Israelíes y palestinos, el fuego que nunca se apaga. Por Mariano Yakimavicius

Volvió a encenderse la mecha del conflicto y resulta preocupante la posibilidad de una escalada de violencia incontrolable.

El conflicto no es nuevo, los disparadores quizás. Esta vez, uno de los principales desencadenantes de la violencia entre palestinos e israelíes fue el destino de seis familias palestinas. Todo comenzó cuando un grupo de colonos judíos reclamó la propiedad original de tierras en el barrio Sheij Jarrah, en Jerusalén, actualmente ocupadas por las familias palestinas mencionadas. Para hacer cumplir el reclamo de los colonos judíos, los palestinos deberían ser desalojados. En realidad, el conflicto tiene sus raíces en la guerra de 1948 y el reacomodamiento de la población que ella produjo.

Por otra parte, la importancia de Sheij Jarrah radica en que es uno de los principales barrios palestinos de Jerusalén Oriental y ya había quejas debido al creciente número de colonos judíos que se asientan allí. En Jerusalén Oriental se encuentra la ciudad vieja, donde se ubican algunos de los lugares más sagrados para las tres grandes religiones monoteístas: la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al Aqsa para los musulmanes; el Monte del Templo y el Muro de los Lamentos para los judíos y el Santo Sepulcro para los cristianos.

Lo que empezó como una serie de disturbios contra los planes de desalojo de las familias palestinas en Sheij Jarrah escaló primero con restricciones impuestas por la policía a los palestinos que querían acceder a la mezquita de Al Aqsa durante los últimos meses del mes sagrado de Ramadán  y finalmente llegó al lanzamiento de cohetes por parte de la organización Hamas desde la Franja de Gaza hacia Tel Aviv y otras ciudades de Israel, y la respuesta por parte de las fuerzas israelíes con ataques aéreos sobre Gaza.

Más violencia

Desde entonces Israel y Hamás han intercambiado cientos de bombardeos y ataques con cohetes, las muertes están cada vez más cerca del centenar, los heridos son aún más y crece el temor a que la situación se agrave.

Esta escalada de violencia ya es la peor desde 2014, cuando la operación militar israelí contra la Franja se cobró la vida de 2 mil personas, la mayoría civiles, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha prometido «aumentar la intensidad y cantidad» de los bombardeos sobre Gaza, y desde el Ejército israelí anunciaron operaciones de «larga duración». Las propias fuerzas armadas están movilizando reservistas.

En Gaza, Hamás se opone a negociar un alto el fuego hasta que Israel retire todos los agentes policiales y militares desplegados en la Explanada de las Mezquitas y en Sheij Jarrah. Por su parte, los gobiernos de Egipto y de Qatar han puesto en marcha contactos diplomáticos con ambas partes en un primer intento de mediación que, hasta ahora, ha sido estéril.

Según el Ejército israelí, Hamás habría disparado al menos 850 cohetes contra Tel Aviv en las primeras horas del conflicto. La inmensa mayoría fueron interceptados por el sistema antimisiles israelí Cúpula de Hierro, pero aun así se han producido al menos tres víctimas mortales y una decena de heridos, algunos de gravedad. Algunos cohetes han logrado evitar la batería antimisiles israelí, y el aeropuerto Ben Gurión ha tenido que ser clausurado y los vuelos con destino a la ciudad, derivados a Chipre.

Por su parte, el Ejército israelí respondió con bombardeos a los cohetes lanzados desde Gaza. Pese que los objetivos son militares, la realidad que se vive en la Franja y la decisión de los líderes de Hamas de esconderse entre la población civil, hace inevitable que los palestinos que allí habitan queden en una situación de extrema vulnerabilidad.

¿Hacia una guerra civil?

Más allá de la gravedad de la escalada militar del conflicto, es preocupante la situación en las calles de Israel. Ya se produjeron linchamientos, cacerías, asaltos, destrozos, incendios de sinagogas y mezquitas por parte de grupos de judíos ultranacionalistas y árabes israelíes.

El primer ministro, Benjamín Netanyahu, extendió la presencia de las fuerzas de seguridad, las cuales se mostraron insuficientes para contener la violencia. El alcance de los linchamientos ha sido tal que los alcaldes pidieron el despliegue el Ejército.

Representantes de distintas agrupaciones políticas israelíes han advertido acerca del peligro de una «guerra civil». No exageran.

Grupos de árabes israelíes tomaron las calles y lincharon a ciudadanos judíos en los disturbios que comenzaron como protesta por la operación militar contra Gaza, la represión contra los palestinos en Cisjordania y la violencia policial en la explanada de las Mezquitas, Al Aqsa y el barrio de Sheij Jarrah. Este tipo de actos se registró primero en la ciudad de Lod y se extendió por Acre, Kafr Kassem, Haifa y Tamra.

Tras las primeras dos noches de protestas y disturbios de la población árabe israelí en la ciudad de Lod y protestas solidarias en otras ciudades de otros árabes israelíes -que constituyen el 20 por ciento de la población del país- comenzó a escucharse el cántico «muerte a los árabes» en localidades del centro y norte de Israel. Se han registrado escenas de inusitada violencia y tensión en ciudades de población mixta en distintos puntos del país que permiten anticipar lo peligroso del conflicto más allá de lo que ocurre en Gaza o en Cisjordania, y que permite observar la radicalización de un sector de la población judía israelí.

Los actos de violencia desplegados por grupos de nacionalistas judíos se replicaron en Bat Yam -suburbio de Tel Aviv-, en las ciudades de Tiberias y Haifa, en el norte del país, y hasta en Jerusalén, donde un hombre árabe fue apuñalado y se produjeron linchamientos de varios árabes. Tras estos actos, se hicieron 374 arrestos en todo el país para restablecer el orden y Netanyahu ofreció un mensaje contundente contra este tipo de reacciones. El primer ministro aseguró que existe la posibilidad de desplegar el Ejército dentro del país para controlar la violencia. Por su parte, el presidente israelí Reuven Rivlin pidió a «israelíes de todas las etnias y religiones» acabar con «esta locura» que se está desplegando en las calles de las ciudades con población mixta.

Lo cierto es que las autoridades parecen haberse percatado de que este tipo de violencia de civiles contra civiles en comunidades mixtas no tiene precedentes.

La explicación parece estar en buena medida, en la radicalización de un importante sector de la sociedad judía hacia un nacionalismo de extrema derecha, independientemente de los ultraortodoxos. Estudios recientes arrojaron que los jóvenes israelíes son cada vez más propensos a adoptar posiciones de derecha más radicales con relación al conflicto palestino.

Los extremistas de Hamas seguramente apuntan a soliviantar a esos sectores nacionalistas judíos y ultraderechistas, con el fin de que el conflicto se desborde y conduzca a un enfrentamiento total. Saben que si las fuerzas armadas israelíes entran en el conflicto podría producirse algo más que “daños colaterales”. Si se produjera una matanza, conduciría a una confluencia de voluntades en el mundo islámico en torno a la causa palestina. En ese caso una guerra convencional entre Israel y sus vecinos musulmanes estaría a la vuelta de la esquina.

Los grupos extremistas como Hamas y los sectores de la ultraderecha reaccionaria no hacen más que retroalimentarse y reducir drásticamente el margen de maniobra de quienes quieren coexistir pacíficamente.

 

Mariano Yakimavicius es Licenciado & Profesor en Ciencia Política – Especialista en Gestión Estratégica de Organizaciones Públicas-Columnista de NCN – Email: myakimavicius@yahoo.com.ar / redaccion@ncn.com.ar
Twitter: @Yakimavicius Facebook: mariano.yakimavicius

 

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