¿Qué decirle a mi pibe cuando pregunte sobre ese tal Maradona? por Juan Jose Postararo

Pocas veces me imaginé la posibilidad, cuando quise ser periodista, de tener que escribir estas líneas. Porque uno entiende que ningún ser humano es mortal, que nadie vive para siempre, pero Maradona es Maradona. El tipo era diferente entre millones de tipos. Y si en el medio uno entiende al fútbol como el deporte más lindo del universo, es imposible entonces dejar que el nudo en la garganta se forme inexorablemente.

Las imágenes se suceden unas tras otras en la mente y resulta ya sentenciado que nunca, mientras dure mi existencia, podre olvidarme de que estaba haciendo un 25 de Noviembre pasado apenas el medio día.

Inevitable, a esta altura del relato (y van dos párrafos siquiera) que las lágrimas caprichosas recorran mis mejillas, mientras los dedos intentan escribir algunas palabras sobre éste ser, casi mitológico, tan argentino y tan nuestro. Este pedazo de país que se escapa, se escabulle para encontrarse en algún punto del cielo con la “Tota” y convertirse en lo que, acaso siempre fue, una eternidad.

En este silencio tremendo, que duele mucho y pega en el alma como un martillazo certero, es cuando en mi mente se dibuja una vez más, un interrogante que me carcomió desde siempre:  ¿Qué le diré a mi pibe cuando pregunte porque es tan grande ese tal Maradona que en la televisión dicen que murió?.

Siempre medité, en soledad, sobre cómo abordar aquel monologo. Como organizar la confección lirica de unos de los personajes más introvertidos, amado, odiado, elogiado, criticado, santificado, crucificado, ya no solo del país, sino del mundo entero.

Que nexo utilizar para que se comprenda como aquel flaquito, de rulos locos y una zurda irreverente, que tenía en una pelota de futbol la compensación mágica de una vida amarreta que le convidaba a diario un plato de sopa con mas caldo que verduras, un día, casi como en un soplo, paso a ser el argentino mas reconocido del orbe.

Aquel que las cámaras de televisión inmortalizaron en un potrero, obligando a la número cinco ir y venir en su empeine mágico, impidiendo tocar el suelo. El que en un hilito de voz inocente avisaba que su sueño era tener una copa del mundo en sus manos.  Ese mismo que tiempo después, las mismas cámaras lo mostrarían apuntando un rifle y disparando al bulto.

En que momento de la historia amalgamar la corrida eterna, en suelo azteca, apilando ingleses con el “me cortaron las piernas” post USA 94.  Como hacer para aclarar que se trata del mismo Diego (y el mismo receptor) cuando habla de “poderosos”  en el negocio del fútbol, con aquel que se abraza en la foto que le permitiría ser mas tarde DT del Seleccionado Mayor.

En alguna parte de mi relato, debería explicar que en un punto el hado lo premiaría con tres mujeres que lo llevarían a las puertas del Edén, pero también le presentaría a otra mujer, la que le hizo conocer el infierno.  Aunque también agregaría que las primeras acabarían siendo más poderosas que la segunda y ganarían la batalla finalmente.

A esta altura del relato sonaría lógico que mi hijo pregunte si lo que narro es una biografía o un cuento de Ray Bradbury.  Confesaría entonces que la vida de Diego fue propia de un cuento de hadas, con mezcla de terror y hasta con pasajes bíblicos (como cuando paso lo de Punta del Este y la estadía prolongada en Cuba).

Discutiría de errores, de aciertos, de momentos de glorias y ocasos.  Me hurgaría emplear palabras como zurda, magia, encanto, perfección en los tiros libres, tobillos maltrechos, amor incondicional a la celeste y blanca.  Y acudirían a mi boca otros términos, como efedrina, “la tenes adentro” o “Segurola y La Habana 43.., séptimo piso”. Charlaremos del “se te escapo la tortuga”, “cabeza de termo”, la Noche del Diez, el debut sexual de Pele y del termo de Branco e incluso el “La Tenes Adentro Pasman”.

Y cuando sus ojos estén brillosos, gigantes, tratando de comprender como hizo Dios para incrustar en un metro sesenta y seis tanta inmensidad, supongo que sería el momento de tomar el celular y buscar aquel video de Diego en la bombonera, con la azul y oro que parecía no entrar en ese cuerpo con sobrepeso, sus manos cruzadas en el pecho, para que juntos escuchemos (en silencio profundo) su voz acongojada resumiéndolo todo “yo me equivoque y pague, pero la pelota….la pelota no se mancha”.

Para NCN por Juan Jose Postararo

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