«¡Dejá de trabajar un poco!», pide la familia. «¡Iglesias, a ver si laburás! ¡Agarrá la pala!», le hacen un coro disonante otros, en algún rincón del ciberespacio, más allá. «¡Dejá de boludear en Twitter!», agrega uno, indignado. Por Twitter, claro. «Hace media hora que le pedí eso, diputado —o le aconsejé lo otro, o le pregunté aquello— ¡y todavía no me contestó!», remata alguien por Twitter, también. Probablemente, el primo del anterior. El trabajo de diputado está bien pago pero no es fácil. Uno se siente tironeado por demandas contradictorias, como Tupac Amaru. O como el Gobierno, al que se le pide que baje simultáneamente los impuestos y el déficit, que gaste menos pero no toque las jubilaciones y siga haciendo obras, que corte de golpe los planes sociales pero mantenga el control del Conurbano, y que no intervenga en la Justicia pero meta presa a Cristina. Todo junto y para ayer por la tarde, faltaba más.

Buena parte de tanta confusión se deriva de la escasa formación institucional de la ciudadanía argentina y su desconocimiento acerca de cómo funciona un Parlamento. No siempre hay culpa en esto. Fueron décadas de hegemonía del Partido Populista y el Partido Militar, dos grandes aparatos que han conducido a la decadencia al país, despreciando a los partidos, los parlamentos y el sistema institucional. «Cerremos el Congreso; no sirve para nada. Con un hombre fuerte y un buen Ejecutivo, alcanza y sobra». He allí las ideas que subyacen en ese desprecio, y que ignoran lo evidente: todos los países exitosos tienen parlamentos fuertes, y el nuestro, en cambio, no. Al menos, casi nunca. Ya sea porque lo han cerrado los dictadores o porque lo convirtieron en escribanía los populistas. Increíblemente, muchos que se dicen liberales apoyan hoy estas ideas. Se trata de la versión liberalota del paradigma definitorio del populismo: la idea de un pueblo noble esquilmado y postergado por una elite indigna. En este caso, la clase política. Suena fuerte, pero, ¿es verdad?

Nada cuesta observar que lo que distingue a la clase política argentina de otras clases políticas nacionales es que la nuestra está formada por argentinos. Argentinos que han sido elegidos por otros argentinos. Con lo que la idea del pueblo inocente y sacrosanto que comparten el populismo nacionalista y el populismo liberalote comienza a tambalear. Termina de caerse cuando se consideran otras dirigencias igualmente argentinísimas. ¿Acaso cree, el crítico de la dirigencia política, que otras dirigencias nacionales son mejores? Y en ese caso, ¿cuál? ¿La sindical, cuyo emblema mayor es Hugo Moyano? ¿La deportiva, comandada por el Chiqui Tapia? ¿La empresarial, experta en cartelización de la obra pública y los medicamentos, y en caza en el zoológico, y embarrada hoy por la causa de los cuadernos? Los escucho, muchachos populistas y gladiadores del Excel. ¿Cuál?

Por supuesto, nada de esto implica la absolución de la clase política argentina, ni mucho menos. Pero obliga a distinguir entre quienes saquearon el país y quienes los denunciaron; entre quienes respetan el mecanismo parlamentario y quienes, cuando no tienen los votos, apuestan a las piedras, el levantamiento de las sesiones y el golpe institucional. Entre quienes, semana a semana, convierten a la Cámara en una estudiantina plagada de gigantografías, cartelitos y asaltos de barricada, y quienes intentamos cumplir nuestro trabajo con responsabilidad. Poco ayudan a mejorar las cosas, claro, el uso de expresiones generalizadoras como «los políticos» y «los diputados» y el llamado indiscriminado a escándalo. Todo ese tono condenatorio indiscriminado que tantos comunicadores usan y abusan obstaculiza el único método que la ciudadanía tiene para defenderse: distinguir a justos de pecadores, para votar mejor. Votar mejor. Pacientemente. Año tras año. Sabiendo que nada se arregla de un día para otro pero todo tiene solución si en vez de hacerle el juego al cualunquismo del son-todo-lo-mismo y el que-se-vayan-todos recordamos la principal lección de nuestro pasado reciente. Hoy también, como en 2001, el populismo anárquico trabaja para el populismo organizado; para los que todo lo saquearon y quieren volver al poder para volver a saquear.

Es cierto —repito: es cierto— que nuestra actual clase política no está a la altura de las necesidades y expectativas de buena parte de la población, ni del siglo que transitamos. Lo digo como parte de ella. Me hago cargo. Pero también es cierto que no todos somos lo mismo ni tenemos las mismas responsabilidades en lo que ha sucedido, y que no hay atajos, ni soluciones mágicas, ni remedios antisistema. Los hemos usado demasiadas veces, y así nos ha ido. Votar bien. Votar mejor. Apostar a una depuración de los poderes que no puede ser sino lenta si quiere ser republicana. Quién te dice… Lo que nunca hicimos podría resultar. No hay garantías ni seguridades, excepto la del fracaso de todo lo demás.

Pero hablábamos de Twitter. Hay otra razón para el «¡Dejá de boludear en Twitter!», y es la profunda incomprensión del trabajo de un legislador, habitualmente ligada a la persistencia de una idea jurásica del trabajo (¡Agarrá la pala!) que es bueno analizar. Millones de argentinos parecen creer que el Congreso es una fábrica de salchichas de la cual hay que medir la «productividad». Es una idea absurda de la que se derivan propuestas ridículas, como la de descontarles a quienes no dan quorum; cuando no sugerencias delirantes, como la de los premios por productividad medida en presentación de proyectos de ley.

Pregunto: ¿en qué consiste el progreso? ¿En someter a un diputado a las rutinas del trabajo fabril o de oficina de la era industrial, o más bien en todo lo contrario: en liberar a los argentinos de esos yugos antes de que lo haga, con su modo brusco y excluyente, la inteligencia artificial? Lo señalo porque no hay cosa más fácil que presentar un proyecto de ley en la era de Google, Translate y el copy&paste. Se entra en cualquiera de las doscientas cámaras legislativas de todo el mundo, se toma un proyecto, se lo copia y traduce, se imprime, se firma y ya está. Presentar un proyecto por día es una idiotez que cualquier estudiante entrenado en Rincón del Vago puede cumplimentar. ¿De veras, quieren eso? Además, la visión productivista es obsoleta porque el problema de la legislación argentina no es que falten leyes, sino que son demasiadas, poco coordinadas y, en muchos casos, de baja calidad. Para mejorarlas no se necesita el stajanovismo stalinista que recomiendan algunos desde su supuesto liberalismo, sino una correcta visión del mundo, un buen asesoramiento técnico y consensos políticos necesarios para hacer avanzar proyectos en las comisiones.

Cada diputado es miembro de varias (debo tener el récord: 11), y hay que seguir no solo los propios proyectos sino los de los demás, para estar informado, votar bien y poder opinar con propiedad. Es un trabajo inmenso y oscuro que, por supuesto, no todos hacen, ni todos hacen bien. Pero eso es lo que sucede en todo lugar de trabajo y en todo parlamento, y la única manera de mejorar su calidad es seleccionar mejor nuestros representantes a través del voto. Tampoco aquí hay atajos. Los representantes que tenemos son los que el pueblo argentino eligió. Tenemos que transformar en una fortaleza esa debilidad.

Pero veamos lo que hicieron los diputados desde 2015. Aprobación de la salida del default. Mejora de los procedimientos en delitos flagrantes. Reparación histórica para jubilados y pensionados. Incorporación de la figura del arrepentido al Código Penal. Extinción de dominio. Régimen de fomento de la pequeña y mediana empresa. Obligatoriedad de los 190 días de ciclo lectivo. Reforma electoral. Régimen de obras público-privado (PPP). Obligatoriedad, desde los tres años, de la educación inicial. Gratuidad de los servicios eléctricos para electro-dependientes. Obligatoriedad de los debates presidenciales. Responsabilidad penal de las empresas en delitos contra la administración pública y soborno transnacional. Desafuero de Julio de Vido. Régimen de defensa de la competencia. Ley de financiamiento productivo. Paridad de género en la representación política. Penalización de la difusión no consentida de imágenes de contenido sexual. Modificación del índice de movilidad jubilatoria. Reforma tributaria. Consenso fiscal federal. Regularización dominial de asentamientos y villas. Simplificación y desburocratización del Estado. Interrupción voluntaria del embarazo. Ley Justina (donación de órganos). Son solo algunos de los proyectos aprobados por la Cámara de Diputados durante este gobierno, en tres años. En un país escindido por una grieta y con un oficialismo en minoría. Algunos fueron aprobados por el Senado, y ya son ley. Otros, no. Se podrá estar en desacuerdo con algunos, muchos o todos ellos, pero decir que la Cámara no trabaja es faltar a la verdad.

Peor aún: pensar que la legislación mejoraría si los diputados nos encerráramos con nosotros mismos diez horas por día a pensar nuevos proyectos es un completo disparate. Seguir estudiando, acumular información, estar en contacto con todos los sectores y escuchar ideas y reclamos de los ciudadanos: son partes tan importantes del trabajo como todo lo demás. Para eso sirve también «boludear en Twitter», uno de los mejores instrumentos para encontrar y filtrar información, y para contactarse con decenas de miles de personas. Y para recibir sugerencias, enviar mensajes y hacer conocer posiciones políticas y proyectos parlamentarios. No conozco mejor manera de encontrar buena información y opiniones interesantes en el caótico mar de internet que seguir a personas que respeto y ver cuáles lecturas recomiendan, qué opinan y qué postean. No conozco mejor manera de recibir críticas y sugerencias ni de enviar mensajes a miles de ciudadanos que un medio que me comunica con 271 mil seguidores. Instantáneamente. Las 24 horas del día.

De manera que la frase «Iglesias, largá el Twitter. Laburá» sirve solo para demostrar las limitaciones de quien la enuncia. Si quieren saber cuándo estoy trabajando (aún en la versión reducida de «estar preparando un proyecto de ley»), la regla es exactamente la contraria: si estoy «boludeando» en Twitter, es porque estoy frente a la computadora. Casi seguramente, buscando información, trabajando en proyectos o escribiendo artículos. A ustedes, chiques, mis detractores, los atiendo en las pausas, rápidamente; sin despeinarme sin necesidad. Y a ustedes, muchachos productivistas, les digo: es al revés. Es al revés porque el trabajo con una pala agrega poco valor a la economía y está siendo reemplazado por máquinas y robots. Y porque el trabajo intelectual repetitivo está siendo sustituido por la inteligencia artificial y sus algoritmos. En pocas décadas, el principal trabajo que nos quedará a los humanos será el de relacionarnos con otros humanos, comunicarnos con ellos, compartir información y tomar buenas decisiones con base en todo eso. Se parece bastante al trabajo de un diputado, ¿no es verdad?

«Es el Twitter, estúpido» sería, además, el título de un gran libro. Significativamente, mientras escribía mi trilogía sobre el populismo recibí las mismas recomendaciones que ahora. «Largá Twitter y escribí libros, Iglesias. ¡Sé serio!». En este gran país en el que los taxistas te tiran la idea de la «propuesta superadora» para avisarte que van a agarrar por Avenida del Libertador a nadie parece ocurrírsele que el mecanismo de discusión de Twitter se parece bastante a la dialéctica hegeliana. Uno enuncia una idea y muchos otros la critican, obligando al autor a fundamentarla mejor, a cambiarla o a desecharla. Tesis, antítesis, síntesis; según la teoría cognitiva de aquel talentoso embaucador. Tampoco se le ocurrió a nadie, que yo sepa, entre los varios que alaban mi capacidad de manejarme en programas de TV imposibles donde todos gritan encima de todos y hay pocos segundos para enunciar, que acaso esa hipotética habilidad mía tenga algo que ver con Twitter; una herramienta que te pone en contacto con las opiniones más diversas y disparatadas y te obliga a contestarlas con concisión y brevedad.

De manera que no. No pienso largar Twitter. Pienso seguir usándolo como lo que es: un excelente medio de comunicación interactivo, tendencialmente democratizante, y a la altura del globalizado e hiperconectado siglo XXI. Y por lo tanto, inentendible para quienes razonan con las categorías del siglo nacional-industrial que ya pasó. Un instrumento extraordinario, formidable, para hacer el trabajo que debe hacer un diputado, que no es solamente el de redactar buenas leyes y votar bien en el recinto, sino también el de representar lo mejor que puede a sus votantes, comunicarse con ellos y con todos los ciudadanos lo más directamente que le sea posible para tomar las mejores decisiones; esas que afectan las vidas de millones. Bien o mal, es lo que intento hacer.

Y cierro insistiendo en el concepto de toma de decisiones. Un elemento cada vez más decisivo en cualquier organización social pero altamente subestimado cuando se habla de la clase política a pesar de que es, a todas luces, su función primordial. Algo tan raro como que los mismos que se ganan la vida trabajando de consultores de empresas privadas para ayudarlas a tomar las decisiones correctas parecen creer que basta un buen presidente y un pequeño núcleo de ministros iluminados para manejarlo todo en un país. Como si la complejidad de la tarea de dirección de una empresa ameritara enormes gastos en asesoramientos y consultoras, pero el manejo de una nación sumergida en casi un siglo de decadencia y zamarreada por un contexto internacional cada día más complicado, no.

*Diputado nacional (Cambiemos). Nota para Infobae

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