En muy desafortunadas declaraciones, el presidente de la República dijo que “el mundo se confabula contra la Argentina”. No se entiende cómo un mandatario ‘razonable’ – conforme se intenta instalar -, recae en ese latiguillo de que los otros, los de afuera, sobre todo, son los responsables de nuestra decadencia, que arrastra décadas, y de nuestros desaguisados – algunos hasta lo desopilante – cotidianos.
No sabemos si el presidente aludía al coronavirus que notoriamente agudizará la crisis recesiva de nuestra economía y la de prácticamente todo el planeta. Empero, la gravedad de esta expresión radica en la delegación de responsabilidades por parte de quien desde la medianoche del 11 de agosto del año pasado sabía que seguramente sería presidente. Siete meses después de esa certidumbre personal nos tiene a millones de argentinos en una inédita incertidumbre colectiva. Es el primer caso de un período gubernamental que se inaugura con sólo dos ideas que supuestamente se reflejan en sendos planes: auxiliar a los compatriotas con hambre y diferir los vencimientos de la deuda.
Ambos objetivos no se refutan ya que tienen el consenso general. Lo que muchos rebatimos es que esas dos metas son total y redondamente insuficientes. No se pueden ocultar las cartas – ya que el propio presidente habló de que jugaría al póker con los acreedores – si se busca un éxito en la negociación. Cualquier acreedor del país o de la tierra le pide a su deudor un plan de pagos. No hay acuerdo posible sin un plan. Y lo que precisamente no hay es eso, un plan.
Participé de la sesión de la Cámara de Diputados que escuchó respetuosamente durante casi dos horas al ministro Martín Guzmán. Por más esfuerzo que realice no logro capturar un concepto que pueda constituir un eje eventual del inexpresado plan. Salvo una proposición sumamente peligrosa, sobre todo para un país que padece de una grave enfermedad crónica, la inflación. El ministro enfatizó que en épocas recesivas bajar el gasto público es lo más contraindicado. Es decir, que una de las causas de nuestro endeudamiento y de esa patológica inflación – el déficit – sería mejor mantenerlo. Convengamos que como mínimo esta cuestión ameritaría ser profundizada y debidamente debatida, no sólo por la academia sino también por la política.
El coronavirus y la pandemia que ha generado tiene para los argentinos un notorio carácter agravante, pero en modo alguno exonerante de la responsabilidad de los gobernantes. Que reaccionaron tardíamente ante esta amenaza para la salud pública y que ahora pareciera que sólo atinan a utilizarla como justificativo para la adolescencia de planes de reactivación económica. Esto acaece a pesar de que se da una situación casi sin antecedentes: el Fondo Monetario obra cual el mejor aliado del país. En lugar de aprovechar esa benevolencia manifiesta y acordar con el organismo multinacional un plan de salida, se conversa con los acreedores sin disponer plenamente de ese auxilio. Acecha un riesgo mayúsculo: sin plan y sin acuerdo con el FMI, que los títulos se devalúen al punto de ser una tentación para los fondos ‘buitres’. Ya deberíamos saber que negociar con los acreedores originales es harto complejo, pero hacerlo en los Tribunales neoyorquinos es literalmente un suplicio. Y muy, pero muy costoso. Allí, en ese foro, ni hablar de quitas o plazos. Allí se paga o se sufren las calamitosas consecuencias.
No sería veraz si marginara un tercer objetivo del gobierno: Instalar la impunidad, vía la desarticulación del instituto de la delación premiada o arrepentido, el copamiento de la procuración fiscal, las vacancias de jueces, la imposibilidad de designar jueces jubilados como sustitutos, las nulidades procesales, la argumentación del llamado ‘lawfare’ (absolutamente desnaturalizado por quienes lo invocan) y otros mecanismos – incluido balear al abogado de dos imputados colaboradores, Víctor Manzanares y Leonardo Fariña -, es decir el uso de la intimidación y de la agresión física.
¿Quién se ‘confabula’? No caben dudas de que el mundo no es filantrópico, pero el ‘cerebro’ siniestro no está afuera. Convive con nosotros. Está acá, adentro. No es otro que la inidoneidad, el demerito del mérito, la igualación para abajo, la corriente ‘pobrista’ – esa que pareciera deleitarse con desparramar más pobreza -, la Argentina ‘planera’ que suplanta a la trabajadora, la que estimula subiendo impuestos a la desinversión. Acá está la Argentina llena de mafias, cada vez más dominantes, más enseñoreadas – con excusas para los señores y señoras de verdad.
Hay millones de argentinos que están ansiosos por una reacción hacia los valores. Lejos de ser ‘reaccionarios’, son los que permitirán retomar el rumbo del progreso. Porque otra cosa que está subvertida en la Argentina es el mismo concepto de progresista. Quienes dicen enrolarse en esa corriente son mayoritariamente agentes del país atrasado, viejo, enmohecido.
Más temprano que tarde tendremos un plan. Además de facilitar nuestros
negocios lícitos habilitará el camino de la ineludible recuperación moral.

*Diputado nacional (Juntos por el Cambio)

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