos deben correr detrás de la inflación único modo para que esta comience a ralentizar su carrera. De lo contrario siempre nos ganará, con la perspectiva sombría que al espiralizarse nos saque una peligrosa y colapsante ventaja. Como ha acaecido varias veces.

La prosperidad es incompatible con los prejuicios antirriqueza. En la Argentina los únicos ricos que gozan del indulto de una buena parte de la sociedad son los corruptos, sobre todo los de origen político o dirigencial en general. Sobrevuela un tufillo, una aversión a la riqueza. Una suerte de odio al triunfo legítimo, el trabajado, el esforzado. En la jerga futbolística, algo así como que nos gusta ganar en tiempo suplementario, con un penal que no existió. En el imaginario de muchos argentinos esa es la victoria ‘soñada’. La otra, la laborada, la preparada, la sacrificada es como si no fuera tan deleitosa. Casi indeseable.

El rico no es visto como inversor, creador de empleo, movilizador de actividad y productor de bienes. Quizás, la imagen del rico rentista relega al genuino y próspero empresario. En cualquier encuesta, los competidores en la tabla de abajo – en el fútbol se diría la del descenso – están los empresarios a la par de los políticos, sindicalistas y jueces. Convengamos que es una (des) categorización más que preocupante, ya que pilares de cualquier sociedad exhiben una fragilidad e irrepresentatividad peligrosa.

Es irrefutable que el odio a la riqueza tiene su correlato en la bendición – al menos en teoría – de la pobreza. Si así no fuera, estaríamos ante una psicopatía colectiva: rechazamos a la riqueza y a la pobreza a la vez.

El repudio a la riqueza, ¿qué nos propone? ¿Acaso un país de pobreza generalizada? Ya estamos en un 50% de niños pobres. La perspectiva es dramática pues en una generación la pobreza podría llegar a los dos tercios de los habitantes. La psicología imperante contraria a la riqueza se frotará las manos: habrá alcanzado su finalidad.

Paradojalmente, crecen las quejas por la situación. Los movimientos piqueteros – ‘elegantemente’ llamados sociales – han anunciado una ‘luna de miel’ de cien días para con el nuevo gobierno – ¿si ganare Macri también? – y han proclamado que su lugar es la calle. Reparemos en la enormidad de esto: el lugar de los necesitados no son los futuros talleres u oficinas de servicios, sino que de antemano apuestan a proseguir desordenando la calle, uno de los modos de ahuyentar los negocios e inversiones legítimos.

Hacemos cosas, producimos hechos negativos y luego nos enojamos por sus consecuencias. Un dislate.

Una sociedad debe aspirar al triunfo, precondición para conseguirlo. Entre nosotros, el triunfo suscita recelos, inocultable envidia. Ortega y Gasset escribió – porque antes lo pensó – sobre esta maléfica peculiaridad. Somos anti triunfo – del otro, obviamente -, aunque anhelamos en fondo de nuestro ser obtenerlo. Sería un procedimiento terapéutico sincerar nuestros deseos, en lugar de ocultarlos como si nos diesen vergüenza.

Hay actitudes que son contrasentidos flagrantes. Que dejan perplejo. Queremos seguridad, pero cuando un agente del orden cumple con su deber, sistemáticamente ponemos la mira objetora sobre su proceder, olvidándonos del victimario y también de la víctima.

No viviremos mejor si nos comportamos para subsistir peor.

Repiquetea en mi mente que si no cambiamos algunas de nuestras proverbiales conductas, promoviendo un movimiento contracultural, difícilmente – aún con el más depurado programa y las más polutas intenciones – obtengamos el ansiado reencaminamiento hacia la prosperidad general.

 

*Diputado del Parlasur; candidato a legislador nacional por Juntos por el Cambio de la Provincia de Bs.As.

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