El desafío que hoy enfrentamos es bien claro, ya que los cambios tecnológicos se aceleran en todo el mundo y sus resultados ya están a la vista. Son muchas las naciones donde año a año se están eliminando aceleradamente empleos no calificados y aumentando la demanda por trabajadores con mayor preparación educativa.

El avance económico de una nación hoy no depende principalmente de la existencia de abundantes recursos naturales, sino del nivel de calificación de su fuerza laboral. La educación inclusiva y de calidad no sólo ayuda a abatir la pobreza sino también a potenciar el crecimiento económico. El nivel y la calidad de la educación son determinantes básicos de la productividad y del ingreso laboral. Tanto los pobres como muchos otros dependen de su trabajo para subsistir, pero para los primeros la educación tiene el valor de la escasez.

Sin educación para todos, la justicia social es solo una ilusión. Es evidente que la educación es un factor importante tanto desde el punto de vista económico como social. La situación de los hogares y sus ingresos guarda una relación estrecha con las condiciones imperantes en el mercado de trabajo. La gran mayoría de los pobres está desocupada o tiene trabajos precarios y poco calificados. Son justamente los que carecen de un buen nivel educativo.

Es así como la creciente segmentación del mercado laboral en función del nivel educativo va generando, con el correr del tiempo, núcleos duros de desocupados: aquellos que no se actualizaron en los conocimientos más modernos y los que no tienen un nivel de educación básica que sea suficiente. Esta situación reviste una especial crudeza en el caso de los jóvenes, que deben ser atendidos como una población objetivo clave. La tasa de desempleo entre los jóvenes pobres es muy alta. Está aumentando en las últimas décadas la desigualdad salarial según el nivel educativo. Entre las variables que impulsan el aumento de la brecha salarial, la de mayor importancia es el cambio tecnológico sesgado en favor de empleos calificados. En el conjunto de fuerzas determinantes de la desigualdad salarial, el efecto del progreso técnico pesa más que la suma de los otros factores. De manera cada vez más marcada, educación y empleo tienen una fuerte vinculación, condicionándose una a otro y dando lugar a la aparición de brechas importantes de empleo e ingresos entre los trabajadores que logran acceder a niveles altos de instrucción y los que poseen escasas u obsoletas calificaciones.

El nivel educativo se transformó, pues, en la llave de acceso al empleo productivo., como se evidencia en este boletín, donde se considera la situación laboral (empleo y salarios) imperante en nuestro país. En la nota escrita por el licenciado Francisco Boero se consideran los datos publicados por el INDEC que indican que, en el segundo semestre del 2018, de cada 100 personas de entre 25 y 29 años de edad, eran 28,5 los que no habían avanzado más allá del nivel primario, y 86 los que no lo habían hecho más allá del nivel secundario. Mientras tanto, apenas 14 tenían un grado universitario o superior. Al comparar este indicador del 2018 con el mismo correspondiente al 2016, se observa que disminuyó el porcentaje de habitantes de 25 a 29 años de edad que alcanzaron el nivel universitario completo, pasando del 15,5 por ciento en 2016 al 14 por ciento en 2018. Mientras tanto, para el grupo etario de 30 a 64 años, ocurrió lo contrario, ya que el porcentaje de personas con nivel superior completo pasó de 22,1 por ciento en 2016 a 23,4 por ciento en 2018. En la nota escrita por la licenciada Gisela Lima se advierte que el 66,2 por ciento de la población ocupada estaba compuesta por trabajadores dotados de educación secundaria y/o superior (terciaria o universitaria).

En tanto, la tasa de desocupación se encontraba mayoritariamente constituida por quienes no habían accedido a educación terciaria o universitaria. El nivel educativo de la fuerza laboral incide claramente en el nivel de empleo, con una notoria desigualdad, ya que tenía empleo nada menos que el 76,9 por ciento de quienes estaban dotados de educación superior, el 52 por ciento de quienes no concluyeron sus estudios superiores, el 61 por ciento de aquellos cuyo nivel educativo máximo alcanzado fue el secundario, y apenas el 33 por ciento de quienes no completaron la escolaridad secundaria. En tanto, dentro de la tasa de desocupados se encontraba el 13,8 por ciento de quienes no habían culminado el nivel secundario, el 11,3 por ciento de quienes habían cumplimentado la educación obligatoria (nivel secundario) y apenas el 4,3 por ciento de quienes tenían formación superior (terciaria o universitaria). Como indica la licenciada Lima, el ingreso medio de quienes alcanzaron un nivel educativo superior fue un 62 por ciento mayor al de quienes no avanzaron más allá de la escolaridad obligatoria (secundaria). La mayor parte de los empleos creados en los últimos años requieren de estudios secundarios y universitarios, lo cual explica la creciente diferencia en las tasas de desocupación observadas según el nivel educativo de los trabajadores. De hecho, el nivel educativo secundario se está transformando poco a poco en el piso establecido por la mayor parte de las empresas modernizadas para el reclutamiento de su personal. Por esa razón, no se crea ni es fácil crear trabajo productivo y estable para quienes están marginados de la educación. Las condiciones laborales hacen que, en nuestro país, una parte significativa de la población se encuentre imposibilitada estructuralmente de obtener un buen empleo dado su nivel de instrucción. La posibilidad de que una persona de bajo nivel de instrucción esté desempleada es mucho mayor que la de alguien con estudios universitarios completos. Los que tienen más educación son los que ganan mejores salarios, los que trabajan en empresas más sólidas y los que tienen más estabilidad laboral. Desde ya que un alto nivel educativo no asegura siempre un buen empleo, pero un bajo nivel garantiza un mal empleo o bien la desocupación estructural. El nivel educativo es hoy esencial para determinar el ritmo de crecimiento del empleo y del futuro nivel de vida de la población.

 

Doctor Alieto Aldo Guadagni, Director del CEA

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