Uno de las instantáneas que claramente quedarán impregnadas en el consiente colectivo, cuando pase la Pandemia del COVID-19, será la imagen del pueblo argentino en los balcones y ventanas regalando un aplauso al aire a todos los trabajadores de la salud.

Un gesto que nació espontaneo, que se repite en cada noche de aislamiento obligatorio y es rescatado por los medios, incluso mencionado por el propio Presidente de la Republica. Pero detrás del gesto aparece una pregunta inevitable ¿Será que éste sentimiento de solidaridad para con el prójimo sobrevivirá al coronavirus o es apenas una reacción ante la posibilidad de verse afecta la zona de confort de cada uno?.

Los tristes ejemplos de acciones colectivas semejantes abundan si repasamos la historia.  Si bien es cierto que, en un gran porcentaje de la sociedad, la fraternidad es una virtud impregnada e indeleble, en el groso del resto aparece y desaparece proporcionalmente a cuanto la situación perturba el estatus particular.

Incluso a veces aflora, pero no es otra cosa que en un mea culpa camuflado que necesitamos extirpar del cuerpo. Basta mirar un poco atrás y ver la Plaza de Mayo llena ante el patético “si quieren venir que vengan” de Galtieri. Solo cuando la realidad nos pegó una bofetada, aquellos que vivaron a viva voz, se vieron sucumbidos y coincidieron en el  “24 horas de Malvinas”, para más tarde sí, con el diario del lunes, repudiar la idea de la absurda guerra. Esa dualidad parece estar en el gen argento. Una especie de reacción tardía ante la necesidad del otro.  Algo que simula ser inoxidable al paso del tiempo.

¿Hasta cuándo uno puede decir que duró la gratitud para con aquellos pibes? ¿Fue antes o después del 1 a 1 de Carlos Menen que nos hizo viajar a Miami? Entonces otra vez el individualismo copó las almas y pasaron la Carpa de los Docentes, los Indultos y la brecha entre ricos y pobres que se agrandaba a pasos agigantados, todo ello ante la mirada impávida de una sociedad que poco hizo ante el dolor ajeno.

Recién a finales del 2001, casi una década después,  el “gigante dormido” resurgió cual ave Fénix de sus propias cenizas y el pueblo salió a la calle. Una sociedad embravecida con cacerolas en mano abogaba  la premisa “que se vayan todos”. Revolución que perduró lo que los ahorros tardaron en reaparecer en las cuentas bancarias.  A cuenta gotas, cuando algunos juicios daban sus frutos y poco más adelante, ya con Néstor Kirchner en el poder y una economía con vestigios de repuntes, los gritos se fueron calmando.  Y como una calesita condenada a girar sobre un mismo eje eternamente, la postal, otra vez, fue la misma. La indiferencia se hizo carne.

¿Qué representó ese estallido social? ¿La voz de un pueblo que no quería ser más vapuleado por los vaivenes económicos o apenas la exasperación de una sociedad que vio amenazada su “quintita personal”? ¿Cómo se pasó de ese “que se vayan todos” a votar, en apenas un puñado de años después, un proceso político que pregonaba la “meritocracia” como modelo social y el individualismo que implica el libre mercado capitalista?

¿Es el argentino un ser copartícipe por naturaleza o acaso uno que reacciona únicamente cuando su libertad y bienestar individual se ve amenazada?

En diciembre pasado, los mismos profesionales que hoy son aplaudidos religiosamente en el prime time, marchaban por las calles de la Ciudad y ante la Legislatura Porteña en protesta por la aplicación de la reciente la Ley 2828 (aprobada por unanimidad del bloque Pro de la Legislatura). Una normativa que implicaba, entre otras cosas, aumento en las jornadas de trabajo, la supresión del llamado franco post guardia, desconocer su categoría de trabajadores de la salud y suplantarlo por el eufemismo de “actividades de formación intensiva”.

Hasta la derogación de la misma por parte del Jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, (presionado por esa lucha silenciosa de los trabajadores de la salud más que por una cuestión de ideología política) pasó una semana en la cual se sucedieron paros en el sistema de salud, la represión por la policía de la Ciudad en las protestas y una escueta cobertura de la situación por parte de los grandes medios y por supuesto, una casi nula empatía de la sociedad toda.

Una vez más los interrogantes acuden ante la realidad que golpea ¿Dejará como legado la Pandemia la oportunidad de cambiar la mirada que tenemos para con el padecer del otro? ¿O será que no aprendimos, ni lo haremos, y descubrir la patria en el otro, funciona a medias y sólo si nuestro propio “círculo rojo” se ve perjudicada?

Una vez que el COVID-19 sea una de las tantas enfermedades que se aplaquen con una vacuna, cuando el aislamiento social obligatorio pase a ser una anécdota que contaremos a nuestros nietos, cuando los minutos dejen de pesar toneladas y la rutina nos vuelva a cubrir con su tedioso manto, ¿habremos madurado como sociedad o lentamente volveremos a nuestras miserias? ¿Estaremos dispuesto a poner el hombro cuando las “papas que se quemen” sean las del vecino u otra vez actuaremos estrictamente cuando el humo provenga de nuestra cocina?. Interrogantes que sólo hallarán respuestas en el cansino e inmune paso del tiempo.

 

 

Para NCN por Juan José Postararo

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