EL CONFLICTO MAPUCHE

LA CUESTIÓN HISTÓRICA (2da y última parte).

Federico Addisi - Historiador
Federico Addisi – Historiador

El resto es historia bastante conocida.. A partir del momento reseñado por el Profesor Porcel, comienza el predominio mapuche en la región, con Calfucurá como jefe supremo, y rango de oficial de la Confederación Argentina, otorgado por Rosas, a cambio de mantener pacificada la región sur de la provincia de Buenos Aires. El pacto incluía más de 8.000 cabezas de ganado vacuno y yeguarizo por año, además de ropa, bebida y “demás vicios”. Calfucurá -piedra azul- inaugura una dinastía y cambia la costumbre del linaje materno por el paterno. Funda la “Confederación Araucana o Reino de Salinas Grande”. A pesar de cesar los malones la aceptación del liderazgo de Calfucurá no era unánime ya que pampas y ranqueles mantuvieron su “independencia” prefiriendo mantener el contacto con los cristianos de acuerdo a lo que era su tradición. Hasta lo que quedaba de los Vorogas, ya debilitados, con Coliqueo a la cabeza también se alejan de la zona. Calfucurá “garante de la paz” dejó hacer a las tribus “sueltas” y eso derivó llegado el peor momento de la Confederación liderada por Rosas, en la batalla de Caseros, las lanzas araucanas de Calfucurá, algunas ranqueles y otras pampas de Catriel estuvieron todas juntas en defensa del Restaurador de las Leyes.


Pero pese a esta política de “buena vecindad” con los mapuches, no hay que engañarse. Calfucurá jamás se sintió argentino y así lo podemos saber de la carta que dirigió al General Mitre en 1861: “También le diré que yo no estoy en estas tierras por mi gusto, ni tampoco soy de aquí, sino que fui llamado por don Juan Manuel, porque estaba en Chile y soy chileno; y ahora hace como 30 años que estoy en esta tierra”. Caído Rosas, buscó entablar alianza con Justo José de Urquiza, si se quiere, manteniendo “una coherencia política”. Esto estiró un poco más la relativa calma que había sabido construir Rosas, pero la alianza entre los indios estaba quebrada y en Pavón la indiada estuvo divida.
Llegarían las presidencias de Mitre y Sarmiento, levantamientos de caudillos y montoneras mediante, también los indios volvieron a malonear. En 1855, los araucanos y pampas derrotaron al entonces coronel Mitre en Sierra Chica. Esta y otras derrotas hicieron convencer al gobierno central de la conveniencia de volver a la política de “pactos”. Pero ya no estaba Rosas en el poder y la decisión de terminar con la “problemática del indio” estaba tomada. La Guerra del Paraguay demoró la ejecución. Misma que se llevó adelante con Alsina primero y Roca después, desde 1875 hasta 1885 que se dio por finalizada la conquista del desierto.
Es importante destacar para la fecha de la primera y segunda campaña al desierto, las tribus que aún sobrevivían al domino araucano lucharon junto a Roca contra ellos; estimando en alrededor de 900 los indios “amigos”. Siguiendo con la opinión de historiadores y antropólogos respecto del origen de los Mapuches vamos a señalar los conceptos del destacado Antropólogo Salvador Canals Frau, en sus “Poblaciones Indígenas de la Argentina” que nos dice sobre el tema: “Los Araucanos representan el último de los elementos indígenas establecidos en el país. Proceden de Chile, y su inmigración es relativamente reciente (…) Muchos autores, que desconocían las modalidades del proceso operado, tendían a creer que la población araucana había estado siempre ahí, y buscaban sus rastros hasta en el repartimiento de indios que hizo Juan de Garay en 1582, poco después de haber fundado la ciudad de Buenos Aires. Y, como es natural, el intento fallaba (…) Los Araucanos o, como ellos mismos se llaman, los Mapuches, constituyen la población autóctona de Chile”.
En tanto, Isidoro Ruiz Moreno, miembro de la Academia Nacional de Historia señala al Diario Río Negro (tomado del libro de Franisco Hotz; “Atando Cabos”): “En primer lugar conviene aclarar el hecho de que para avanzada la segunda mitad del siglo XIX, los indios que habitaban la República Argentina en su zona meridional no eran los originarios pobladores de la Pampa, pues la mayoría de ellos había llegado desde Chile, desalojando a los primitivos habitantes nativos, aunque en rigor constituían una nación distinta de la República de Chile. Estos invasores, buscando suelos más feraces que los del otro lado de los Andes, expulsaron muchas veces sangrientamente a los aborígenes de las llanuras, los llamados “pampas” por los argentinos. El mayor causante de tal atrocidad fue el cacique Juan Calfucurá”.
Ernesto Del Gesso en sus “Pampas, Araucanos y Ranqueles” señala: “La araucanización es el efecto producido, desde mediados del siglo XVIII a principios del XIX, por el traslado de la cultura mapuche, trasladada por los individuos y tribus que emigraron de tierras sureñas chilenas a nuestra pampa, con el nombre de araucanos, durante los dos siglos anteriores. El período dado a tal proceso lo fundamenta Canals Frau al señalar que a mediados del 1700 muchas tribus pampas todavía hablaban su idioma, pero para fines de ese siglo casi todas hablaban araucano (…) Las bravas tribus mapuches del sur de Chile contuvieron la expansión de los incas que sólo pudieron tomarles la parte norte de su antiguo territorio. Ante tal brava resistencia los mapuches recibieron por parte de los incas, el nombre de aucas, por rebeldes o indómitos, denominación que tras deformaciones posteriores pudo llegar a transformarse en araucanos. Los españoles rioplatenses hasta por 1700 los llamaban aucáes para identificarlos como indios guerreros provenientes de Chile”.
Finalmente haremos alusión a uno de los antropólogos que más conocía de la cultura Tehuelche. Quizás hasta fue uno de los últimos en hablar su lengua. Juramentado en preservar este acervo fue crítico de todo el proceso moderno del indigenismo mapuche, situándolos al igual que los demás estudiosos en Chile, pero no reconociendo su llegada a nuestro territorio hasta bien entrado el siglo XIX, tras masacrar a los Tehuelches. Nos referimos, claro está, a Rodolfo Casamiquela. Así se expresa en su “Casamiquela racista anti-mapuche o la verdadera antigüedad de los mapuches en la Argentina”: “A la llegada del conquistador español Pedro de Valdivia al ámbito del valle donde se asienta hoy Santiago de Chile, en 1541, todavía éste permanecía bajo el dominio de señores locales puestos por los incas, invasores que ocupaban el territorio trasandino desde hacía por lo menos 70 años. La conquista incaica, atribuida históricamente a Topa Inca Yupanqui (1471-1493), alcanzó por el Sur hasta el río Maule -no demasiado al Norte del Bío Bío. Dado que los señores aludidos, pese a su designación por el Inca, llevaban nombres en lengua araucana o mapuche: Vitacura y Quilicanta, y que se demuestra que esta lengua se extendía aún más al Norte (Huentelauquén “Laguna Arriba” está en la latitud de Illapel), cabe aceptar que la gran densidad de la población propiamente araucana o mapuche (entre los ríos Bío Bío y Toltén) señalada por los conquistadores españoles, haya sido el resultado de un corrimiento hacia el sur obligado por la presión de las tropas incaicas (…) Pero habría de llegar los tiempos de la rebelión criolla contra los españoles, a partir de 1810, y su repercusión en las sociedades indígenas fue grande. En particular allende los Andes, en la Araucania, escenario desde entonces, por muchos años, de la “Guerra a Muerte” de indígenas araucanos o mapuches propiamente dichos pro-criollos contra sus hermanos pro-realistas.
Como consecuencia de ello, avanzada la década de 1820, pasaron al ámbito pampeano -la Pampa Central- los primeros araucanos o mapuches propiamente dichos que se radicarían en ella, mejor dicho, al oriente de los Andes. Hasta aquí, sólo habían alcanzado a la provincia de Buenos Aires en oportunidad de avances esporádicos, o malones, los indígenas pan-araucanos o mapuches (…)”.
Casamiquela remata su libro/ “alegato” con una afirmación que prima facie parece asombrosa. El autor sostiene que la presencia de Mapuches en el sur de nuestro país se corresponde con la tardía radicación de otros pioneros criollos y europeos, situando la fecha a finales de la década de 1880.
Estudioso como era del idioma y la cultura de mapuches y tehuelches, Casamiquela no pudo menos que indignarse por la “aparición” de “nuevas costumbres” que demostrarían que quienes en la actualidad se reivindican como mapuches, poco tienen de ello desde el punto de vista puramente étnico-racial. Es más, el autor sostiene que estos descendientes “urbanos” se “ahuincaron”. Pruebas al canto serían el abandono de los liderazgos hereditarios por la elección de cabecillas o jefes políticos (loncos); adopción de la práctica del piquete e ideología marxista/anarquista que nada tienen que ver con la idiosincrasia mapuche y la incorporación -para justificar la usurpación de fecundas tierras- de un discurso “ecologista” que obviamente proviene del Occidente moderno.

 

LA CUESTIÓN HISTÓRICA (Parte 1)