Por Juan Carlos Junio, diputado nacional Frente Nuevo Encuentro

Sin consenso para dictaduras militares abiertas, la derecha ensaya su aventura destituyente en Venezuela.

El reciente «golpe suave» operado contra el pueblo venezolano y su gobierno legítimamente electo puede leerse desde diversas perspectivas. El accionar violento de la derecha, apoyado abiertamente por EE UU, convoca a revisar estos hechos tanto a la luz de la historia reciente como de la génesis misma de América.

Hay dos acontecimientos clave del primer cuarto del siglo XIX, que se vuelven a presentar en esta nueva etapa, luego de transcurridos dos siglos. El primero es la culminación, con el triunfo de Ayacucho, del proceso independentista de los ejércitos americanos coaligados en 1824.
Francisco Miranda fue el precursor de la unidad latinoamericana y caribeña, pero fue Bolívar quien asumió la mayor y más eficaz tarea política y armada en esta dirección. En 1815 afirmaba, en su Carta de Jamaica: «Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse (…) Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración.» Un mismo horizonte libertario y americanista inspiró las resistencias de Túpac Amaru y Túpac Katari, Toussaint Louverture, San Martín, O’Higgins, Sucre, Artigas, Juana Azurduy, Belgrano, Güemes. Una pléyade de hombres, mujeres y pueblos que lucharon por la libertad, la independencia y la construcción de sociedades más justas. Sin embargo, ese proyecto de Patria Grande fue derrotado en 1825 por la imposición del espíritu y los intereses de las oligarquías locales de las repúblicas emergentes del proceso independentista. Se impuso la división, impulsada por la gran potencia mundial de entonces, la Gran Bretaña, por aquello de «divide y reinarás».
La segunda clave la impuso en 1823 el gobierno de James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, que con un sentido claramente imperial pontificó para los tiempos futuros su apotegma de hierro: «América para los americanos.» La historia ha demostrado que la verdadera traducción a nuestra lengua fue: «América para Estados Unidos.» Nuestro continente pasaba a ser, de facto, el patio trasero subordinado a los intereses del imperio emergente en ese turbulento siglo XIX. Claro que el mensaje estaba dirigido también a las potencias europeas.
De esta brevísima reflexión histórica, resulta necesario afirmar que, en tiempos de conmemoraciones bicentenarias, surgen renovados interrogantes sobre el notable proceso de integración que están recorriendo hoy nuestros Pueblos y Gobiernos.
El triunfo de Hugo Chávez Frías en 1998 fue el punto de partida de un nuevo escenario. El presidente venezolano tuvo desde sus inicios claridad estratégica. Percibió que la principal tarea de la época –único modo además para asegurar el proceso de transformación de su país– era profundizar la unidad latinoamericana y caribeña, recuperando lo mejor de la historia del continente. Los sucesivos gobiernos que se implantaron en Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador, Paraguay, Honduras, Panamá y la vigencia de la Revolución Cubana, fueron marcando una nueva tendencia a favor de opciones que intentaron superar las trágicas herencias neoliberales, continuadoras de perimidos colonialismos y dependencias «modernas» del siglo XX.
Así, unidad latinoamericana y superación del neoliberalismo aparecieron como el ideario y el programa más audaz compartidos por pueblos y gobiernos desde aquellos tiempos de nuestros libertadores.
Ahora, ante la falta de consensos para las dictaduras militares abiertas, intentan desplegar la estrategia de “golpes suaves”. Azuzar el conflicto social con mecanismos de desabastecimiento de alimentos y disparadas de precios, ataques especulativos contra las monedas de cada país, activación de la protesta callejera impulsada por los medios de comunicación, o colonizar ámbitos institucionales (parlamentos o el poder judicial) son el prólogo de procesos destituyentes. Así ocurrió en Honduras en 2009, y en Paraguay pocos años después. No pudieron en Venezuela (2002, 2013), ni en Bolivia (2008), Argentina (2008) ni Ecuador (2010). En las recientes elecciones chilenas, la derecha cerril del presidente Piñera fue derrotada ampliamente.
En los últimos dos años se produjeron trascendentes novedades que se expresaron en distintos planos. Una es la profundización del proceso de unidad nuestroamericana que tiene definiciones institucionales como Unasur, Mercosur, CELAC y ALBA. Tal es el avance en la voluntad colectiva que, en una de las últimas reuniones de la CELAC, la presidenta argentina advirtió acerca de la necesidad de crear y avanzar hacia un bloque económico capaz de velar por un proyecto de desarrollo autónomo, que afirme la soberanía común y siente las bases de sociedades más justas, igualitarias y democráticas.
En contraposición, en el plano supranacional, la creación de la Alianza del Pacífico constituye la nueva herramienta para socavar el proceso de unidad continental y propiciar fórmulas de subordinación a EE UU, de creación de áreas de libre mercado tras la derrota histórica del ALCA en Mar del Plata, en 2005. En suma, continúa expresándose aquel axioma del secretario de Estado del gobierno de Monroe, John Quincy Adams: «Estados Unidos no tiene amistades permanentes, tiene objetivos e intereses permanentes.»
Por otro lado, Latinoamérica emerge como alternativa del buen vivir, avanzando contra viento y marea en la construcción de presentes y futuros de justicia, dignidad y auténticas democracias. Hoy Venezuela es el epicentro de la disputa continental y del ataque del Imperio, aliado a los violentos locales, expertos en fallidos golpes de Estado. El chavismo lleva 18 victorias sobre 19 compulsas electorales. Esa es la única verdad. Sin embargo, persisten los que la desconocen, siembran la violencia, destilan odio y se autoproclaman la representación misma de la democracia. Resta preguntarse entonces: ¿qué democracia será posible si el fascismo latinoamericano se hace de las instituciones y de los gobiernos de nuestras patrias? Luego de tres lustros de grandiosos avances, nos encontramos frente a tiempos de nuevas disputas para continuar por la senda del progreso. Confiamos en que, hacia el bicentenario de Ayacucho, consolidaremos la Segunda y definitiva Independencia.

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