Magnicidio en Haití. Por Mariano Yakimavicius

El asesinato de Jovenel Moïse sume al país en una situación más desesperante aún de la que padecía y llama la atención de la opinión pública global.

Haití es un país castigado. Desde su independencia en 1804 parece condenado a pagar más caro que ninguno otro de sus pares americanos el precio de la libertad. A la confluencia de pobreza, catástrofes naturales, corrupción y un bajísimo nivel de institucionalidad política se sumó el asesinato de su presidente el pasado 7 de julio.

¿Quién era Jovenel Moïse?

El asesinado mandatario haitiano siguió un camino ya recorrido por otros políticos. Fue de un outsider procedente del empresariado local sin experiencia política previa y que prometía acabar con la corrupción de la dirigencia política tradicional.

Había triunfado en su juventud como emprendedor de un proyecto agrícola para producir bananas orgánicas. En poco tiempo pasó a ser conocido como «el hombre de las bananas». No es una metáfora. Sus productos agrícolas se exportaban a distintos países europeos, principalmente a Alemania.

Hace cinco años, durante la campaña presidencial, Jovenel Moïse se presentó como un símbolo de esperanza y el ejemplo de que era posible salir adelante. Pero la esperanza no tardó en truncarse. Su presidencia fue tal difícil como puede esperarse en un país tan sufrido. Enfrentó acusaciones de corrupción y tuvo que lidiar con olas de protestas antigubernamentales que a menudo eran violentas.

En octubre de 2019 suspendió por dos años las elecciones parlamentarias. En enero de 2020, Moïse disolvió el parlamento y empezó a gobernar por decreto. A comienzos de este año, otra ola de protestas generalizadas sacudió la capital y otras ciudades del país. Los manifestantes exigían su renuncia.

Para la oposición, el mandato de cinco años de Moïse debería haber terminado el 7 de febrero de 2021, cinco años después de la renuncia de su antecesor. Sin embargo, Moïse alegaba que le quedaba un año más en el cargo, pues no asumió la presidencia sino hasta el 7 de febrero de 2017.

Justamente el pasado 7 de febrero -día en que sus oponentes consideraban que su mandato debería haber concluido- Moïse informó que se había frustrado un «golpe de Estado para derrocar a su gobierno y asesinarlo».

El magnicidio

La reconstrucción de los hechos a partir de los testimonios de testigos y de los videos publicados en los medios de comunicación haitianos, señalan que el asesinato se produjo poco después de la media noche a manos de un grupo de hombres armados y con pasamontañas que asaltó la residencia del presidente. Mediante un megáfono, los asesinos orquestaron una maniobra distractoria mediante el anuncio de que se trataba de una operación de la Administración para el Control de Drogas de los Estados Unidos (DEA por sigla en inglés). A la 1 de la mañana comenzaran los disparos. Moïse murió en el propio asalto: recibió por lo menos 12 impactos según la prensa local. Su esposa, Martine, resultó gravemente herida y se encuentra en estado crítico.

Desde entonces, las teorías apuntan a un comando de mercenarios bien entrenados. Es evidente que se trató de un grupo de profesionales bien preparados, especialmente si se tiene en cuenta que el presidente contaba con un nutrido grupo de guardaespaldas y policías armados para protegerlo. Es eso justamente lo que hace que muchos se pregunten cómo fue posible para el grupo de asalto entrar en la vivienda sin oposición.

Sorprendió también que la operación se produjera poco más de dos meses antes de las elecciones presidenciales y legislativas, en las que Moïse no podía presentarse.

A los pocos días del hecho, la policía informó el arresto de 17 colombianos y dos estadounidenses, mientras que se identificó a 28 supuestos perpetradores del magnicidio, seis de los cuales están prófugos y siete fueron abatidos.

Pero pese a que las elecciones presidenciales y parlamentarias debían llevarse a cabo en breve, el mandatario asesinado había convocado para ese entonces a un referéndum para reformar la constitución. Pese que él sostenía que era con el objetivo de «modernizar» la Carta Magna, sus críticos sospechan que quería eliminar el artículo que impedía su reelección.

Como si las teorías conspirativas no abundaran, poco antes de morir el presidente había nombrado como primer ministro a Ariel Henry en sustitución de Claude Joseph. Sin embargo, fue este último quien dio a conocer el asesinato del presidente y se mantiene aún en el cargo.

En cualquier caso, Moïse ya no está, los ejecutores han sido encontrados y la autoría intelectual aún se ignora, pero el país se encuentra más empobrecido que nunca.

Un país devastado

Haití es el país más pobre de América. El porcentaje de la población que vive con menos de dos dólares al día es superior al 60 por ciento. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que casi 4 millones de haitianos padece inseguridad alimentaria sobre una población de alrededor de 11 millones y medio de habitantes. Un quinto de la población -cerca de dos millones de personas- se ha visto forzado a emigrar.

A la pobreza se le agregan las catástrofes naturales. Hace 11 años el país fue devastado por un terremoto de magnitud 7 que tuvo epicentro en Léogâne, a unos 15 kilómetros de la capital Puerto Príncipe. Fue el sismo más grave sucedido en Haití desde 1842. El terremoto y las dos réplicas que lo sucedieron dejaron 316 mil muertos, 350 mil heridos, miles de casas derrumbadas y el 60 por ciento de la infraestructura médica destruida. El daño económico fue mayúsculo también: 7900 millones de dólares perdidos, el 120 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI) del país. Un millón y medio de personas se quedó sin su hogar.

En 2016 el huracán Matthew barrió el suroeste del país causando 573 muertes y dejando unos dos millones de damnificados y el huracán Laura pasó en agosto de 2020 dejando también decenas de muertos y daños materiales a su paso.

Del mismo modo, las epidemias han diezmado a la población. La de cólera en 2010 infectó a 520 mil personas y causó la muerte de 7 mil por lo menos. La epidemia se volvió endémica y, aunque los casos han disminuido, el coronavirus llegó para complicar todo.

A lo anterior se agrega la inseguridad. En los últimos años numerosas bandas armadas han proliferado por las calles. Sólo en el mes de junio pasado, más de 150 personas fueron asesinadas y otras 200 secuestradas en la zona metropolitana de Puerto Príncipe. Las fuerzas de seguridad parecen desbordadas por el fenómeno y los 15 mil policías con los que cuenta el país no parecen ser suficientes para controlar la situación.

Haití es un país duramente castigado que ahora se encuentra frente a una crisis política que podría llevar incluso al desmoronamiento del Estado. Ojalá que este magnicidio sirva al menos para sensibilizar a la opinión pública global, para presionar a gobiernos y organismos internacionales y los conduzca a tomar medidas solidarias contundentes con un pueblo que no hace más que padecer.

 

Mariano Yakimavicius, profesor y licenciado en ciencias políticas

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