De ilusionada a desconsolada. Por Alberto Asseff

Hace un siglo nuestros mayores disfrutaban de una Argentina ilusionada, plena de promesas, apetente de grandeza colectiva y ascenso social individual. Estaba en auge su clase media y ya gozaba de las bondades de la ley 1420 de educación universal gratuita y obligatoria,  promovida por Roca, en la ruta trazada por su antecesor Sarmiento. Éramos el país único en el hemisferio sur del planeta con un índice de alfabetismo comparable al de los países principales, todos en la parte meridional del mundo. Éramos tierra de oportunidades, de igualdad para arriba, ciertamente con escondidas injusticias que el Dr. Hipólito Yrigoyen y la Unión Cívica Radical intentaban reparar sin alterar las bases de esa movilidad social ascendente y del camino hacia la prosperidad. Por algo cuando le preguntaron cáusticamente a Yrigoyen sobre ‘cuál es su programa’, atento que su partido aglutinaba desde patricios a inmigrantes recién llegados – y por ende las ideas ineludiblemente debían ser más genéricas que minuciosas -, el caudillo democrático respondió, tajante y rotundo: “Mi programa es  la Constitución”. La Argentina ilusionada se asentaba sobre pilares tan férreos como insoslayables: libertades, trabajo, propiedad privada, vocación nacional de progreso con dignidad, igualdad de oportunidades, educación universal. Agregaría no plantear falsos dilemas como el funesto campo o industria, aunque no se pudo ni se intentó apartar el de ‘causa o régimen’. Es ingenuo pretender una armonía tal, tipo Arcadia, como para exigir a los protagonistas que se ofrezcan sin plantear algún antagonismo. En Estados Unidos, la democracia occidental más potente, uno y otro partido inveteradamente se imponen planteando crudas disyuntivas. Desde la óptica republicana, los oponentes quieren llevar al país hacia el socialismo. Desde el plano de los demócratas, sus rivales pretenden un país con laxo respeto por las minorías, bordeando el racismo.

Nuestra famosa – y ciertamente nociva – grieta actual no responde a meras elucubraciones electorales. No es el resultado del artificio de un consultor sesudo. Es producto de una opción crucial que se nos presenta – y nos traba, generando decadencia – desde hace décadas. Acá estamos discutiendo cuestiones básicas que en otros lares están zanjadas hace más de un siglo y, en última instancia, se dirimieron en 1989 cuando cayó el Muro, hace más de 30 años, una generación. Acá discutimos sobre la libertad. Todas las libertades, pero especialmente la económica. Para una parte de la Argentina, es un peligroso reo a apresar. Para la otra Argentina es un preso a excarcelar si es que no queremos perecer. Está en el banquillo esperando el juicio definitivo si la solución es más Estado y menos libertad o más Nación y consiguientemente más libre. No está evacuado el interrogante clave: ¿quién sirve a quién? ¿Trabajamos para sostener al Estado o el Estado trabaja para darnos impulso y abrirnos el horizonte vital, material e intangible? ¿Vivimos para pagar impuestos o con nuestro trabajo podremos gestar el bienestar propio y, a la postre, general?

Por eso esa cantinela que se escucha cotidianamente de que ‘necesitamos un modelo de país’, ‘un proyecto nacional’. ¡Muchachos, somos grandes! Cumplimos 211 años que, si bien para una nación son pocos, son más que suficientes como para que a esta altura tengamos en claro qué queremos y cómo decidimos hacerlo. Y sobre todo para que en vez de deliberar, hagamos.

Mientras estamos atrapados en ese desopilante debate – que enraíza en creencias e ideologías arcaicas que se filtraron culturalmente con efectos tan dañinos como adictivos – , la Argentina fue paulatinamente desilusionándose,  cansándose hasta llegar a la peor estación, la de la desconsolación.

No existe otra opción que retomar esa añeja conjunción de “en unión y libertad”. O pedirle prestado a Brasil su lema de “orden y progreso”. O sin recurrir a prestamistas, recuperar la consigna de Roca: “paz y administración”. Quizás, alguno objete que el objetivo de la  ‘paz’ ya fue conseguido. Sin embargo, los piquetes de todos los santos días, las usurpaciones, la violencia en Río Negro y en el paralelo 42, los femicidios, el incremento de la tasa de homicidios, la bronca que flota en el aire urbano, desmiente que nos hallemos en el clima propicio para convivir y desplegar serenamente nuestra vida en común. Además, la otra meta, la de ‘administración’, a la luz de las chapuzas diarias de nuestros gobernantes – no sólo los de hoy, aunque hogaño son más agudas que nunca – parecería atinado retornar a esa idea de ‘administrar bien’. Con la idoneidad que exige la Constitución.

En ‘unión y libertad’ podremos. No sabemos si lograremos reilusionarnos, pero por lo menos podremos consolarnos. Sería un buen paso adelante para encontrar la resiliencia nacional.

 

Diputado nacional (Unir, Juntos por el Cambio)

Deja una respuesta