Milei vs Cristina sobre el tamaño del estado|Por Rómulo Fogwill

Las discusiones teóricas de la política argentina acerca del papel y/o tamaño del estado, sintetizadas en las figuras de Javier Milei, por un lado, y Cristina Fernández de Kirchner, por el otro, interesan a académicos y profesores, pero también al pueblo.

El gran mérito de Milei, a pesar de su extravagante personalidad, ha sido incorporar la batería de conceptos liberales a la opinión pública de una forma que todo el mundo pueda entenderlo. Cuando Milei dice “la casta”, por ejemplo, la sociedad argentina entiende a qué se refiere; cuando el diputado liberal habla de reducir la casta, la sociedad, hastiada de la política convencional, entiende que apunta a reducir el gasto de una clase política que vive desde hace años del estado. El relativo éxito político y mediático del legislador libertario se funda en ese sector de la población, por lo general joven, por lo general un poco ingenuo, que quiere “que se vayan todos”.

A Cristina Fernández de Kirchner se la ha visto entrenar su esgrima teórica contras las ideas liberales, pero en defensa del papel protagónico del estado, en varios de sus últimos discursos públicos. Elige como interlocutores a personajes liberales menos extravagantes, como Carlos Melconian, con quien incluso se reunió a finales de junio. Quizás Cristina calcula que en una eventual elección presidencial, su coalición de gobierno, con ella a la cabeza o no, tiene más chances de ganar contra los liberales que contra la coalición de Juntos por el Cambio, con Mauricio Macri a la cabeza o no, ante quienes ya perdió una vez.

Quizás Cristina se entretiene en su esgrima teórica contra los liberales porque no está formalmente al frente del gobierno, aunque algunos dirigentes opositores, como Elisa Carrió, por ejemplo, consideran que el ejecutivo de Alberto Fernández fue “finalmente volteado” con la salida del Martín Guzmán, el ex ministro de economía.

La nueva ministra de economía, Silvina Batakis, ha salido al ruedo público con definiciones tranquilizadoras para el mercado y para el propio Alberto Fernández, prometiendo que no desmontará el acuerdo con el FMI ni el modelo económico que dejó el defenestrado Guzmán en marcha. Ha dicho, por ejemplo, que respetará el cronograma de emisión monetaria establecido por Guzmán en su acuerdo con el FMI, a fin de reducir la asistencia del Banco Central al Tesoro, y tratar de contener la aceleración inflacionaria, eterno problema de la economía argentina.
En su idea para garantizar el equilibrio fiscal, Batakis ha definido en sus filminas que “la clave es la reorientación de la política de gasto público respetando las proyecciones reales de caja, donde el enfoque y esfuerzo sean orientados al apoyo de la matriz productiva buscando el crecimiento de la economía a través de la generación de empleo y aumento de las exportaciones”. Al menos en la teoría, las ideas radicales de Javier Milei apuntan a reducir el estado a un mínimo. Las ideas de Cristina, por el contrario, apuntan expandir el estado, o al menos a mantener su papel preponderante.

Al menos en teoría, un estado demasiado grande, que consuma un porcentaje demasiado elevado del PBI, aumenta los incentivos para acceder al poder político, es decir, intensifica la lucha política y genera la llamada “grieta” entre “la casta”, a los que los votantes de Javier Milei quieren echar. Pero un estado demasiado chico, como el que pretende el libertario, puede desincentivar la política a tal punto que podría desencadenar una desbandada política y, en definitiva, una crisis de gobernabilidad.