Sin alejarse de la problemática que implica la Pandemia, tanto en Argentina como en el mundo, desde Greenpeace continúan trabajando y monitoreando los desmontes, la contaminación del aire, el impacto de los combustibles fósiles y la situación de los océanos.

Las industrias más tóxicas están en movimiento, mientras que los primeros planes de recuperación ya están surgiendo. Ante este presente, desde la ONG realizaron un exhaustivo informe donde tranzan paralelismos entre el COVID-19 y el medio ambiente.

1. ¿Existe un vínculo entre la pandemia de coronavirus y el cambio climático?

La hipermovilidad humana fue, sobre todo, lo que favoreció la pandemia de coronavirus. De hecho, si las personas hubieran disminuido cada vez más sus traslados, el contagio habría sido más limitado. Este es el objetivo del encierro.

Pero las enfermedades infecciosas se ven favorecidas por el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad. Algunos animales, como los mosquitos, extienden sus territorios y, por lo tanto, propagan enfermedades infecciosas más fácilmente. El ejemplo de la gripe también sorprende: debido a que los inviernos son cada vez menos intensos, ahora el virus está activo durante un período más largo, incluso durante todo el año en las regiones tropicales.

2. ¿Disminuyeron realmente las emisiones de CO2 (dióxido de carbono) desde el comienzo de la crisis de Covid-19?

Sí, las emisiones de CO2, responsables del cambio climático, se redujeron en forma significativa en los países afectados por el coronavirus.

En China, las emisiones de CO2 cayeron casi una cuarta parte entre principios de febrero y marzo de este año, en comparación con 2019. Asimismo, en el norte de Italia y en los Estados Unidos se comenzó a registrar una reducción en las emisiones de CO2 y en la contaminación del aire.

¿Por qué se da esta disminución tan significativa? Está directamente vinculada a la reducción drástica de las actividades industriales que dependen en gran medida del carbón y el petróleo.

Del mismo modo, la desaceleración de la movilidad de las personas, en particular la vinculada al tráfico aéreo global (un sector que emite gases de efecto invernadero), parece conducir mecánicamente a una caída de las emisiones de CO2.

Sin embargo, no hay nada de qué alegrarse. Estos descensos únicos se producen después de un largo período de aumento continuo: los últimos cinco años fueron los más calurosos y además, 19 de los 20 años en los que se registró mayor temperatura corresponden a este siglo.

Sumado a esto, actualmente las emisiones de CO2 en los hogares están subiendo de manera drástica.

3. ¿Podemos esperar un impacto positivo en el medio ambiente y en la reducción de las emisiones de CO2 a largo plazo?

La caída en las emisiones de gases de efecto invernadero y en la contaminación del aire que observamos recientemente es en realidad puramente cíclica. Es una farsa: solo sucedió porque una gran parte de las actividades humanas se vieron obligadas a detenerse en condiciones dramáticas y con graves consecuencias sociales y económicas.

El Covid-19 representa un peligro para la humanidad y el planeta. Las medidas temporales que se tomaron para enfrentar esta pandemia no parecen una respuesta duradera al desafío del cambio climático.

Durante décadas, la tendencia general fue hacia un aumento en las emisiones de gases de efecto invernadero, y las políticas implementadas están lejos de ser suficientes.

Para reducir de manera sostenible las emisiones de CO2 debe revisarse el funcionamiento económico de nuestras sociedades, basado en actividades contaminantes y en la ampliación de las desigualdades.

Sí, todavía podemos esperar una transformación, pero no vendrá de la crisis de salud en sí misma: se necesitará un plan de recuperación sin precedentes que tenga plenamente en cuenta la emergencia climática, ambiental y social.

4. ¿Deberíamos temer un repunte en la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero, una vez que la crisis del coronavirus haya pasado?

Si se confirma, el aplazamiento de las principales reuniones internacionales como la COP26 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), crucial para la implementación efectiva del Acuerdo de París, y el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), corren riesgo las principales decisiones internacionales que necesitamos para enfrentar otras dos emergencias: el cambio climático y el colapso de los seres vivos.

las industrias más contaminantes, como el sector aéreo, ya están trabajando para beneficiarse de los esfuerzos de recuperación, obtener nuevas desregulaciones, y enterrar los estándares ambientales y sociales con el pretexto de volver al crecimiento económico, que en realidad está basado en actividades tóxicas y en orígenes de desigualdad.

Por lo tanto, podemos temer un repunte de las emisiones de CO2 si el plan de recuperación apunta a restituir el crecimiento a cualquier costo y, volver al modelo neoliberal vigente durante décadas.

En 2008, las medidas adoptadas en todo el mundo para frenar la crisis financiera beneficiaron principalmente a las industrias ricas y contaminantes. Incluso aunque el contexto y la naturaleza de la crisis son muy diferentes en 2020, no podemos permitirnos repetir los mismos errores.

Deben diseñarse planes de recuperación que prioricen a los ciudadanos, su salud, su bienestar, su medio ambiente y el clima, y no a las industrias contaminantes.

5. ¿Cómo podemos asegurarnos de que los problemas ambientales no se pongan bajo la alfombra después de esta crisis de Covid-19?

Esta emergencia sanitaria muestra que es posible intervenir drásticamente en la economía para enfrentar las amenazas que ponen en riesgo a toda la comunidad. Cambiar las reglas, tomar decisiones que eran impensadas y que, después de todo, no se pueden eludir: “Los grandes cambios parecen imposibles al principio e inevitables al final”, dijo el fundador de Greenpeace, Bob Hunter.

Estamos en un momento así. Esta pandemia tuvo al menos la virtud de cambiar los límites del realismo en el espacio público y en la toma de decisiones políticas: es una oportunidad para adaptar nuestro modelo a la emergencia climática. De lo contrario, solo sufriremos las plagas una tras otra.

Es posible y esencial revisar nuestras prioridades, decidir entre actividades económicas útiles para el cuerpo social y aquellas que son parte del problema. Los planes de protección a corto plazo deben, sobre todo, ayudar a proteger a los trabajadores y estar acompañados de una compensación social y ambiental para las empresas: prohibición de redundancia, pago de dividendos y recompra de acciones para 2020, y planes sólidos de reducción de gases de efecto invernadero para las más grandes.

En segundo lugar, los planes de recuperación a mediano plazo de la mayoría de los países del mundo no deben dirigirse a los sectores de combustibles fósiles. Por el contrario, ahora o nunca es hora de invertir en la transición ecológica creando empleos para el futuro. Pero también para imponer a las empresas de mayor tamaño la obligación de disminuir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Depende de nosotros, los ciudadanos, hacernos escuchar para decidir las condiciones de estos planes de recuperación. Estamos atentos y movilizados para que los miles de millones que se inyectarán en la economía ya no financien industrias contaminantes, sino que, por el contrario, sienten las bases para un mundo más equitativo, fuerte y respetuoso con el medio ambiente.

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