El incendio de nuestro país puede ser representado perfectamente por el incendio de la Catedral de Notre Dame: una construcción magnífica y llena de misericordia, historias, dolores y divinidad; repleta de historias de vida y de muerte y de sacrificio y entrega, que demandó sangre, sudor y lágrimas para llegar a ser lo que fue, quedó destruida en sus detalles internos aunque de pie en sus estructuras externas y fundamentales. Ambas construcciones, destinadas a reflejar la trascendencia del hombre en la Tierra, se consumieron en llamas ante nuestra vista atónita y nos dejaron impotentes en medio de un humo enceguecedor.

Porque lo que estamos viviendo en este punto de inflexión de la historia que nos toca atravesar es, precisamente, la muerte del Cuerpo del hombre, que se lleva consigo las marcas de otro tiempo en el que la creación necesitaba de las manos voluntariosas de la comunidad, organizada en torno a un proyecto común por el cual luchar para sobrevivir y avanzar. El mundo que se presentase hostil para una humanidad apenas vestida se hacía más benevolente cuando en él, dentro de él, a partir de él creábamos espacios en los que habitar, transitar y comunicarnos con nuestra divinidad. Nosotros, seres humanos despertando a la vida lúcida, manifestábamos a Dios y su misericordia en las cosas que inventábamos para vivir en equilibrio con la naturaleza de la que formábamos parte consciente.

De la misma manera definimos nuestras identidades nacionales dentro de ese mundo al que fuimos moldeando para que se convirtiese en nuestro hogar: cada pueblo se fue organizando en su territorio conforme su cultura y el proyecto de un futuro en común para el que cada individuo pusiera parte de sí mismo. El destino de los hombres era trazado por los hombres mismos para el porvenir.

Pero en algún momento de esta última parte de la historia que estamos escribiendo algo en el espíritu de la comunidad se transformó y pasamos de pensarnos como conjunto a buscar destacarnos como sujetos, de tender puentes y lazos de solidaridad a competir y enajenarnos, de pensarnos a nosotros mismos en nuestra trascendencia a querer delimitar a como dé lugar un estado de inmanencia permanente en el que todo es efímero y vacío, en el que el ser se define por lo poseído y no por lo aprehendido. Hubo un quiebre en esta parte del mundo a partir del cual pasamos de mirar al cielo y nos volcamos a mirar al suelo, sólo para saber por dónde van y a quién pisan nuestros propios pies.

Así repetimos también el tránsito de Jesús en el mundo material y quien naciera acompañado de la promesa de una vida marcada por la divinidad y volviera a dar un mensaje de unión para sus hermanos en pos de una comunidad organizada, terminaría encarnando la condena del hombre al hombre mismo por lo que el propio hombre no se pudo perdonar; el temor de algunos de pasar a una existencia de amor e igualdad para todos nos llevó, ayer como hoy, a la destrucción de lo bello para evitar que nos recuerde la existencia de la fealdad. Porque cuanto más fuerte es la luz, más intensa se percibe la oscuridad y así en la Tierra como en el Cielo, lo que le pasa al cuerpo le pasa a la sociedad: un pueblo que despierta es un obstáculo para el capital.

Hoy, después de habernos visto morir por causa del egoísmo y la maldad, del odio por las cosas buenas y bien hechas y el desprecio por los sueños que aún quedan por realizar, estamos transitando la vigilia de nuestra identidad nacional guiados por aquello que ningún incendio puede quemar: la fe, que es fruto y parte del amor por la vida, hacia la resurrección de lo que somos en un estado superior. Porque no es cierto que vamos a volver a un estado anterior en el que nos supimos felices, ninguna historia se escribe hacia atrás ni se repite a sí misma. Ni Notre Dame va a volver a ser la Catedral que fue antes del fuego ni la Argentina volverá a ser la Patria que San Martín liberó, ni la que Rosas defendió ni la que Perón construyó. Tampoco volverá a ser el país que la dictadura masacró y que el Consenso de Washington condenó, y ni siquiera será nuevamente el territorio que una década de progreso regional y desarrollo local supimos transitar. El tiempo, ese tirano del que nadie puede escapar, sólo va en una dirección y es hacia adelante, dejando atrás las huellas en el camino para no olvidar de dónde hemos venido.

Es entonces esa promesa de resurrección, de regreso de entre los muertos para pasar a un estado superior, la que en estas Pascuas nos atraviesa a tantos argentinos que, a pesar y con el pesar de todo, seguimos luchando por un futuro mejor. Futuro que no sabemos cuánto puede tardar en llegar pero al que perseguimos con toda convicción, porque una vez que se ha visto la luz ya no se puede vivir en oscuridad. Y al igual que en la alegoría de la caverna de Platón, vamos buscando a todos los que aún no han salido para que vean lo que nosotros hemos podido ver. Algunos de ellos, alentados por una fe que los invade al escuchar a un hermano a quien la mirada le brilla por haber despertado, deciden salir a ver con sus propios ojos y comprobar que es cierto, que existe algo más allá de los límites que percibimos y que desde allí un mundo nuevo es posible. Otros, incrédulos, necesitan de las pruebas para saber si deben confiar. Y quedan otros que jamás se atreven a pasar el umbral y eligen defender lo que conocen ante el peligro de aquello que no quieren conocer. Ellos, los que odian, terminan haciendo el trabajo sucio de la bestia que nos vino a destruir, creyéndonos enemigos a los hermanos y liberando a Barrabás sólo para no escuchar la verdad.

Pero así como somos una representación de ese mundo que se muere ante nuestros ojos, somos también la espera y la acción del mundo nuevo que se apoya en las escombros de lo que fue para renacer en lo que será. Esa promesa de Pascuas es la que hoy abrazamos con toda voluntad, limpiándonos las lágrimas por los que dejaron jirones de su vida en el tránsito hacia el despertar y alzando la mirada con bravura para hacerle frente, una vez más, al enemigo que nos quiere destruir para no tener que soportar su propia miseria. Nosotros, los que amamos, somos la luz del mundo y es nuestra responsabilidad construir los cimientos de la Patria justa, libre y soberana que aún podemos ser, que estamos destinados a realizar.

Porque sólo puede estar vivo quien está dispuesto a volver a nacer.

*Por Romina Rocha.

 

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