El COVID-19 marcará un momento histórico de transformación del capitalismo: aceleradamente estamos pasando del modelo Detroit al modelo Silicon Valley, tal como los denominó el politólogo español Carles Boix. El año 2020 quedará en la historia como el final de la transición hacia la intangibilidad de los datos, la inteligencia artificial y la volatilidad de la economía mundial.

Si bien aún estamos atravesando el torbellino, pareciera quedar claro que son las primeras potencias las que seguirán liderando el escenario global. Sin embargo, asistiremos a un mundo en el que se repensarán las alianzas estratégicas; en el que los que poseen más tecnología pilotearán mejor sus crisis; y en el que las grandes empresas se concentrarán cada vez más en detrimento de las pequeñas.

Frente a ello, nuestro país queda nuevamente al descubierto en muchísimos problemas estructurales que venimos arrastrando desde hace algunas décadas, los cuales se ven profundizados de forma extrema por la emergencia actual.

Será indispensable redefinir con quiénes realizaremos nuestras estrategias bilaterales, entendiendo que no es tan malo aliarse con las multinacionales para llevar una mejor gobernanza y apuntalar el desarrollo y el crecimiento del país.

Pero no solo eso: también debemos repensar el perfil de país que queremos, para lo cual resulta de suma importancia que el Estado establezca prioridades en el ámbito educativo.

En estos días, hemos discutido esta cuestión en el Senado con respecto al proyecto de becas de promoción para carreras estratégicas. Estoy convencida de que la problemática en torno a la oferta educativa debe acompañar toda la trayectoria escolar de nuestros jóvenes, desde el nivel inicial hasta el terciario o universitario. Y las becas deben ser el último eslabón en este acompañamiento, nunca el primero, para que no se transformen en un sistema de incentivos netamente monetarios.

¿A qué me refiero con acompañar todo el recorrido educativo? No vamos a tener un adulto emprendedor o cooperativista -salvo raras excepciones-, si no lo hemos formado desde pequeño. Por ejemplo, en mi provincia, La Rioja, habiendo dos universidades nacionales y dos universidades privadas, la mayoría de los jóvenes ingresan a la Policía o a los profesorados. Y no porque todos tengan esa vocación, sino porque desde el Estado no se fortalece la inserción laboral en áreas que impulsen el desarrollo regional.

Creo que los proyectos de ley que tratamos deben contemplar la realidad de las personas a las que van dirigidos, sobre todo en momentos tan complejos como los que estamos atravesando. Por eso, insisto en que las carreras estratégicas deben ser pensadas por los Ministerios de Educación y Ciencia, con el apoyo de las universidades, las entidades intermedias y también el sector privado, que son quienes conocen la demanda de mano de obra necesaria para el desarrollo nacional.

De lo contrario, en la era digital, del Big Data, el Internet de las Cosas, la Inteligencia Artificial, el networking y demás innovaciones, seguiremos fallándoles a las nuevas generaciones en la proyección de un país pujante plenamente incorporado a la realidad global.