Autor: Mariano Gabriel Pérez-Tinnirello

En la obra “Las dos ciudades”, san Agustín de Hipona decía que:
“Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la ciudad terrena el amor de sí hasta
el desprecio de Dios, y la ciudad celeste el amor de Dios hasta el desprecio de sí
mismo”.
En e
Hasta la escasa vegetación que podemos encontrar en el centro de la urbe, parece
subyugarse sumisamente a un patrón humano que la ordena en la ciudad y la dispone
como piezas de ajedrez, manipulandola y la recortandola como papirola según su
beneplácito. Todo ha sido manejado, construido, plantado milimétricamente por la mano
del hombre, a tal grado que no podemos ver otra mano en lo que nos rodea, que la del
hombre.
La Ciudad del Hombre, “la Ciudad Terrena” que llamaba san Agustín, se yergue
soberbia, omnipotente, omnipresente, omnifuncional, como una aceitada maquinaria
dispuesta a seguir creciendo indeterminadamente frente al hombre que vive inmerso en
ella, absorbido por ella, impidiéndole por todos los medios posibles poder contemplar más
allá de sus paredes de cemento. La mano humana la ha construido toda ladrillo por ladrillo,
la Babilonia prostituta, la torre de Babel, cuyo príncipe es el Príncipe de este Mundo, vuelve
a erguirse para decirle al hombre contemplador: “tú no podrás”.
La Ciudad Terrena busca siempre que los hombres estén inmersos en sus
ocupaciones, en sus diversiones, en lo posible, toda la vida, y así olvidar lo profundo, lo
importante y trascendental. Su aplanadora sensorial busca achatar las perspectivas de la
vida, mostrando que solo hay un horizonte: el terreno, y así ocultar con sus variadas
artimañas, que también hay un horizonte vertical, si se me permite la paradoja.
Pero aún, al contemplador, al hombre que ama y que busca al Amor, que desea vivir
en la Ciudad Celeste, la Patria Celestial, cuando se le presenta el combate frente la Ciudad
Terrena, puede encontrar la gracia de cobijarse en el candor de un sencillo San Ireneo de
Arnoise interior, le queda ese vestigio que todavía el conglomerado de cemento no le
puede quitar. Aunque la urbe, con sus fulgurantes luces ha podido tapar gran parte de las
estrellas, aún quedan los cielos para poder escalar al cenit y divisar el vestigio de Dios.
Y luego de estas reflexiones, a modo retórico, podría hacerme unas preguntas,
¿serán estas cosas por las cuales las grandes ciudades se han transformando en la
acumulación legalista y legislativa de vicios y desórdenes inimaginables antaño? ¿El
alejamiento del hombre de Dios nos ha llevado a la construcción de estas grandes ciudades
o fueron las grandes ciudades que alejaron también al hombre de la mirada trascendente?
Tal es el encierro del hombre entre las paredes de la gran ciudad, que ha prodigado
una considerable cantidad de lunáticos, esos lunáticos que G. K. Chesterton describía como
aquél que se había encerrado entre las cuatro paredes de la caja de cartón de su pequeño
universo, pintando el cielo y las estrellas en el techo.
Y recuerdo que, con ciertos dejos de melancolía, recordaba el Papa León XIII en
“Inmortale Dei” que “hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los
Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina
habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose
en todas las clases y relaciones de la sociedad.”
Dentro de los defectos humanos, en aquellos tiempos, reinaba la armonía que
produce la vida de una profunda cosmovisión cristiana. La época dónde la verdad era la
Verdad, dónde el sentido común y la cordura reinaba en las leyes. El contraste entre las dos
ciudades es contundente. No pueden convivir juntas, son inconciliables y siempre estarán
en constante pugna.

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