El desprecio a la tauromaquía se ha convertido en una de las nuevas banderas de los hijos de la «New Age» y de los modernos. Bajo un disfraz de falsa compasión se esconde un odio y una incomprensión no sólo de la esencia de España y la Hispanidad o de la esencia de Occidente, sino de la civilización humana en su aspecto más primitivo. Este desprecio es también un rechazo a las enseñanzas de nuestros ancestros y de nuestra cultura. El toro ha sido parte fundamental del nacimiento de múltiples civilizaciones, desde la babilónica hasta la griega que, a su vez, dió origen a la nuestra. Este animal es por excelencia el representante del espíritu mediterráneo desde las llanuras de Castilla hasta la cuenca del Éufrates. Los egipcios adoraban al Toro Sagrado, alegoría de la fertilidad. En la primera epopeya de la historia — mucho más antigua incluso que la célebre «Odisea» de Homero —, Gilgamesh, el héroe mesopotámico, toma por las astas al Toro del Cielo (lo que hoy conocemos como la constelación de Tauro), dandole muerte y así naciendo la civilización acadia-babilónica. Prendado de Europa, una joven fenicia, Zeus se hace pasar por un toro blanco que secuestra a la muchacha dando origen al continente europeo. En el mito griego del período minoico, Teseo derrota al Minotauro atrapado en el laberinto, liberando a la civilización griega del yugo cretense. Bacco, dios romano de las fiestas y el vino, estaba representado con un toro. Incluso los nativos americanos encontraban al buey como un signo de fuerza y fertilidad. El emblema taurino está profundamente arraigado en el génesis de las civilizaciones.
Sin embargo, todas estas historias tienen algo en común; el toro es una representación de una pasión desenfrenada e indomable, es el blasón de la pasión humana por antonomasia. En el relato de Gilgamesh, el Toro del Cielo es enviado por la diosa Ishtar para matar al acadio luego de que este rechazara sus insinuaciones sexuales. Zeus secuestra a Europa para satisfacer su propio deseo. El Minotauro es fruto de una relación adúltera y parafílica entre Parsífae, esposa del rey Minos, y un toro blanco. Los canaanitas adoraban a su ídolo antropófago, Baal Moloch (mitad hombre-mitad toro), con grandes orgías y sacrificios de niños recién nacidos. Bacco, el dios romano, también era conocido por sus impulsos irrefrenables y de manera similar, el toro siempre ha estado emparentado con la sexualidad y la pasión abestiada y por eso sus connotaciones metafísicas son innegables. Aquí podemos observar un patrón: cada vez que el hombre domina al toro, una civilización nace, cuando el toro domina al hombre, la civilización sucumbe y el hombre se rebaja a ser menos que una bestia dando rienda suelta a las más aberrantes salvajadas.
En «La Ciudad de Dios», San Agustín es el primero en racionalizar este concepto con su famosa expresión «Libido Dominandi» que formuló para describir la decadencia del Imperio Romano que había sucumbido a sus más bajas pasiones. Allí continúa: «Un hombre bueno, aunque sea esclavo, es libre; pero un hombre malo, aunque sea un rey, es un esclavo, porque sirve, no a un solo hombre, sino, lo que es peor, a tantos amos como vicios tiene». Por eso, no es casualidad que esta época llena de libertinos sexuales, sólo comparable como aquella que vio Roma cincuenta años antes de su ruina total, clame a gritos el fin de la tauromaquía. Esta falsa benevolencia es en realidad un culto al toro enmascarado de compasión. Tampoco es coincidencia que la gran mayoría de aquellos que atentan contra este noble arte no vean ninguna contradicción entre sus ideas vegetarianas y su promoción y defensa del aborto. He ahí la relación de la cultura posmoderna, el libertinaje sexual, la exaltación del aborto como derecho y la falsa benevolencia para con el toro. Es una vuelta a la cultura canaanita. No es progreso, es retroceso. No es civilización, sino por el contrario, salvajismo. Ellos no defienden al toro porque le quieran o le tengan compasión, le defienden porque el toro es metáfora de su propio desenfreno. Cualquiera que haya visitado una universidad conoce a la perfección la íntima relación existente entre feminismo, aborto, veganismo y/o animalismo (particularmente entre aquellos individuos del sexo débil pero ese es tema para otra ocasión).
La tauromaquía se presenta así como antítesis de la decadencia, como la doma de las pasiones. El hombre se enfrenta al toro no como un enemigo, sino como un par que, si no tiene el debido cuidado, puede dominarle y causarle la muerte. Es una batalla de la razón contra la pasión. El hombre contra la bestia. El Logos contra el anti-Logos. Y aquí también su relación con la Cristiandad, Cristo el Logos encarnado viene a derrotar el pecado del hombre y este al aceptar a Cristo como su Salvador también acepta al Logos. Uno no se rinde ante sus pasiones sino que las enfrenta con el respeto que uno le debe a un enemigo que puede ser mortal, a un enemigo que tiene un poder sobre nosotros que no podemos comprender porque es irracional. Es por eso que este arte de Reyes está bajo asedio desde hace unas décadas, los enemigos de la civilización, del orden y que buscan subvertirlo con ideologías ajenas al interés humano. Los grandes medios alimentan el sentimiento antitaurino y las celebridades se cuelgan las mortajas de la falsa piedad. No es ningún secreto tampoco la amistosa relación que los miembros de estas élites guardan con dsitintos cultos paganos-satánicos y que el toro, entonces, es objeto de adoración para estos individuos nefastos. El Nuevo Orden Mundial (o desorden, mejor dicho) y sus lacayos pretenden destruir a la civilización Occidental desde sus cimientos y sus expresiones más primitivas. El toreo es la máxima expresión de Hispanidad y lo último que queda de la gloria de Occidente. Como dijo José Ortega y Gasset: «Afirmo de la manera más taxativa que no puede comprender bien la Historia de España, desde 1650 hasta hoy, quien no se haya cimentado con rigorosa construcción la historia de las corridas de toros en el sentido estricto del término, no de la fiesta de toros que, más o menos vagamente, ha existido en la Península desde hace tres milenios, sino lo que nosotros actualmente llamamos con ese nombre. La historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que, de otro modo, no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo durante esos siglos, estructura social que es, en muy importantes órdenes, estrictamente inversa de la normal en las otras naciones de Europa.»

Allí donde existe una arena, la civilización se levanta al grito de «¡Olé!» y el hombre vence al toro una vez más. Que Dios reparta suerte y ¡Viva la Fiesta Brava!

 

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