Muchas veces, las fechas conmemorativas pasan a ser más bien un trámite a un verdadero repaso sobre los hechos que acontecieron para que exista en nuestro calendario un “día de”: se envían y reciben saludos y felicitaciones, incluso se llegan a realizar actos y reuniones, pero el espíritu de aquello que se recuerda pocas veces es realmente destacado. Y con el día del periodista no cabe la excepción.

Y no es que no se sepa o no se destaque el hecho histórico de aquella primera edición de “La Gaceta de Buenos Aires” ni de la intención de Mariano Moreno de informar a la comunidad acerca de lo que el gobierno patrio, que estaba celebrando la reciente Revolución de Mayo, realizara y decidiera por todo el pueblo argentino, ya que hacer mención de estos hechos es casi una obligación para cualquiera que se preste a hacer un mínimo homenaje a este día.

Lo que sucede y hace la diferencia en un día como hoy al hablar sobre periodismo y el compromiso con la verdad es, justamente, ser consecuentes con esa verdad a la que se supone que cualquier comunicador es fiel. O a la que al menos debería serlo toda persona que se disponga a informar a los demás sobre lo que sea que sucede en el espacio o ámbito sobre el que se está informando.

Porque a la hora de asumir la responsabilidad de observar los hechos y dar una palabra sobre ellos estamos ante la toma de un poder que es de los más grandes que tenemos los seres humanos. “Quien nomina, domina”, decía Bordieu, haciendo manifiesto el hecho de que aquel que pueda cargar de sentido a una palabra puede determinar las voluntades ajenas, ya que lo que nos diferencia del resto de los animales es nuestra capacidad de describir al mundo con palabras que tienen un sentido y que se vinculan a otras formando, a su vez, nuevos sentidos que construyen realidades.

Nosotros, los seres humanos, sólo podemos pensar aquello que fue pensado, parafraseando a Heidegger, y apenas estamos comenzando a pensar realmente, siguiendo con lo que el filósofo proponía en sus charlas acerca del significado del pensar. Esto, simplificado a lo que en estas breves líneas se quiere significar, representaría el hecho de que nosotros sólo podemos pensar acerca de aquello que conocemos y sobre lo que podemos hablar. ¿O acaso somos capaces de imaginar algo que desconocemos con una palabra que no tenemos en nuestro registro? La pregunta es retórica y la respuesta, obvia, pero el propósito de hacerla es caer automáticamente en el intento de concebir algo por fuera del registro que tenemos en nuestras mentes. El resultado será siempre el mismo: no podemos hacerlo.


De ahí la importancia de lo que nos dicen, de cómo nos lo dicen y de por qué nos lo dicen: cada vez que estamos recibiendo información, estamos imaginando pedacitos del mundo y de la realidad. Y según cuán descriptivas y concretas sean las palabras con las que nos relatan esa fracción de realidad, seremos más o menos capaces de recrear en nuestras mentes lo que allí ha acontecido.

Entonces, cuando se habla de posverdad y de manipulación mediática no se está ante una simple denuncia de algo que puede ocurrir o no, sino que lo que se pone de manifiesto cuando se expone el mecanismo de desconcierto que puede construirse a partir de la información, lo que tenemos ante nosotros es la clave para comprender el mundo y también nuestro rol en el mismo. No estamos, ni los que comunicamos ni los que son comunicados, exentos de la responsabilidad de procesar todos esos datos y de tener un criterio a la hora de tomar decisiones al respecto, pero ciertamente es mucho más complicado discernir acerca de qué es cierto y qué no cuanto más barreras tengamos que atravesar para llegar a los datos concretos de la realidad.

“La realidad se puede tapar o se puede hacer tapa” es el lema del diario con mayor alcance de todo el país y esto, aunque parezca un simple eslogan, en verdad es una declaración de honestidad brutal: el acceso a la información o la privación de ello es lo que transforma la percepción de la realidad de cualquier comunidad.

Por ese motivo y volviendo a lo que inspira en esta fecha hacer honor más que conmemorar, lo que nunca debemos perder de vista es lo que nos inspira a quienes tenemos como objetivo la difusión de la verdad, que en las palabras de Mariano Moreno se traduce en el pedido de que “Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que, indignamente, osasen atacarles”.

Porque “Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía”, nos dijo también Moreno, y es lo que jamás debemos perder de vista para alcanzar, de una vez y para siempre, nuestra tan anhelada libertad.

*Por Romina Rocha.

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