24 de marzo de 1976. Golpe y contexto

Por Ariel Magirena

Los días previos al golpe el clima social lo anunciaba. Los sediciosos habían realizado una ronda de consulta con los partidos políticos en busca de consenso. El líder de la UCR, Ricardo Balbin, había sido elocuente: «no tenemos soluciones que ofrecer. Lo que haya que hacer que se haga ya». El intransigente Oscar Alende denunció, la noche del 23, contra lo que sucedería un día después. La derecha económica mundial presionaba sobre la Argentina y la presidente Isabel (primera mujer elegida en el mundo para ejercer la máxima investidura de una república) había habilitado recientemente el ajuste dispuesto por el Ministro Celestino Rodrigo que encontró resistencia activa del Movimiento Obrero Organizado.

Pero el pecado de Isabel no había sido ese. La presidente había continuado el proceso de nacionalizaciones iniciado por Perón estatizando los depósitos bancarios y el crédito, los medios de comunicación audiovisual y la totalidad del comercio petrolero y de energía; desbancado a Rodrigo y puesto en fuga a López Rega -escuchando el reclamo de los sindicatos- y dispuesto el adelanto de las elecciones generales, a la mitad del mandato constitucional, para el año ’76.

El horizonte perfilaba, entonces, el triunfo del Frente Justicialista, sin Rodrigo, sin López Rega, sin Isabel y ( lógicamente) sin los sectores del peronismo en clandestinidad. Este futuro inevitable, indeseado por el imperialismo y la clase política argentina, apuró la decisión.

En la noche misma del golpe hubo 8.000 operativos en todo el país, con secuestros y muerte. Entre los argumentos destacaban la deuda externa (cercana a 5.000 millones de Dólares), el accionar de grupos terroristas de izquierda y el de la triple A (dictando sobre López Rega orden de captura internacional).

En su «Carta Abierta» de 1977, Rodolfo Walsh denuncia que «la triple A son hoy las tres armas» y desnuda la construcción de los pretextos que justificaron el golpe. En los 7 años y medio siguientes los desaparecidos alcanzarían la cifra de 30.000, los muertos reconocidos cerca de 15.000 y 500 bebés secuestrados o nacidos en campos de tortura y exterminio.

El plan estuvo consumado cuando el Departamento de Estado de EE.UU. consideró aniquilado al peronismo, que llegó a la reinstitucionalización de 1983 con sus cuadros muertos, desaparecidos, presos, clandestinos o en exilio. Dio entonces por cerrado el capítulo de los golpes militares construyendo el reemplazo paulatino de la política por el marketing, con lo que consiguió el avance y los triunfos neoliberales por vía electoral en la región.

Por eso hoy «nunca más» no puede remitir a los golpes militares sino a los intereses que los produjeron y que financian hoy la destrucción de todo vestigio de populismo capitalista o de nacionalismo «light».

El gobierno antipopular de Mauricio Macri y el de su continuador, Alberto Fernández, representan la vigencia blindada de la contradicción que señaló la «grieta» que rige en más de dos siglos desde que nos soñamos Estado Nación. La contradicción sigue siendo Patria o colonia.

«Seamos libres, lo demás no importa nada» (José de San Martín)