Sin dudas la búsqueda de una vacuna o, en su defecto, un tratamiento efectivo que permita controlar el coronavirus es una de las expectativas que tiene en vilo a gran parte del mundo.  El anuncio del descubrimiento, por parte de la comunidad científica, es acaso una de las noticias que con más ansias se espera en cualquier latitud del planeta.  Pero sucede que en Argentina existe otra premisa que genera aún más anhelo que cualquier otra: la vuelta del fútbol.

Antes de que cambien de página o proteste, permítame desarrollar mi idea querido lector. No caiga en el falso dilema que afirma que, en éstas tierras, se “grita más fuerte un gol que una injusticia” y deme unos segundos para explayarme. Necesito argumentar el porqué, para nosotros, es más interesante el regreso de la redonda a cualquier potencial cura contra una de las peores pandemias de los últimos años.

El análisis es complejo, no se remite a la frase “pan y circo”. No se trata de mantener embobados a la sociedad mientras por su costado circulan elefantes rosas sin ser percibidos.  No hablo del salvoconducto de muchos políticos para justificar sus más fraudulentas (y en casos atroces) decisiones. No, la premisa va más allá. Traspasa lo mundano, lo vil del asunto.  Apunta a una profundidad casi biológica, espiritual, filosófica me animaría a gritar a los cuatro vientos.

Porque el fútbol, acá, en éste suelo, en ésta patria, no es sólo un deporte. Un juego o un negocio. El fútbol en nuestro país implica algo que sobrepasa a todo el resto de la humanidad.  Se sucede un hecho inusual, inexplicable, milagroso si se quiere, que no encuentra paralelismo en ningún otro punto distante del planeta.  El fútbol, acá, es el motor de la vida.  Insisto, lector, no se vaya. Aguarde un instante más.

No descubro la pólvora si digo que en el mundo las injusticias, la desigualdad, las diferencias de posibilidades abundan, sobran.  El más grande termina siempre comiéndose al más chico.  En la selva de cemento en la que vivimos ya está delimitado quien es León y quien gacela.  No importa cuán rápidos podemos correr, tarde o temprano la fiera devora a su presa.  Y acaso en Argentina esos ejemplos exceden y se pueden apreciar en cada rincón, en cada pueblo, en cada ciudad. Transita en todos lados menos en uno: en el fútbol.  O me corrijo, es el fútbol el único lugar donde aquello no es Ley.  Es en ese aparente juego, de 11 contra 11, donde los argentinos podemos encontrar la única posibilidad de eludir esa premisa mezquina, injusta, casi incorruptible del destino.

Encontramos allí nuestro edén, la tierra prometida.  Cada siete días la pesadumbre de la rutina, del laburo mal pago, del levantarse de sol a sol para ganar el mango, la desazón que implica obedecer a ese jefe que no merece el puesto, la malaria de una economía que no da respiro encuentran su “paraíso”.  Cada domingo renace la posibilidad de la rendición, de que la balanza se incline, por única vez, para nuestro lado.  El equilibrio de un mundo que, de lunes a lunes, solo apunta hacia un mismo vértice.  Entonces, las reglas que rigen una sociedad imparcial se borran, desaparecen, y da lugar a la chance de que Goliat derrote a David.  De que el príncipe azul bese a la princesa. De que la serpiente no seduzca a Eva y Dios no se enfade nunca.

A lo largo de la historia no importó otra cosa.  Porque entendemos que al otro día será Lunes y la reglas volverán a ser lo que eran, pero en esos 90 minutos todo puede pasar.  Porque Inglaterra seguirá siendo dueña de las Malvinas aunque todos entendamos que no corresponde, pero un tarde mexicana tuvimos la oportunidad de poner las cosas en su lugar y no sólo una vez, sino dos veces.  Porque como describe Eduardo Sacheri, ese día contemplamos como uno de los nuestros logró “poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan” . Fue esa la chance para entender que existe un escenario donde los que llevan las de ganar no ganan, y los que llevan las de perder no pierden.

Es inquebrantable que el Real de Madrid seguirá siendo uno de los poderosos de siempre. Que sus jugadores ganan fortuna y sus vitrinas estarán repletas de Copas. Pero resulta ser que un fría mañana japonesa,  ni con todo el dinero del mundo, pudieron frenar a un flacucho, con la diez dibujada en su espalda, la franja de oro partiendo su pecho, nacido en el sur de américa. Y tuvieron que doblegarse durante noventa minutos a los caprichos de su empeine que hacían ir y venir a su antojo a la redonda.

Acaso La Juventus tendrá en su arcón de los recuerdos cientos de hazañas con Michel Platini, pero una tarde cualquiera Castro, Borghi y Ereros lo hicieron padecer cuando nadie en el mundo intuía tal desenlace.

Porque sabemos que Uruguay sigue siendo pequeño, pero un día dejó mudo a todo un Maracaná repleto.  Y entonces, una vez más, comprendimos que se puede cambiar el destino.  Cito una vez más a Sacheri “Si hubiese ganado Brasil nadie se acordaría demasiado del 16 de julio de 1950. Lo normal no se recuerda casi nunca. Pero ganó Uruguay, un partido que si se hubiese jugado mil veces Uruguay debería haber perdido novecientas cincuenta y empatado cuarenta y nueve. Pero de las mil alternativas Dios quiso que cayera esta: Uruguay da el batacazo más resonante de la historia del fútbol”…Eso genera en nosotros el fútbol, la posibilidad minina de que la vida puede ser otra cosa.

Y retomo, considerando que me tuvo fe, estimado lector, y aun permanece leyendo esto, la primera línea de este humilde ensayo: puede existir una vacuna para el coronavirus, pero acaso eso será parte de una historia que, al fin de cuentas, seguirá con sus injusticias, sus imparcialidades, su pedante meritocracia.  Por eso necesitamos del fútbol.  Porque envuelve en su aparente inocencia lúdica la ilusión, la esperanza.

¿Qué importa cuán duro puede ser la semana, el mes, el año? Si sabemos de la posibilidad que un domingo cualquiera, el nueve, que siempre trae las de perder, como nosotros, la toma en tres cuarto de cancha, respira hondo, acelera el paso, elude a uno, dos, tres rivales. Entra al aérea, gira bruscamente sus caderas para dejar sin chances a un arquero que intenta ahogar su grito y deposita, con el lado interno de su pide derecho, la número cinco en el fondo de la red.  ¿Qué importancia puede tener ese destino nefasto si en un instante Dios nos demuestra que podemos lograr lo impensado?

No se trata de mantener entretenidos a un par de giles.  No es necesario habilitar el «show» para que el político “Pueda robar tranquilo”, porque eso lo hace de todas formas. Sino para darles a esos miles de tipos la oportunidad de seguir creyendo.  De que el argentino promedio presencie lo tangible de la esperanza. Que, en cada inicio de semana, levante la persiana de ese negocio que el viernes anterior quería cerrar.  Que le diga “buenos días” a ese amigo del Gerente, que oficia de Jefe y sabe menos que un nene de Jardín de Infantes.  Que apriete los dientes, trague el llanto, y pueda reanudar la venta en el tren de esa golosina que permitirá comprar un litro de leche.

No necesitamos el fútbol por el mero hecho del juego.  Lo necesitamos para poder seguir soñando de que los imposibles pueden dejar de serlo.

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