Se estima que los fumadores del mundo compran y desechan entre 4.5 y 6.5 billones de colillas de cigarrillos al año. Esto es equivalente a unos 18 mil millones de colillas por día. En este contexto, mientras que el consumo de tabaco es considerado un problema de salud pública, el residuo que se genera a partir de este hábito pareciera ser inofensivo.

La realidad es que las colillas de cigarrillo ocupan tristemente el primer puesto en el listado de objetos encontrados en las limpiezas de playas y mares, representan el 30% de los residuos en el océano y son el primer residuo arrojado en vía pública a nivel mundial.

La organización Eco House presentó ante la Legislatura Porteña un proyecto de ley que prohíbe arrojar colillas de cigarrillo en la vía pública. El mismo propone sancionar con severas multas a aquellos que no cumplan con la normativa. La iniciativa motivó a algunos funcionarios públicos a querer replicarlo en otras provincias e incluso a nivel nacional.

Por su composición, el impacto ambiental que tienen las colillas de cigarrillo es enorme: una sola unidad en contacto con el agua es capaz de liberar más de 100 toxinas y contamina hasta 60 litros. En el medio terrestre vuelven las superficies impermeables y poco fértiles; también disminuyen la actividad biológica en el suelo hasta el punto de su desertificación.

Estos efectos son aún más llamativos si consideramos la gran cantidad de colillas que se desechan. En la Argentina, no existen datos oficiales. Sin embargo, desde Eco House se han realizado relevamientos en distintas partes de la ciudad de Buenos Aires y, lamentablemente, las cifras son alarmantes: en una de las últimas limpiezas realizadas en 2019, en un radio de dos manzanas del microcentro porteño se recolectaron más de diez mil colillas del piso en 60 minutos.

Existen cientos de partículas nocivas generadas tanto por el tratamiento que recibe el tabaco como por su combustión: alquitrán, aluminio, bario, cadmio, cromo, cobre, hierro, manganeso, níquel, plomo, estroncio, titanio, zinc, nicotina, entre otras.

Al menos 100 de ellas son consideradas de alta toxicidad. Entre 80% y el 97% de las colillas fabricadas alrededor del mundo están hechas a base de acetato de celulosa, un plástico con capacidad de retener los metales pesados mencionados y otros compuestos generados en la combustión.

¿Qué puede hacerse? Las colillas son difícilmente reciclables, no son biodegradables y son altamente contaminantes. En su gran mayoría están fabricadas con acetato de celulosa, tipo de plástico que demora de 7 a 12 años en degradarse. Durante ese tiempo estos residuos continúan liberando cientos de sustancias tóxicas al aire, agua y suelo con el que tienen contacto directo.

Algunas organizaciones en Argentina trabajan en procesos de reciclaje de colillas. Pero, dada su complejidad, aun no existen métodos y/o tecnologías fiables para poder reaprovechar sus componentes sin generar impactos ambientales significativamente menores. Por su parte, los puntos verdes tampoco las reciben.