Es hora de que los argentinos aprendamos a convivir con la «grieta». Por Juan Jose Postararo

En 2015 Mauricio Macri llegó a la presidencia con una campaña majestuosa desde el punto de vista del marketing político.  Acaso superando ampliamente la gestada por el “grupo sushi” que puso en el sillón de Rivadavia a Fernando de la Rúa.

Bajo la “mano mágica” del consultor de imagen y asesor político ecuatoriano, Jaime Durán Barba, construyó un discurso lleno de slogan y promesas tan vacías como complejas de lograr.

“Desde pobreza cero” hasta la construcción de “tres mil jardines” a lo largo del período de gestión, uno a unaoaquellos juramentos de campaña se fueron desmoronando por el propio peso de su ausencia. Pero acaso existió una que, paradójicamente, fue la más utópica (rozando lo imposible) de realizar, pero al mismo tiempo la que aún persiste en el inconsciente colectivo como una premisa factible de realizar: “cerrar la grieta entre los argentinos”.

Siempre amparado en frases ayunas de sustento, el Pro (devenido en “Cambiemos”) accedió al poder con la idea de “unir a los argentinos”. La polarización contra el “regreso al pasado” y el “discurso del miedo” fueron pilares que sustentaron aquel paradigma. Esto de “ser la nueva política, abierta al diálogo” caló en una parte de la ciudadanía que creyó (que cree todavía) posible el milagro.

Lejos de lograr erradicar la “fisura”, podemos decir que el Macrismo la zanjó aún más. De hecho si en las últimas décadas, la famosa “separación” de los argentinos, tuvo un “pico” fue justamente desde la llegada de Macri al poder.  Los resultados electorales son un fiel reflejo de los ánimos: ganó en segunda vuelta con un 51.34% de los votos, superando apenas al Peronismo que cosechó el 48.66%.  Se fue con un resultado similar: se fue con 40.28% de adeptos. La mitad del pensamiento del país está en las antípodas de la otra mitad.

Sucede que la denominada “grieta”, no se trata de simplemente de “buen dialogo” o “cordialidad política”. Las diferencias coyunturales van mucho más allá, tienen un sesgo importante de contenido social que apareció incluso el primer día en que la Argentina nacía. No fue un “invento” de Cristina Fernández o Mauricio Macri.  Data de viejas épocas.

No hubo “unanimidad” para echar a los españoles en 1810 y tampoco la hubo en 1816, cuando el congreso de diputados de las Provincias Unidas proclamó la independencia y dos años después dictó una constitución centralista que despertó el enojo de las provincias, celosas de su autonomía.

¿Qué otra cosa fue aquello de “Federales y Unitarios” que inicio la batalla de Cepeda en febrero de 1820, cuando los caudillos federales de Santa Fe, Estanislao López, y de Entre Ríos, Francisco Ramírez, derrocaron al directorio, sino otra arista de la “grieta” eterna?

La Argentina vivió siempre entre bandos internos.  La “Década Infame”, con sus Uriburu, Ortiz, y Ramón Castillo aportaron lo suyo cuando se desentendieron de los padecimientos de los sectores populares y beneficiaron con sus políticas a los grupos y familias más poderosas del país. Su contraparte fue la llegada de Perón con una política tendiente a mejorar la legislación laboral y social (vacaciones pagas, jubilaciones, tribunales de trabajo). Acaso no hace falta enumerar la acción de Eva hacia sus “descamisados”.

Los contrastes en la redistribución de la tierra, luego de las riquezas, la inequidad de derechos de un grueso de la sociedad, son bastiones que forjaron la división. Éstas premisas existieron (existen) y son las bases fundamentales de una “grieta” que lejos está de ser meramente política. Subyace y nace en los intereses individuales de cada uno de los ciudadanos, en las miradas respecto al otro.  En las acciones que el Estado forjó a lo largo de la línea del tiempo.

Complejo parece ser el panorama cuando recordamos que todavía está vigente y a flor de piel, en cierta parte de la sociedad, lo que implicaba aquel grafiti de 1952 y su “viva el cáncer”.  En los últimos tiempos, otra vez la paradoja, incluso la prensa entró en esta falsa dualidad: Al tiempo en que piden “unión entre hermanos” el rol de los medios hegemónicos en la profundización de la grieta ha sido fundamental.

La tergiversación de la realidad, las operaciones mediáticas, las famosas “Fake News” que se apoderan de la realidad, son semillas que retroalimentan la “grieta” con toda intencionalidad. Con su  reconocido “periodismo de guerra” enardecen aún más los nervios de los sectores más reaccionarios.

Ni siquiera la llegada de Alberto Fernández a la Casa Rosada alcanzó.  Su imagen de “conciliador”, de hombre que venía a poner “paz”, se fue desdibujando, pero acaso no por ineficiencia sino porque se trata de una empresa inhumana de realizar.  Las raíces son profundas, el árbol es añejo como para poder talarlo en apenas un puñado de meses.

¿Qué posibilidad existe de zanjar diferencias si por un lado los que aplauden en el balcón el actuar de los médicos, más tarde le dejan carteles en los pasillos amenazándolos para que “se mude del edificio” donde vive?

¿Cómo se entiende que haya armonía social si quienes manifiestan ser “defensores de la democracia” no esperan los dictamines de la Justicia y exigen inmediata cárcel para “la chorra”, “la yegua”, “la puta”?

¿Es factible soñar con equidad, con erradicar diferencias, cuando el trabajador promedio paga grandes sumas de dinero en impuestos mientras que en la vereda contraria desfilan Jueces y magistrados que triplican el salario pero con una carga tributaria inexistente?.

La grita existe y esta  bien que así sea, porque es la forma de hacer visible un reclamo que atañe a los confines más íntimos, más profundos, más esenciales del ser humano. Es justo y necesario que exista la grieta hasta tanto, como sociedad, no destruyamos las fronteras que nos separan. Es la única manera de dar entidad a reclamos profundos que segregan al pueblo.  La grieta es el reflejo tangente del odio, la discriminación, la segregación, la mezquindad, la intolerancia que aun prevalece en nuestra sociedad.

Por tanto, emulando la reiterada frase en estos tiempos de COVID que reza lo necesario de “aprender a convivir con el virus”, es hora de que los argentinos, también, comencemos a aceptar el “convivir” con la grieta. Porque nos precede, porque implica un contraste de intereses notorios, marcados e innegociables, acá y en cualquier parte del mundo.

Desconfiemos de aquellos que dicen venir  a “eliminar las diferencias” porque existe falsedad en ese discurso, indudablemente. Escojamos mejor aquel que promueve no exterminarla, sino acaso, trabajar para que las distancias se acorten. Está más que claro que las orillas no se unirán nunca pero, al menos, permitámonos soñar que el rió que las divide sea el más angosto posible.  Ese será un buen paso para pretender luego el edificar un puente que permita, en algún punto de nuestra historia, lograr un país más ecuánime en donde se festeje la cura y no la enfermedad.

 

Para NCN por Juan José Postararo

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