Hubo una frustrante ‘primavera’ árabe. Hay hoy un crudo ‘invierno’ en nuestra América. Igualmente angustiante o, mejor dicho, mayormente pues lo sufrimos nosotros directamente.
Perú con sus expresidentes presos y hasta uno suicidado, con la principal dirigente opositora –Keiko Fujimori – también detenida. Ecuador con el reafloramiento del descontento aborigen, con su exjefe de Estado, el populista Rafael Correa, oscilando entre el exilio y el periodismo aficionado; con un desequilibrio macroeconómico insostenible para un sistema monetario dolarizado. Venezuela soportando estoicamente a una dictadura enfurecida y violenta, plagada de corruptos que siembran muertos y ahora allanan ilegalmente la sede de uno de los partidos opositores, Voluntad Popular. Verlo por televisión al dictador diciendo “avance la importación por 11 millones de euros de pernil para la Navidad de los venezolanos” sonroja a todos los sudamericanos. Es una escena propia de un mundo populista y atrasado ochenta años. Es un bochorno. En el régimen feudal había más libertad para los siervos de la tierra. La insurrección chilena es gravísima – incluyendo dos ataques a nuestra embajada, llamativamente-, apenas explicable por la injusticia y la desigualdad. En una economía floreciente y estable, el trasfondo de esas violentas protestas es más profundo que el simplismo de apuntar a la mala distribución de los bienes. Lo de nuestra querida – no sé si por todos, pero sí por este autor – Bolivia es un capítulo especial. Sin dejarnos atrapar por la ideología, la verdad es que el gobierno de Evo Morales fue exitoso, tanto en los índices macros como en el objetivo social de reducir la pobreza extrema. El avance con el litio, el desarrollo del oriente del país, con la emergencia de una opulenta Santa Cruz de la Sierra, entre otros, son ejemplos de esa virtuosa gestión. El naufragio del expresidente y el secuente caos institucional obedeció a las ansias de perpetuación de Morales. Si hubo o no golpe es una bizantina discusión, propia de una reunión estudiantil y no del Congreso Nacional argentino. El ‘golpe’ contra la democracia y la armonía ‘plurinacional’ que pareció suturar un conflicto atávico lo propinó Evo al intentar el poder ilimitado. No hay ‘derecho humano’ como hipócritamente esgrimió Morales que sea superior a los controles constitucionales al poder político.
En Colombia también existen factores que agitan a la sociedad. Asimismo, en México donde el presidente Andrés Manuel López Obrador debe obrar cual equilibrista entre Washington y sus promesas ‘progresistas’. En Brasil, la popularidad de Jair Bolsonaro está en desbarranque, aunque es muy fuerte el país, lo cual neutralizará una situación de descontrol. La entereza de la Justicia brasileña es una garantía.
Haití, Nicaragua – dominada por una especie de satrapía caribeña -, Panamá – un ‘paraíso’ de las finanzas -, todos los Estados son expresiones de que nuestra América así no va por buen camino.
¿Existe un plan subcontinental para trastornar a América del Sur? ¿Vuelve a ser Cuba el centro de esa ‘operación’? ¿El narcotráfico tiene vinculación con esta oleada invernal que afecta a la democracia sudamericana, incluyendo a México? Son interrogantes que debe contestar la buena y objetiva información. Está lleno de noticias falsas. Por eso vale ceñirse a consignar las preguntas.
Somos los más desiguales – por ende, injustos – de todo el planeta. Nuestro desarrollo humano es amplia y perturbadoramente lábil, al tiempo que el crecimiento económico muestra pocos signos de vitalidad. Escribía el estudioso periodista Francisco Olivera en La Nación de uno de los recientes sábados, que si las tasas de inversión y de productividad fueran iguales a las del Asia Lejana, el PBI de nuestra América en 2017 podría haber sido seis veces mayor que el que tuvimos. Es inimaginable lo que sería nuestro subcontinente en ese contexto de desarrollo, siempre y cuando hubiéramos domeñado a la corrupción y al populismo. En rigor, estos dos excluidos habrían sido la causa del desarrollo. Una buena política exige tener en claro el diagnóstico. El aporte de estas líneas lo intenta. El motivo de nuestro atraso son la corrupción y la debilidad institucional, es decir el resultado ineluctable del populismo.
Se mencionó productividad. En la Argentina hay un desconcepto que malentiende esa palabra como ‘explotación’. Esto se vincula con un párrafo de la marcha que identifica al sector que ganó las elecciones el 27 de octubre: cantan a todo volumen “combatiendo al capital”. Si aspiramos a ser prósperos deben testar para siempre esa falacia y deben entender que eficiencia no es carecer de sensibilidad o manejarse con Excel, sino algo elemental para que el trabajo y la inversión rindan. A la justicia no se llega haciéndonos todos pobres, sino generando riqueza y buscando empeñosamente que se distribuya equilibradamente.
A la mejor democracia y a la mayor igualdad nos encaminaremos si mutamos las ideas atrasadas por las modernas y probadamente efectivas. La gran cuestión es cultural. Empero, es cierto que los cuestionamientos pululan por todos los lares incluyendo los prósperos. Evidencia que la complejidad y los desafíos son mayúsculos. Para encararlos con éxito, lo primero es ser honestos – garantía de que los siempre escasos recursos irán adonde se necesitan – y genuinamente republicanos, sistema que incluye y amplía la democracia.

*Diputado nacional de Juntos por el Cambio

Compartinos: