INTRODUCCION:
En tiempos de apostasía y agnosticismo generalizado, nos parece oportuno realizar un trabajo que permita demostrar la existencia de Dios. Pero no de cualquier manera, sino al alcance de aquella persona que se lo proponga. Esto es, el conocimiento de Dios a través de la razón. Para ello nos adentramos en las aguas de la Metafísica tomista y su demostración por intermedio de “las cinco vías”.
Respecto de estas, se ha de tener en cuenta que se trata de vías estrictamente metafísicas, por tanto, sus conclusiones no pueden ser sino metafísicas. Son, en efecto, argumentos metafísicos que Santo Tomás ha elaborado a partir de diversas fuentes dándoles una formulación precisa y canónica. Tales argumentos, supuesto el principio de causalidad, tienen sin duda un valor probatorio y todos convergen a demostrar la existencia de un Ser Primero que mueve y no es movido, que causa y no es causado, que es necesario en absoluto con exclusión de toda contingencia, que posee en sí, en la unidad simplísima de su ser, todas las perfecciones y las bondades dispersas en creaturas y, finalmente, es un principio ordenador y rector del universo.

DESARROLLO:
Para llevar adelante este razonamiento que permite verificar la existencia de Dios Santo Tomás recurre a desandar un camino que va de la creatura a Dios o, por decirlo en términos metafísicos, del ente finito a Dios lo que equivale a recorrer una vía que nos lleva del ser participado al ser que subsiste por sí mismo. Este camino supone, en primer lugar, un movimiento ascendente de la creatura hacia Dios, es el camino de las cinco vías por las que podemos demostrar el ser de Dios partiendo de la experiencia inmediata de las realidades visibles y, desde este punto, ascender hasta vislumbrar algo de la naturaleza o esencia de Dios aun cuando, como se ha dicho, no nos sea posible avanzar más allá de un conocimiento de lo que Dios no es. Este movimiento de ascenso se vale de la remoción y de la analogía porque sólo es posible a nuestro intelecto llegar a Dios a partir del ente finito por vía de remoción y analogía. Así, de la diversa composición del ente finito llegamos a la no composición de Dios: su simplicidad, de la simplicidad de Dios deducimos su perfección y su bondad. De la finitud del ente creado llegamos a lo no finitud Del movimiento del ente finito a la inmutabilidad de Dios. De la unidad imperfecta de la creatura a la Unidad absoluta de Dios. Pero hay también un movimiento de retorno que consiste en “volver” de esta ascensión y comprobar que, ahora, el ente finito del que se partió, a la luz de la divina naturaleza siquiera entrevista como en un negativo, se hace más claro y luminoso. De este modo, las cinco vías y todo cuanto de ellas se deriva, en tanto suponen este doble movimiento de “ascenso” y “descenso”, contienen elementos fundamentales para entender la metafísica de Tomás de Aquino.
Santo Tomás inicia su exposición de las cinco vías con la vía del movimiento, la primera y más manifiesta. En la Summa Contra Gentiles hallamos una exposición extensa y detallada de esta vía: el Angélico se demora en discutir la doctrina aristotélica del movimiento y analiza pormenodizadamente las razones que permiten afirmar los dos términos más importantes de la vía, a saber, todo lo que se mueve es movido por otro y en la sucesión de motores y movidos es imposible proceder al infinito por lo que es necesario postular la existencia de un primer motor que mueve y no es movido. Dice Santo Tomás: “Es cierto, y consta por el sentido, que algunas cosas se mueven en este mundo. Ahora bien, todo lo que se mueve es movido por otro pues nada se mueve sino según que está en potencia respecto de aquello hacia lo que se mueve y algo mueve en cuanto que está en acto. Mover, en efecto, no es otra cosa que educir a algo de la potencia al acto y nada puede ser reducido de la potencia al acto a no ser por algún ente en acto, por ejemplo, lo que es caliente en acto, como el fuego hace que un leño, caliente en potencia, sea caliente en acto y por esto lo mueve y lo altera”.
Si la primera vía es la más manifiesta e inmediata, la cuarta es la más rica y en ella el Aquinate despliega todo el vigor de su genio metafísico. El punto de partida es la constatación de que en todas las cosas se hallan grados en el sentido de que en todas ellas encontramos algo que es más o menos bueno, más o menos verdadero, más o menos noble y cosas similares. “La cuarta vía se toma de los grados que se encuentran en las cosas. En efecto, encontramos en las cosas algo que es más o menos bueno, más o menos verdadero (…) Pero lo más y lo menos se dicen de cosas diversas según se aproximen de diverso modo a algo que es máximo como, por ejemplo, es más caliente lo que más se acerca a lo que es máximamente caliente”.

-Exposición de la Primera Vía:
El hecho más innegable de cuantos presenciamos en el mundo es el movimiento. Todas las experiencias de todos los hombres lo confirman. Ahora bien; el primer principio o motor de todo movimiento particular o general, necesariamente ha de ser un motor inmóvil o ser independiente y, de por sí, autor de todo lo demás, a quien llamamos Dios.
El movimiento es mutación o tránsito de la potencia al acto. Las mutaciones pueden ser múltiples: unas afectan la misma substancia del ser, que nace, muere y desaparece; otras se refieren a la cantidad, capaz de aumento y disminución; otras de calidad, que mejora o desmejora; otras al lugar, que se toma o se deja; otras a la operación, que empieza, continúa y acaba.
Ninguno de estos seres es de suyo principio adecuado o completo de su movimiento. Todo lo que se mueve es movido por otro. En esta serie de motores subordinados no es posible proceder hasta lo infinito; es preciso llegar a un primer motor inmóvil, principio esencial y primero de todo movimiento, a quien llamamos Dios.
Esta Primera Vía se funda en el principio de contradicción, o lo que es lo mismo, se convierte en una proposición de inmediata evidencia: “Todo lo que se mueve pide un motor extraño o exterior a él”. ¿Qué significa ser movido? Según Aristóteles y Santo Tomás, equivale a “estar en potencia”, “ser pasivo”, o no ser nada en el orden de la actividad. El término “mover” es cabalmente lo contrario; es ser, es operar, es estar en acto. Por ende; el ser y no ser, el operar y estar pasivo, serán eternamente incompatibles o contradictorios “cuando se trata de la misma cosa y en el mismo sentido”. De aquí se sigue la más absoluta imposibilidad de que una cosa que es movida, sea en el mismo sentido la cosa o motor que mueve. En otros términos. Todo lo que es movido, antes de pasar de la potencia al acto carece en sí mismo de la perfección que luego el acto le comunica, luego necesita de otro, que le da tal perfección.
No menos claro y convincente resulta el segundo axioma. En toda serie de motores subordinados, el último actúa gracias a la energía que le presta el penúltimo, éste por la que recibe del anterior, y así de grado en grado hasta llegar al primero que necesariamente ha de existir en acto antes que todos los demás. ¿Será preciso llegar al infinito en esta serie de motores finitos? Todos los motores finitos no pueden llegar al infinito, que carece de principio; son esencialmente motores movidos, son motores potenciales, y no saliendo de este orden faltaría el primer motor actual, imposible entonces el movimiento. Es preciso, pues llegar a un primer motor que nada tenga de potencial, que sea acto puro, que sea Dios.
Fuera más allá y más arriba del mundo, es preciso reconocer y confesar un primer Motor inmóvil, que ha producido, mueve y dirige todas las cosas, y a ello llamaremos Dios.

-Exposición de la Segunda Vía:

El segundo argumento se funda en la innegable causalidad activa de las criaturas. Podemos formularlo de la siguiente manera: Todos los espacios del Universo conocido están llenos de causas eficientes, que no pudieron ser causas de sí mismas (nada puede ser causa antes de existir). Tales causas están de tal suerte encadenadas y subordinadas, que la una depende de la otra, o en su propio ser, como el hijo depende del padre, o en su operación, como el martillo depende de la mano. Toda causa que empieza, o pasa del no ser al ser, es preciso que tenga por primera causa una causa que nunca pudo empezar, que eternamente es el mismo ser esencial. ¿Vamos a sacar la serie de las causas del seno de la nada? Por fuerza hemos de llegar a una primera causa independiente, bastante para sí misma e infinitamente capaz de producir todas las causas: hay que llegar a la plenitud de la perfección que llamamos Dios.
Claro es que no todas las causas pueden depender unas de otras en su ser. Si la última viene de la intermedia, ésta de la precedente y así infinitamente proceden todas las anteriores, sucederá que no hay causa alguna independiente y primera, y a falta de ésta tampoco puede haberlas intermedias ni últimas. Lo que decimos de ser de la causa, con más razón todavía se aplica a la operación. Como la última depende en su operación de la intermedia, ésta de la anterior y así en serie gradual sin término si no ponemos una primera independiente tampoco habrá operación. Siendo un hecho innegable la operación en el Universo, necesariamente hemos de poner una causa primera, improducta e independiente, con razón suficiente para obrar por sí misma y para ser causa de todas las demás operaciones.

-Exposición de la Tercera Vía:

La tercera prueba que del ser contingente deduce la existencia del ser necesario, también procede de nuestra cotidiana experiencia, que por todas partes nos descubre seres imperfectos y deficientes de suyo, tanto en el ser como en el obrar. Estamos rodeados de objetos contingentes que pueden ser y no ser, que carecen en sí mismos de razón de ser, que empiezan en la generación y acaban en la decadencia y la muerte. ¿Es posible que en los reinos del ser todo sea contingente? De ningún modo; lógicamente hay que llegar al ser necesario, que sea razón y principio de todos los otros, que se baste a sí mismo, que sea fuente de toda perfección y verdadero Dios.
Dice Santo Tomás: “Todo lo contingente, igualmente dispuesto para ser y no ser, para existir o no, comienza, y antes de esto hubo un momento en que no existía”. Si todo es contingente, hubo un momento en que nada de lo contingente existía. Si nada fue en un momento dado, nada será hoy, ni por toda la eternidad. ¿Cómo vamos a explicar entonces la innegable realidad de los seres contingentes? Es, pues, absolutamente preciso llegar a un ser necesario, existente por sí mismo y causa de todos los demás.
Para concluir, afirmamos que el argumento expuesto prueba no sólo la necesidad de algo necesario en el mundo, sino de un algo tan sublime que tenga el ser por sí mismo y sea la única fuente de todo ser, perfección absoluta, Acto puro. Y ello es Dios.

-Exposición de la Cuarta Vía:
Fundada también en la observación, o datos ciertos a posteriori, a vista de los grados de perfección existentes en los reinos del ser, arguye y demuestra la necesidad de un Ser absolutamente perfecto. Parte de las graduadas perfecciones del ser observadas en las criaturas, para llegar al Ser esencialmente perfecto en todos los órdenes. Hay en el mundo inmensa variedad de cosas dotadas de más o menos ser, de más o menos vida, de más o menos inteligencia, etc. Por lo mismo que hay aquí esparcidos tan innumerables grados de perfección, debemos llegar al que es soberano ser, soberana vida, soberana inteligencia. Lo que es soberanamente tal en un género, es la causa de todo lo demás del mismo género. Esta causa de todo ser, de toda vida, de toda inteligencia y perfección, necesariamente posee en sí misma todas las perfecciones, la plenitud del ser, es el Acto puro y verdadero Dios. Por los grados imperfectos llega esta prueba a la Perfección esencial, por lo múltiple subordinado sube a la Unidad suprema: y a ello llamamos Dios.

-Exposición de la Quinta Vía:

El orden supone al ordenador, el orden supremo al Ordenador soberano, o lo que es igual, una primera Inteligencia y esencial Sabiduría, distinta del mundo y superior a todo lo demás, a quien adoramos con el nombre de Dios.
También aquí procedemos a posteriori. Este argumento del orden del universo suelen llamarlo cosmológico, como apoyado en la razonada observación del mundo. Veamos en la naturaleza un orden particular, propio de cada ser que tiende a su propio fin, y un orden universal resultante del conjunto, equivalente a la armonía de todas las cosas enderezadas a un supremo fin común. Cada uno de estos dos órdenes evidencia la necesidad de un supremo ordenador, todopoderoso y perfectísimo. ¿Qué podremos pintar y decir que no resulte vacío y pálido ante la milagrosa realidad? En todos y cada uno de los seres podemos admirar el orden universal, que canta, como los cielos, la gloria de Dios, orden dinámico, de causalidad, con que actúan e influyen los unos en los otros, conforme a sus masas y distancias, obedientes a la atracción universal, orden teológico, de finalidad, que subordina al mineral a la planta, la planta al animal, el animal al hombre.

CONCLUSION:

Hemos visto como las cinco pruebas tomistas nos conducen al primer Motor, al primer Agente, al primero y soberano Ser, al primero y supremo Ordenador y Gobernador, Fuente de toda existencia, Bien de todo bien, cuya visión ha de ser un día nuestra suprema felicidad.
Y estas pruebas nos conducen a la comprobación a través de la razón de la existencia de Dios.
Hemos de mirar pues, como doctrina indiscutible, el natural poder de nuestra razón para conocer a Dios, partiendo del conocimiento de las criaturas, elevando con todo rigor lógico nuestra mente de los efectos a la causa necesaria.
Al llegar a este punto del trabajo consideramos estar en condiciones para rebatir dos teorías inaceptables en lo que al conocimiento de Dios hace. La primera de ellas, y volviendo a la introducción de nuestro escrito, tiene que ver con aquellos que sostienen que la existencia de Dios ni siquiera es demostrable por la razón. Igualmente equivocada, y en el otro extremo, se encuentran los que afirman que dicha existencia es evidente y no necesita demostración alguna.
En lo que hace a los primeros, la Iglesia siguiendo el Magisterio de Santo Tomás y los Doctores que la integran, condenan como contrarios a la doctrina católica los siguientes sistemas:
-El agnosticismo, según el cual de modo alguno la existencia de Dios puede ser objeto de la ciencia.
-El inmanentismo, que pretende ser imposible por argumentos externos la demostración de la existencia de Dios, sólo asequible a la íntima experiencia de la conciencia humana.
-El Positivismo y demás sistemas materialistas que encerrados en un mundo de fenómenos sensibles no pueden elevarse a la región de un Dios espiritual.
-El Kantismo, al afirmar que la razón humana nada alcanza más allá de lo fenomenal y que está sujeta a insolubles antinomias con relación a Dios, se ve obligado a concluir que todos nuestros argumentos racionales en pro de la existencia de Dios son ineficaces para demostrar la divina existencia.
En relación a los segundos, los que creen que la presencia Divina es evidente y no necesita demostración; se encuentras los cartesianos y los ontologistas. Sostienen que la idea de lo infinito, innata en nosotros, es infundida por el Infinito y para esto necesariamente debe existir. Los ontologistas ponen énfasis en que conocemos a Dios por visión directa e intuitiva. Al respecto decía Santo Tomás que no todos los hombres conciben a Dios de ese modo; pero aunque así fuera, sólo podrían llegar todos a la siguiente conclusión: Nosotros concebimos que Dios tiene una existencia real, y si hay un Dios, necesariamente existe por sí mismo. Lo que aquí se trata de probar es si el Dios que concebimos dotado de todas las perfecciones y por consiguiente de existencia real, existe fuera de nosotros como existe en nuestra idea.

BIBLIOGRAFIA:
-CAPONNETO, Mario, Santo Tomás de Aquino, aproximación a su pensamiento, Stauros, Paraná, 2017.
-HUGON, Eduardo, Las veinticuatro tesis tomistas, Poblet, Buenos Aires, 1946.

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