Nadie puede discutir su buena formación intelectual. Fernando de la Rúa fue un procesalista de alto nivel, formado en la Universidad de Córdoba y calificado con las mejores notas. Su respeto por el estado de derecho quedó consagrado durante su presidencia y luego de su caída.

Nadie puede discutir su honestidad personal. Toda su carrera política fue transparente y quienes lo conocieron o trabajaron con él, saben perfectamente la dimensión de su nivel ético.

En el plano estrictamente político, su aparición en el primer nivel se produjo a partir de la elección a Senador Nacional por la Capital Federal que ganó en 1973 cuando el peronismo arrasaba en todo el país. A partir de ahí, inició una carrera exitosa que lo tuvo como dirigente cuasi invicto en las muchas elecciones que protagonizó.

Fue un excelente legislador, durante su prolongada trayectoria por el Senado Nacional y por la Cámara de Diputados, que incluyó la presidencia de ambos bloques radicales. Fue un buen Jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires, acompañado por un equipo distinguido que integraban Enrique Olivera y Eduardo Delle Ville, entre otros funcionarios de primera categoría.

Por todo eso, estaba más que calificado para ser candidato a Presidente de la República: se había preparado durante toda su vida para esa tarea. La formación de la Alianza lo llevó a compartir la fórmula con Chacho Álvarez y esa sociedad fracasó por la intención especulativa y el sentimiento de superioridad del Vicepresidente, que equivocadamente utilizó la vía de la renuncia pensando en jerarquizarse, cuando en realidad lo único que logró fue debilitar al gobierno.

Su némesis fue el estallido de la convertibilidad. Ese modelo monetario requería que el Banco Central atesorase una cantidad de dólares equivalente al total de la circulación monetaria en pesos. En un estado deficitario, siempre había que emitir pesos para cubrir el déficit y por lo tanto, siempre era necesario conseguir dólares para saldar el equivalente de esa emisión. Primero fueron las privatizaciones y luego el endeudamiento para cumplir ese requisito. Pero cuando Fernando de la Rúa llegó al poder, la capacidad de endeudamiento estaba colmada y en poco tiempo, los mercados dejaron de prestar.

Allí estalló la convertibilidad. De la Rúa no fue el autor de ese modelo, pero pagó las consecuencias, acompañado por un partido que se comprometió a mantener ese sistema monetario porque quería ganar las elecciones y la gente reclamaba mantener la convertibilidad. Ahí está la lección que debemos aprender: a veces, lo que sirve para ganar no sirve para gobernar.

Su caída puso en evidencia la identificación de De la Rúa con el estado de derecho y con el interés nacional. En primer lugar, porque se sometió al procesamiento penal al que fue sometido por la presunta coima a seis senadores justicialista. Demostró su coherencia cuando se sometió disciplinadamente al proceso judicial hasta su absolución, sin mencionar siquiera la excusa de ser un procesado por razones políticas.

En segundo lugar, después de su caída mantuvo un silencio destinado a evitar la profundización de los conflictos. Nunca demostró resentimiento, revanchismo o rencor.

Esas condiciones morales demuestran que fue un presidente infortunado, pero un patriota leal.

Por Juan Manuel Casella – Dirigente radical. Ex ministro de Trabajo del gobierno de Raúl Alfonsín. Ex diputado nacional.

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