Una inmensa mayoría del país está ganada – y azorada – por el hastío. Es un hartazgo que intimida porque cierne sombras sobre el futuro. Empero no hay coincidencia sobre dos aspectos cruciales: si la problemática argentina alguna vez tendrá solución y si debemos o no resignarnos al divorcio de la realidad – sobre todo política – con los valores. En verdad, este dilema encierra otra cuestión: ¿los valores son piezas de museo o siguen en plena vigencia como necesidad actual, individual y social?
Joaquín V. González, Leandro Alem, José Manuel Estrada, Lisandro de la Torre, el mismo Hipólito Yrigoyen y muchos otros argentinos, así como el primer ministro George Clemenceau y varios observadores extranjeros, hace más de un siglo expresaron su amonestación grave sobre el arraigado mal de la corrupción que no sólo debilitaba materialmente al país, sino que lo degradaba moralmente, con consecuencias devastadores para el logro del objetivo de ser la gran nación del Sur. La Revolución del Parque, en 1890, fue inspirada por un reclamo de regeneración moral. Hace sesenta años el entonces presidente de la Corte Suprema, Alfredo Orgaz, dimitió por “cansancio moral”. Nada menos. Empero, el país pareció absorber aquella añeja y recurrente corrupción, ese “cansancio” y mucho más que sobrevino. Así como en algún momento nos hicimos compinches de la inflación – no digo amigos, porque este vocablo implica un valor demasiado grande para ligarlo a este flagelo -, da la sensación de que la Argentina ha tenido un extenso concubinato con la corrupción de arriba, la cumbrera, la del poder, no sólo político.
Notoriamente, esa bastarda convivencia fue corroyendo los valores hasta su virtual desplome en las zonas altas – no por rango, sino por función – de la sociedad, principiando por la primera (i) responsable, la política. Así como en economía de mercado se controvierte sobre si la prosperidad tiene o no “derrame” hacia los actores secundarios de la actividad, en este plano de la decadencia moral, la traslación a todas las capas sociales es continua, inexorable, demoledora. La arquitectura de la sociedad se resquebraja y llega a fragilizar los cimientos mismos. Es incuestionable que la corrupción de arriba impulsa angustiosamente a la del llano, a del pueblo. Millones afortunadamente tienen amianto anticorrupción, pero el virus sigue avanzando, amenazantemente.
Existen perversidades viejas como la demagogia – Marco Antonio se encumbró en el Imperio con un discurso de esa índole con los despojos de Julio César aún calientes – y otras más contemporáneas como el populismo. Éste consiste en decir y, algunas veces, hacer lo que suena dulce. Se caracteriza por la inmediatez y efectismo. Por postergar las decisiones estratégicas. Por ser permisivos hasta el paroxismo con las deformaciones. Por practicar la magia, incitar al menor esfuerzo, relajar el cumplimiento de las leyes, sembrar espejismos por doquier, engendrar agrupaciones que con el tiempo se tornan tan incontrolables como devastadoras del orden social y económico. El populismo es el primer y peor enemigo del pueblo, pero se emboza al punto que más que cordero aparece como y el señor de los dones.
El populismo es la cara visible del engaño sustantivo: saquear los recursos al extremo de facturar y cobrar ‘obras’ ni siquiera iniciadas.
En nuestra América, en Europa, en muchas partes del planeta, hay un movimiento socio-político que se asienta en el renacer de los valores. Autoridad, mérito, trabajo, genuina libertad, respeto, honradez, compromiso, responsabilidad están volviendo a su trono perdido. Siempre se hace retórica con la educación – otra de las víctimas en este derrumbe moral -, pero ahora emerge la idea de fortalecer a la Familia como la primera e ineludible escuela, la formadora por antonomasia. Se enarbolan los Derechos Humanos – que este año cumplieron 70 años en América, declaración de Bogotá de 1948 – con resultados para nada plausibles como la pobreza de América Latina y de nuestra Argentina – ¿no es un precipuo derecho humano vivir con dignidad?- , pero ahora aparece, por fortuna para los valores, la Vida como protagonista central de esos tan afamados como muchas veces usados con fines políticos, derechos. Derecho Humano a la Vida, así con mayúscula. La construcción de los derechos se completa con los Valores Humanos. Derechos con Valores. Y, por si alguien se distrae, hay un capítulo de Obligaciones.
Cierto es que se vive un mundo complejo, plagado de tensiones, no sólo geopolíticas. Empero, está alumbrando, por ahora algo mortecina, una luz de esperanza. Es el ansia que va cobrando cuerpo de regresar a los valores morales. No están perdidos, sino arrumbados en algún ático, en un oculto atajo. Pero están. Vuelven. Deben regresar si es que de verdad pretendemos una vida en paz y prosperidad, es decir los dos planos, el espiritual y el corpóreo. No hay progreso sin moral. Las inversiones no traen a estas playas los principios. Llegan – o no se van – si acá hay valores.
Me parece que vale una precisión relevante: el de los valores es un regreso para asegurar el progreso. Es volver para poder ir.
*Diputado del Mercosur; exdiputado nacional; presidente nacional del partido UNIR

Compartinos: