Bolsonaro y la estrategia de la violencia

Por Mariano Yakimavicius, licenciado y profesor en Ciencias Políticas

 

 

El presidente brasileño inició su campaña electoral en busca de una reelección que se le torna cada vez más esquiva.

Brasil es un país grande y siempre ha sido -incluso en sus mejores momentos- desigual y difícil de gobernar. La actuación de Jair Bolsonaro como presidente, no ha hecho más que profundizar esa realidad. Quien se consagre ganador en los comicios del 2 de octubre -o en la segunda vuelta prevista para el 30 del mismo mes en el caso de que nadie alcance el 50 por ciento de los sufragios- sabe que se enfrenta a un desafío enorme, en un momento caracterizado por una polarización que no solamente afecta a Brasil sino también a la región y al mundo.

En este contexto, Bolsonaro lanzó su candidatura presidencial el último domingo utilizando ocasionalmente al Partido Liberal como escudería política. Será acompañado por Walter Souza Braga Netto, un general del ejército que desde febrero de 2020 es el jefe de Gabinete de la presidencia. Algunos lo consideran simplemente como alguien leal a Bolsonaro. Otros, directamente lo ven como quien gobierna de hecho. Sin dudas, el suyo es el segundo cargo con mayor poder en el país.

¿En qué consistirá la campaña electoral de Bolsonaro y Braga Netto? Simple: reparto de ayuda social para intentar disputar votos directamente a Luiz Inacio Lula Da Silva entre la población más vulnerable; profundización de la polarización para radicalizar a los votantes y forzarlos a elegir solamente entre él y Lula; y cuestionamiento al sistema electoral para que, en el caso de una derrota, que está prácticamente asegurada, pueda mancillar la legitimidad del presidente electo y, eventualmente, evitar la entrega del gobierno.

Violencia

Hace pocos días un miembro del Partido de los Trabajadores (PT), fue asesinado por un simpatizante de Bolsonaro. Testigos afirman que, antes de cometer el crimen, gritó “aquí es Bolsonaro”. Si bien no puede decirse que el presidente sea instigador directo de acciones individuales como esa, sí es cierto que la retórica violenta de la dirigencia habilita el ejercicio de la violencia política por parte de las bases. En la actualidad, puede apreciarse que, si bien se esperaría que en una democracia se produjera una condena inequívoca de los comportamientos violentos, muchas veces sucede lo contrario.

Al nivel de violencia ya existente en la sociedad y a la legendaria violencia política que padece históricamente Brasil, durante el actual gobierno se agregó el incremento de la violencia paramilitar, de la institucional y un considerable aumento del acceso de la población a las armas.

Cabe destacar que desde que llegó a la presidencia, Bolsonaro alentó la necesidad de portar armas de fuego para defenderse de la criminalidad y durante su gobierno el número de registros en manos de civiles aumentó un 241 por ciento, en virtud de la flexibilización que otorgó a las medidas para acceder a este tipo de artefactos.

Respecto de la violencia paramilitar, distintos informes revelan que esos grupos controlan casi un cuarto del territorio de una ciudad tan emblemática como Río de Janeiro. La violencia institucional no se queda atrás: la policía de esa ciudad es señalada como una “máquina de matar”. En la región metropolitana de Río, un tercio del total de las muertes es cometido por la policía. En el Estado de Río, un cuarto de las muertes es cometido por la policía. Los parámetros internacionales indican que, si la policía comete más del 10 por ciento de las muertes, hay un claro indicio de abuso en el uso de la fuerza. La región metropolitana alcanza casi tres veces ese valor.

El modelo Trump

Los últimos sondeos de opinión realizados por Datafolha son contundentes y señalan que la intención de voto por Lula ronda el 47 por ciento, mientras la de Bolsonaro está en torno al 28. Eso acerca significativamente al expresidente a una victoria en primera vuelta y prácticamente la asegura en un eventual balotaje. A eso se le agrega la imagen negativa de uno y otro candidato. El sondeo revela que el 35 por ciento de las personas consultadas no votaría por Lula, pero ese porcentaje trepa hasta 55 en el caso de Bolsonaro. Tal como está planteado el escenario, las posibilidades de que Bolsonaro retenga la presidencia quedan circunscriptas al ámbito de lo milagroso.

Consciente de ello, Bolsonaro trata de encontrar una justificación para revertir de alguna manera los resultados o incluso de interrumpir el proceso de elección presidencial. Puntualmente, su afán está puesto -emulando a Donald Trump- en desacreditar el sistema electoral. En una reunión informativa sin precedentes realizada en el palacio presidencial con representantes diplomáticos de aproximadamente 40 países, Bolsonaro arremetió contra la seguridad del sistema electoral y atacó a los ministros del Supremo Tribunal Federal (STF).

El sistema electoral se utiliza desde 1996 sin evidencia de irregularidades. Sin embargo, el presidente dijo a los diplomáticos que debería convocarse al ejército brasileño para garantizar la transparencia en las elecciones del 2 de octubre. Bolsonaro presiona a las autoridades electorales para que acepten un conteo de votos paralelo a cargo de las fuerzas armadas, que por ahora se han mostrado reticentes y descartan cualquier intervención. Son varias las ocasiones en las que el presidente sostuvo, sin ofrecer pruebas, que hubo fraude en las elecciones de 2014 y en la de 2018, cuando alega que habría sido electo en primera vuelta.

Puede conjeturarse que, si continúa emulando a Trump, Bolsonaro intente desconocer un resultado adverso primero, y hasta aventurarse a ensayar alguna forma de ruptura institucional después. Para quienes piensen que ese escenario es delirante y, más allá de que las instituciones democráticas brasileñas parecen gozar de buena salud, hay que recordarles el copamiento del Capitolio de los Estados Unidos por una turba que ahora se sabe- el propio Trump quiso conducir en persona. Algo impensado hasta que finalmente sucedió.

Futuros posibles

A pesar de lo que implica que la presidencia se encuentre en poder de una figura abiertamente autoritaria, la democracia brasileña sobrevive. Si bien existen riesgos, el congreso, los gobiernos estatales y municipales, el Poder Judicial -especialmente el Supremo Tribunal Federal-, desempeñaron un papel clave para defender el sistema democrático y contener a Bolsonaro frente a sus peores impulsos.

Ante la casi asegurada derrota del presidente en las elecciones, pueden vislumbrarse, a grandes rasgos, tres posibilidades. La primera sería que Bolsonaro entregara el mando tranquilamente, sin dudas lo más democrático y aconsejable. La segunda, lo encontraría imitando nuevamente a Trump e intentando esmerilar la legitimidad del nuevo gobierno hasta último momento para dejar un manto de sospecha acerca del resultado electoral que no haría más que exacerbar aún más los ánimos fanatizados, hipotecando convivencia social con el objetivo de volver al poder lo más rápidamente posible. La tercera, improbable pero no imposible, consistiría en retener en el poder de una manera antidemocrática, utilizando a los militares para sostenerse.

También hay que tener en cuenta que un Lula victorioso encontrará un país diferente al que había cuando accedió al poder por primera vez, hace ya 20 años. El expresidente enfrentaría una fuerte oposición y no debe suponerse que las elecciones traerán consigo paz y distensión por sí solas.

Por supuesto que la alternancia es positiva para la democracia, puesto que evita la perpetuación en los cargos y la acumulación de poder. Pero Lula también es -aunque por razones distintas a las de Bolsonaro- un político controversial. El fantasma de la corrupción lo persigue y será el núcleo en torno al cual se aglutinará la oposición a su posible gobierno. Eso sí, su tercer mandato podrá ser bueno, mediocre o pésimo, pero es impensable anticiparlo autoritario. Cabe la esperanza de que sea un puente entre este presente polarizado y violento y un futuro de reencuentro y convivencia.

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