Brasil, entre la República y Bolsonaro. Por Mariano Yakimavicius

Las manifestaciones convocadas por el presidente el día de la independencia de Brasil pusieron en evidencia la preocupante polarización que atraviesa el país.

Hay dos cosas en la política brasileña que parecen certezas. La primera es que en octubre de 2022 habrá elecciones presidenciales. La segunda es que Bolsonaro no tiene oportunidad real de ganarlas. Por eso hay que volver a poner el acento en la palabra “parecen”. Porque Bolsonaro está empeñado en demostrar que la realidad está en otra parte.

Distintos estudios de opinión señalan que la intención de voto del presidente oscila entre el 25 y el 30 por ciento y la tendencia se encuentra entre el estancamiento y la caída. Del otro lado, Luis Inazio Lula Da Silva tiene una intención de voto creciente sin haber siquiera confirmado su candidatura presidencial. Alcanza actualmente el 46 por ciento de intención de voto según Datafolha. Son estos datos de la realidad los que hacen que Bolsonaro proclame a los cuatro vientos que solamente Dios puede sacarlo de la presidencia. Prefiere ignorar de cuajo que desde hace ya mucho tiempo la legitimidad de los gobernantes proviene del pueblo. Es decir, no le importa demasiado de donde provenga la fuente de su poder si del pueblo, de Dios o de las armas. Eso es lo que hace a Bolsonaro tan peligroso.

Sabedor de su declive, busca los medios para destruir todo aquello que pueda coartar su permanencia en el poder. Ataca al sistema electoral. Ataca a la autoridad electoral. Ataca al poder judicial que anuló la condena a Lula -y que antes lo había condenado incorrectamente sacándolo de la competencia electoral- en la comprensión de que los jueces ya no le resultan funcionales. Atacará a cualquier institución o individuo que se interponga entre él y el poder. Atacará sin cuartel a Lula. Y atacará a esa amplia porción del pueblo que piense distinto a él.

Poder a cualquier precio

La demostración del dominio de las calles en Brasilia, São Paulo y Río de Janeiro durante la semana pasada tuvo por objetivo sobredimensionar ese 25 a 30 por ciento de intención de voto del presidente. Fue una clara maniobra de intimidación y hasta de chantaje. O le dan lo que quiere o hará arder las instituciones de la República.

Es por eso que cabe esperar que desde este 7 de septiembre hasta octubre del año que viene, todo tenderá a empeorar. Porque como Bolsonaro sabe que perderá en urnas y sabe que la posibilidad de que el poder judicial saque nuevamente de carrera a Lula es ínfima, sabe también que su oportunidad de mantenerse en el poder depende de alguna forma de vulneración de las reglas de juego de la República y de la democracia, cuya variante más tradicional y más extrema es el golpe de Estado.

Algo de lo que no se habla demasiado fuera de Brasil, es de las causas judiciales abiertas contra el presidente y su clan. La cantidad de delitos comunes que acechan a la familia Bolsonaro ofrece material suficiente para que los tribunales envíen a Bolsonaro a prisión. Más aún, los pedidos de juicio político se acumulan en algún cajón en la oficina del presidente de la cámara de diputados -un aliado de Bolsonaro- recordando lo sucedido durante la presidencia de Michel Temer. Resulta llamativo que a Dilma Rousseff los legisladores la hayan echado por nada, mientras que a Temer y a Bolsonaro los protejan a pesar de todo.

Ante este contexto electoralmente desfavorable, la estrategia del presidente es simple. Alimentar su base electoral reaccionaria y extremista a fuerza de polarización y discurso de odio, por un lado, y mantener unido al antiguo trípode del poder fáctico que lo sustenta, conocido históricamente en toda Latinoamérica: el poder económico del sector agropecuario (ahora en su variante agroindustrial y deforestadora), el poder ideológico (en este caso encarnado en las iglesias evangélicas), y el poder coercitivo (militares, paramilitares, policía, productores de armas, etc.).

El día de la independencia

Lo que pudo observarse el 7 de septiembre fue el resultado del denodado trabajo de las últimas semanas del mandatario, que se dedicó a movilizar caravanas de simpatizantes principalmente en Brasilia y São Paulo. Logró imágenes de multitudes en ambas ciudades que magnifican una representatividad popular que en realidad no tiene. Bolsonaro quiere instalar la idea de que las cifras de los sondeos de opinión son falsas y de que el grueso de la población está de su lado.

Se trata de un libreto casi calcado del que usó Donald Trump cuando perdió las elecciones en 2020, no aceptó los resultados e intentó copar el Capitolio en un hecho que podría interpretarse como un intento de golpe de Estado. Trump falló porque las instituciones republicanas estadounidenses están consolidadas y les sobra fuerza para repeler esos ensayos autoritarios, sin contar que las Fuerzas Armadas jamás obedecieron órdenes de dictador alguno. ¿Cómo reaccionarán las instituciones brasileñas a la misma amenaza en un marco de crisis económica, polarización política, descalabro social, amenaza ambiental y una pandemia?

La inestabilidad política e institucional que insufla el presidente tiende a empeorar la situación económica y social. El desempleo crece. La nafta, el gas y los alimentos básicos aumentan. La crisis del agua y la crisis eléctrica llegaron mientras que la pandemia continúa. Bolsonaro y su gabinete superpoblado por militares son incapaces de ofrecer soluciones a estos problemas. Por lo tanto, no encuentra otra alternativa que crear confusión y amenazar con dar un golpe de Estado con el apoyo de los sectores antes mencionados: militares ávidos de poder y dinero, pastores evangélicos que lucran con la fe del pueblo y empresarios voraces, todos ellos alejados de un auténtico compromiso con los valores republicanos y democráticos.

Defender la república y la democracia

Ante la amenaza, las instituciones de la república deberían responder con contundencia. El Congreso debería permitir que avanzaran los pedidos de juicio político contra el presidente o que la fiscalía general presentara una denuncia contra Bolsonaro. Pensar en prolongar esta situación hasta octubre de 2022 y dejar que Bolsonaro profundice cada vez más la polarización es peligroso. Suponer a esta altura que la polarización es meramente entre Bolsonaro y Lula también es grave. La polarización ya es entre republicanismo democrático por un lado y autoritarismo por el otro.

Desde el 7 de septiembre, Brasil verá profundizar cada día la confrontación hasta que lleguen las elecciones de octubre de 2022, si nada sucede antes. Es responsabilidad de quienes tienen verdaderos valores republicanos y democráticos no abdicar frente a la prepotencia, involucrarse políticamente, debatir ideológicamente, exigir el cumplimiento de los derechos civiles, reclamar judicialmente cuando sea necesario, disputarle protagonismo en las redes sociales y en las calles a Bolsonaro y a su liga reaccionaria. Así se defiende la república. Así se protege la democracia. Con las ideas, con las palabras y con el cuerpo.

 

Mariano Yakimavicius es Licenciado y Profesor en Ciencias Políticas