En los últimos días la noticia del asesinato de Fernando Báez Sosa, a manos de 10  rugbiers, en Villa Gesell fue el tópico que acaparó la agenda mediática y por consiguiente, la atención social.

El horrendo caso dejó en descubierto, casi a flor de piel, el grado  de hipocresía que maneja gran parte de la sociedad.  La doble vara impune que ostentan algunos medios, que acaso no son otra cosa que un fiel reflejo de lo que emana el pueblo.  Porque está claro que entre ambos existe un circulo vicioso de oferta y demanda constante. Uno muestra lo que muchos consumen y a la inversa. Acaso será otra línea de análisis el averiguar cuál es el “huevo” y cual la “gallina” de esta ecuación. Poco importa a esta altura.

Lo que uno transmite y el otro recibe, en este caso, fue un claro ejemplo de cómo nos manejamos como sociedad: pasamos de un reclamo por disminuir la edad de imputabilidad a cuestionarnos el estado de las cárceles con solo mirar la foto del “asesino”.

Porque en casos similares, cuando los sospechosos portaban gorra con visera, vestían casacas de fútbol y acaso su piel era de una tonalidad trigueña, el debate era claro. El mensaje conciso. La solución una sola y efectiva: “erradicar a los delincuentes desde los 10 años”. No existía otra alternativa posible. Se necesita extirpar del pueblo esa “lacra” que se genera desde chico. Que no tienen solución y solo se la combate aprensándolos, desde niños y para siempre. O, en casos más benévolos, con una vuelta inmediata de la «Colimba».

Ahora bien, cuando la foto que refleja el noticiero son de muchachos de ojos claros, de una clase social por sobre la media, con remeras de marcas conocidas, la cuestión transita “otros niveles”. Aparecen entonces sociólogos y psicólogos que se preguntan en qué contexto vivirán estos chicos si son aprendidos. ¿Qué seguridad o nivel de higiene presentan nuestras cárceles? transcriben los zócalos del noticioso.

O peor aún, subyace una especie de duda filosófica repugnante: ¿Qué nos pasa como sociedad para llegar a esto?. Es decir, nos interpelamos que clase de “virus” infectó nuestro hábitat para que estos chicos “llegaran” a matar.  Es tan impregnado el grado de hipocresía y clasicismo, que no nos damos cuenta que se intenta buscar una explicación porque damos por sentado que chicos de clase alta, de rasgos faciales determinados, no pueden matar. Entendemos que fueron “infectados” por algo o alguien para llegar a ser asesinos.

Que los vídeos juegos. Que la aparición de la  Ultimate Fighting Championship (UFC). Que el alcohol. O la dependencia a la tecnología u otras series de conjeturas, son temas centrales en los paneles de la TV.  Lo analiza doña Rosa en la cola de la verdulería y lo grita desde una esquina el encargado de edificio al del kiosco, cada mañana.

Postales que poco se asemejan al caso contrario: de tener cara oscura se entiende el porqué matan sin necesidad de eruditos. No hace falta preguntarse nada. La respuesta al Porque “está en sus genes”. «¿Qué se puede esperar de una chico de clase baja?” reclama el taxista al locutor de la radio. Porque se “drogan con paco y no le importa trabajar” interpela la señora en la peluquería. Porque son “planeros que perdieron la cultura del trabajo y buscan la fácil”.  

Así del maltrecha esta nuestra sociedad. Así de hipócrita. A nadie parece importar el verdadero motivo. Solucionar la matriz que conlleva a que pibes (a secas y sin prejuicios) maten a otros. Solos o en manadas. A puños o a disparos. Parece que primero hay que ver quien fue para preguntar acaso el porqué.  Difícil es lograr erradicar la violencia que nos asecha si primero no comprendemos que es algo que atraviesa horizontalmente las clases sociales.

Es necesario educar y entender que ningún chico nace “chorro”. Ni los de zona norte que hablan tres idiomas, ni los que reciclan cartón junto al carrito de sus padres.

Debemos dejar de analizar desde el prejuicio y abocarnos al verdadero motivo. Ahondar profundo, en detalle, en la historia cultural Argentina. Porque no se trata de escalafones sociales sino de patrones psicológicos.

Que por un lado está el “macho” que asesina por la conjunción de años de una cultura patriarcal predominante con la mezcla letal de una debilidad emocional y rasgos patológicos innatos.

Y otro caso es aquel que, producto de la desigualdad social de años, no ve otro futuro que la droga y por consecuencia tristemente lógica, la delincuencia.

Pero ninguno de los dos se soluciona con la frialdad de una postura que corresponde a un grado de sectarismo cruel. Ni prohibición de boliches o video juegos para algunos, ni fusilamiento masivo en Plaza de Mayo para otros.

Abordar a la solución de esta realidad implica, a su vez, un análisis desde diversos vectores. Lo primero que se debe concebir es que todo argumento debe realizarse desde la racionalidad. Ya que es imposible pretender que un familiar o amigo de una víctima, pongamos por caso de violación, no exija la captura y la inmediata ejecución del delincuente. Por esta claro aquí el intervenir del corazón, el sentimiento, la emoción. Y así no es como debe entenderse la aplicación de la justicia.

Es necesario apuntalar una mejora en varios niveles.  Aparece entonces la figura del Estado. Un Estado fortificado es el primer eslabón para enajenar una serie de soluciones a esta continuidad de conflictos. La Educación debe ser otro eje principal. Debemos erradicar la cultura “machista” de todas las esferas socio-políticas.

Suprimir al máximo los niveles de marginalidad, mediante el trabajo. Aplicar políticas verdaderas para evitar que los niños, que ahora delinquen y viven merced a la droga, tengan otro futuro, es tarea primordial. Se debe procurar que los padres tengan los medios para darles una vivienda digna, alimentación diaria, asistencia social.

A medida que estos ápices se ejecuten, aplicar una reforma carcelaria completa. Que los complejos penitenciarios no sean un infierno en la propia tierra, sino el lugar para que, quien haya cometido un error (cualquier que fuera), tenga la posibilidad de redimirse, de reformarse para una futura inserción en la sociedad. O, en casos extremos, sean el lugar de contención para quienes no pueden convivir en el marco de una comunidad.

Porque indudablemente un árbol que tiene putrefacta sus raíces no sanara, simplemente, cortándole algunas ramas o preguntándonos que “virus” afecto algunos de sus frutos.

Para NCN Juan Jose Postararo 

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