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En la cárcel de la corrección política. Por Adriana Lorusso

Ya lo decía el filósofo del lenguaje John Austin en su famoso ensayo “Cómo hacer cosas con palabras”: lo que decimos crea la realidad. El lenguaje no sólo señala desde otra materialidad al mundo, sino que es acción que genera cosas y situaciones concretas.

Por lo tanto, lejos está de nuestra intención negar que a través de la lengua se pueden ejercer acciones tan condenables como discriminar, hacer bullying, acusar falsamente, desaparramar noticias falsas, acosar a los debiles y otras canalladas por el estilo.

Pero cuando la sanción de estas acciones verbales recriminables adquiere una importancia desmedida en función del acto que la provocó, estamos en problemas. Aquí va un ejemplo sucedido en estos días:

Jorge Lanata, en su programa de televisión del domingo, hizo un chiste a propósito del aspecto de Carla Vizzotti, la funcionaria que todos los días da el parte de contagiados por Covid-19. La broma no fue feliz y no le cayó bien a nadie. Sobre todo porque la funcionaria ha hecho un trabajo eficaz y serio que se ganó el respeto de la mayoría. Hasta puede admitirse cierto eco misógino en las frases que usó el periodista (aunque también se burló del pelo largo del ministro de salud porteño, Fernán Quirós). Pero de ahí a transformar esta mínima cuestión en un tema nacional, a escribir páginas y páginas sobre una broma de un minuto y a magnificar una pavada al infinito hay un largo y preocupante trecho.

¿Vale la pena dedicar tanta energía a una broma de mal gusto? Porque, mientras Vizzotti se transformaba en víctima nacional, el femicidio de cada día era apenas mencionado por muchos voceros de la corrección política.

¿A quién le hacemos el juego cuando en lugar de reclamar el atraso en el pago del ATP o la prohibición de abrir un comercio que alimenta a una familia, nos dedicamos a destrozar a Lanata (que además ha hecho cosas mucho peores que esta?

Más allá de la respuesta que le demos a estas preguntas, lo real es que el campo de la palabra pública se está transformando en un prisión agobiante, y el club de amigos de las redes sociales ha asumido la forma de un tribunal inquisitorio, donde cualquiera resulta condenado por cualquier cosa que diga y por jueces que nadie eligió.

El respeto y la no violencia son valores supremos. Pero la libertad también. Aunque nos pese cuando la ejercen los que no están de acuerdo con nosotros.

Adriana Lorusso, Editora y columnista de Radio Perfil
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