El Papa y la muerte de Bonafini: «Mantuvo viva la verdad, la memoria y la justicia»

El Papa Francisco expresó su pésame por la muerte de Hebe de Bonafini, una de las míticas fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo.

Dijo querer estar cerca de «todas las personas que lloran su partida» y señaló el pontífice en una carta a las Madres de Plaza de Mayo sobre la difunta: «Supo transformar la vida, como ustedes, marcada por el dolor de los hijos e hijas desaparecidos en una búsqueda incansable por la defensa de los derechos de los más marginados e invisibilizadores».

El Papa valoró «su valentía y coraje en momentos donde imperaba el silencio” y destacó que “siempre mantuvo viva la búsqueda por la verdad, la memoria y la justicia».

 

Hebe

Murió a los 93 años una mujer polémica que nunca pasó desapercibida. Había nacido como Hebe María Pastor el 4 de diciembre de 1928 en una casa de clase media, en un barrio obrero de Ensenada, provincia de Buenos Aires. Murió como Hebe de Bonafini, este domingo por la mañana, a las 9:20, en el hospital Italiano de La Plata, donde estaba internada desde hace unos días. Su hija, Alejandra Bonafini, se encargó de comunicar oficialmente la noticia.

Titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, convertida con los años en un actor político afín al kirchnerismo, Hebe de Bonafini fue una activista por los derechos humanos, una luchadora por la tríada Memoria, Verdad y Justicia que con sus  declaraciones enérgicas ofrendaba jugosos titulares periodísticos que generaban tensión y debates por días. Murió también procesada y envuelta en polémicas.

Mancillado su nombre y figura como “vieja, lacra, decadente y senil”, en una de sus últimas declaraciones públicas, expresó con ironía que esos vómitos virtuales obedecían a “las ganas que tienen algunos de que me muera”. Asimismo había anunciado que iniciaría acciones legales por la difusión de estos calificativos despectivos. Si hay algo en lo que se destacaba Hebe de Bonafini era que nunca se callaba o evitaba una discusión. Fue famosa por incurrir a la desmesura y la exaltación que muchas veces terminaba en insultos y amenazas. Así se erigió como una voz de referencia política. Uno de sus últimos títulos fue dirigido a Alberto Fernández: “Hable lo menos posible porque cuando lo hace es una desilusión”, espetó  quien ya había exigido la renuncia del presidente luego del intento de magnicidio contra Cristina Kichner.

Hace una semana había participado de la inauguración de una muestra de fotos que se hizo en su honor en el Centro Cultural Kirchner (CCK). La exposición se llama “Hebe de Bonafini, una madre rev/belada” y “está compuesta por imágenes que recorren su vida desde su infancia y juventud hasta su militancia”, informó el organismo de derechos humanos de las Madres de Plaza de Mayo.

La asociación que de la que fue una de las iniciadoras y que buscaba visibilizar y sembrar conciencia sobre la desaparición de personas durante la última dictadura cívico militar dice que sus consignas están cargadas de principios. Después de más de cuarenta años de lucha, debieron explicar que ya no son un organismo de derechos humanos: “Somos una organización política, ahora con un proyecto nacional y popular de liberación”. Una declaración que la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo desde 1979 defendía desde sus discursos, desde su proselitismo, desde sus manifestaciones públicas. Una postura radicalizada que contribuyó a escindir la organización en dos y a la creación de otro: Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora, de posiciones más moderadas.

Hebe, esa mujer con un pañuelo blanco en la cabeza que hablaba loas del Che Guevara, Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, y a organizaciones terroristas como la ETA o las FARC, que ofrecía su apoyo a las comunidades aborígenes, que evidenciaba su contrapunto con el neoliberalismo y el FMI, que vociferaba a favor de la lucha revolucionaria de los pueblos, no terminó la escuela primaria porque en su familia no había plata para pagar el boleto de colectivo. Hija de Francisco Pastor y de Josefa Bogetti, le decían Kika, la atacó el asma de niña y la diabetes de grande, aprendió a caminar y a hablar antes de lo previsto. Se crió en el barrio El Dique, en las afueras de La Plata. “A mí me decían ‘niña regadera’, porque hablaba todo el tiempo, preguntaba, intervenía. Antes se acostumbraba que a los chicos, cuando estaban los mayores, se los mandara afuera. Y yo me metía, quería saber todo, lo que se contaba y lo que no”, dijo en una entrevista publicada por Gatopardo.

Dejó la escuela pero empezó a estudiar costura y baile español con castañuelas obligada por su madre. “A mi mamá el pasado le molestaba, ella tiraba las fotos y yo las guardaba”, relató en una de sus últimas entrevistas, y agradeció ver su vida retratada junto a sus hijos porque, afirmó, “me olvidé de quien era el día que ellos desaparecieron; nunca más pensé en mí”. Bonafini recordó que en su infancia “era normal que no hubiera ciertos derechos, como las vacaciones o los sindicatos”, pero dijo que tuvo una “niñez alegre donde uno aprendía a disfrutar de las pequeñas cosas”. Fundó, sin propósitos codiciosos, una cooperativa familiar de ponchos y suéters. Se puso de novia a los 14 años, el 29 de diciembre de 1942. Su pareja, Humberto Alfredo Bonafini. Se casaron y se dedicó a ser ama de casa. Tuvieron tres hijos: Jorge Omar, Raúl Alfredo y María Alejandra. Solo vive la hija la menor. Humberto falleció a los 57 años, en septiembre de 1982. Sus otros dos hijos, simplemente, dejaron de estar, fueron víctimas de desaparición forzada durante la dictadura.

A Jorge Omar lo secuestraron de su domicilio en la calle 24 esquina 56 en la ciudad de La Plata el 8 de febrero de 1977: tenía 26 años, era profesor de matemáticas, cursaba la carrera de física en la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata, era ayudante en dos cátedras y militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista. “Unos días antes habían matado a unos chicos en la esquina de mi casa -contó la activista en la edición 48 del ciclo Mateando con Hebe de Bonafini-. ‘Ay Dios mío, pobre madre, tiene a sus hijos ahí tirados y no lo sabe’, pensaba. Viene mi hijo Jorge y me dice ‘mamá vamos a poner la radio que parece que los militares van a dar un comunicado’. Se pusieron tan mal, tan mal que yo les decía ‘pero chicos no es tan grave’. ‘No mamá, no sabés lo que es esto’, me respondieron”.

La dinámica familiar de los Bonafini había cambiado estrepitosamente en marzo de 1976. “Corridas, gente que se llevaban, compañeros que había que cambiar de lugar, chicos a los que había que llevarles la comida. Fue muy trágico. Nunca pensás que estas cosas te van a pasar hasta que nos pasó”. A Jorge lo golpearon y torturaron en su casa en el marco de un operativo ilegal de detención y posterior desaparición forzada. Desmayado y encapuchado, lo subieron a un auto. Vecinos vieron cómo se lo llevaban.

“Cambié como persona el mismo momento en que me dijeron ‘no lo encontramos a Jorge’. Mi casa se transformó en otra cosa”, expresó. La casa se transformó en una guardia permanente y ella en una mujer desesperada, iracunda. Recorría morgues, psiquiátricos, juzgados, comisarías buscando respuestas. Su hijo Raúl la llamó y le dijo que la quería ver en el Hospital de Niños. Tenía el pelo corto, la barba tupida, la piel pálida. Lucía como un clandestino. Coordinaron una visita a un abogado que les recomendó presentar un hábeas corpus para denunciar la desaparición. Llovía esa noche. Estaban con María y Humberto en el auto. “El abogado no lo quiso ni redactar. Lo dictó para que lo escribiéramos nosotros. Lo hicimos con un papel que teníamos en el auto. Escribimos el primer hábeas corpus y lo fuimos a llevar. Ahí empezó la odisea”, relató.

Comenzó una búsqueda sin razón, sin ton y sin pistas. “Todos me decían ‘no puedo, no sé, voy a averiguar’. Los hábeas corpus no los recibían y si los recibían no daban comprobante. Iba a la policía y no me daban bolilla. Los curas me decían ‘bueno señora, quédese tranquila, rece’. Ya no tenía a dónde ir”. En un juzgado se encontró con una mujer que tenía el mismo tapado que ella. Empezaron a hablar: lo habían comprado en el mismo lugar, habían aprovechado la misma oferta y a ella también le faltaban hijos. Ese encuentro fortuito fue la raíz de las marchas de los jueves en la Plaza de Mayo.

La falta de respuestas en La Plata la obligó a indagar en la ciudad de Buenos Aires. Asistió sola y temprano a las oficinas del Ministerio del Interior. No la atendieron, no la quisieron atender. Pero se quedó. Tal vez mañana tendría otra suerte. Reservó una habitación en el Hotel Leté del barrio de Once. “Estaba todo pintado de color verde, horrible, sucio, pero era lo que había”, describió. No pudo dormir esa noche. Una cadena de ruidos y gritos la despertaron. Salió a la puerta de la habitación y corroboró que los estruendos y los alaridos no la habían despabilado solo a ella. Una mujer también se asomó curiosa al pasillo. Hablaron: le preguntó primero si había escuchado lo mismo y después si quería un mate. Le terminó contando que había viajado desde Gualeguaychú para denunciar la desaparición de su hijo Humberto. Se llamaba Aurora Fracarolli. Murió, 29 años después, el martes 12 de septiembre de 2006.

“Hay que ir a lo de Graselli, a la iglesia de la Marina. Ahí saben todo”. Emilio Graselli era por entonces el ex capellán mayor de las Fuerzas Armadas. Las madres de desaparecidos hacían cola en su capilla para preguntarle por el paradero de sus hijos. Tomaba nota, armaba un listado, prometía, hacía preguntas, a veces daba alguna respuesta. Su nombre se había difundido como un faro de información, como un recurso útil. Hebe y Aurora fueron a verlo juntas y separadas, una, dos, tres veces. “Siempre nos revisaban la cartera y la ropa. Un día nos revisaron hasta los zapatos y ella me dijo: ‘Basta, basta, no vengamos más, este tipo es un hijo de puta’. Ahí fue cuando Azucena Villaflor dijo ‘vamos a la Plaza con una carta para Videla’.

El 30 de abril de 1977 fue sábado y la primera vez que madres de hijos desaparecidos se juntaron en la Plaza de Mayo. Eran pocas, eran casi invisibles. Fueron a la búsqueda puerta a puerta de otras compañeras. “Nos empezamos a juntar cada vez más en la plaza. Al principio no caminábamos, estábamos reunidas, hasta que un día vino la policía, nos pegó, nos dijeron ‘caminen’, nos agarramos del brazo y empezamos a caminar de a dos”, recordó Hebe la vez que un grupo de mujeres comenzó a rodear la Pirámide de Mayo en silencio, en clave de protesta.

El Pañal de tela

El pañuelo blanco identificatorio de las madres era un pañal de tela. Y era color blanco porque el blanco se ve. Nació en una peregrinación a Luján. Las madres se juntaban, además de bares, en parroquias, iglesias, conventos. Ahí comprendieron que a la misa iban a asistir millones de jóvenes de las mismas edades de sus hijos. “Teníamos que ir en representación de ellos. Pero, ¿cómo nos íbamos a encontrar si con algunas solo nos conocíamos por el nombre? Acordamos llevar algo en la cabeza, un moño, no sé, algo. El negro no se ve, el rojo no se ve. Bueno, que sea blanco que es lo que se ve hasta de noche”, rememoró Hebe. Asumieron que todas tenían un pañal, un pañuelo, una tela blanca en su casa. Así se fueron reconociendo. Así se concibió el símbolo del pañuelo blanco. Fue el domingo 9 de agosto de 1977.

A Raúl Alfredo lo secuestraron en Berazategui el 6 de diciembre de 1977 en medio de una reunión sindical en el marco de un operativo ilegal de detención y posterior desaparición forzada: tenía 24 años, trabajaba en una refinería de YPF en La Plata, era estudiante de zoología en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata y militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista. Testigos lo identificaron en los Centros Clandestinos de Detención del Pozo de Quilmes y La Cacha. A su hermano Jorge, sobrevivientes lo ubicaron en los Centros Clandestinos de Detención del Circuito represivo Camps destacamento de Arana y Comisaría Quinta. Ambas desapariciones fueron incluidas en juicios probados de delitos de lesa humanidad y tuvieron sentencias dictadas en la causa “Camps” de diciembre de 1986 y en la causa “Circuito Camps” de diciembre de 2012.

Su vida, después, fue otra. Tenía 49 años: tuvo que reconstruirse. Fue la metamorfosis de una inocente ama de casa que buscaba a dos hijos que no encontraría nunca. La necesidad de información, reparo y justicia la transformó en un símbolo de la lucha por los derechos humanos y, en ese frenesí, en una controvertida figura política cargada de impulsos, virulencia y contradicciones. Su causa no pudo disimular su perfil ideológico. Denunció al terrorismo de Estado del gobierno de facto y la complicidad de los gobiernos democráticos que se sucedieron. Se plegó a la defensa de los líderes de la centroizquierda latinoamericana de comienzos de siglo y, en ese fervor, celebró el atentado a las Torres Gemelas como la alegoría del derrumbe del capitalismo. Su asociación se partió por diferencias en la conducción: en enero de 1986 se formó la Línea Fundadora de las Madres de la Plaza de Mayo. Hubo cuestionamientos a la dirección de Hebe con marcado sesgo partidario. Nunca tuvo afinidad con Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

 

Fuente: AICA /infobae