La humanidad desde siempre ha tenido con la muerte una relación disímil, compleja, contradictoria, refugiada en las religiones y el concepto de la vida después de la muerte, ha hecho de ella un elemento inconsciente, de la única certeza que se tiene biológicamente.

Nadie puede predecir de qué se va a enfermar, ni tampoco como se va a manejar en esas circunstancias. En general las personas piensan, que todas las noticias terribles que transmiten los medios, les pasan a los demás, que nunca les llegará el infortunio, o en todo caso se preparan para afrontarlo, como la inseguridad. En otros casos aun conociendo la realidad, la ignoran en lo que los psicólogos llaman la desmentida, saben que están en peligro pero lo desprecian. En ese hecho por ejemplo, alentando la irresponsabilidad social, se basan los medios para atacar la Cuarentena

Los eventos más difíciles de manejar por los individuos son los hechos traumáticos, aquellos como los accidentes de tránsito graves y siniestros laborales, que ocurren de manera inesperada y cambian las vidas de las personas. Esos dejan huellas indelebles que son mecanismos psicológicos denominados stress postraumático, que pueden llevarse por años, como pesada y agobiante mochila psicológica. Lo mismo ocurre con las guerras, en donde los individuos deben transcurrir episodios, que en su vida normal, serían imposibles de sólo pensarlos, como lastimar o matar a alguien, tener su casa bombardeada, huir sin destino por caminos desconocidos, convivir con extraños en campamentos de refugiados infinitos. Ese tipo de acontecimientos dejan huellas para toda la vida.

La Pandemia, hecho inesperado, global, dramático, nos pone como Humanidad, frente a dos situaciones difíciles de llevar por parte de las comunidades y de los individuos, originando comportamientos disímiles, contradictorios que expresan como toda situación límite, las personalidades de los individuos. Así algunos reaccionan ignorando los peligros de una situación que los tiene, otros con miedos profundos que paralizan, muchos venciendo los mismos, trabajan para la comunidad abnegadamente, no siendo siempre reconocidos, otros simplemente hacen lo que pueden dejando transcurrir la tragedia en el tiempo.

Sin intentar ser especialista en el tema, creo que como en las enfermedades graves, cuando los pacientes o las comunidades, comienzan a sentirse vulnerables, comienzan a ser diferentes, ni mejores ni peores, simplemente recorren otros comportamientos individuales y sociales, recuperan los afectos, priorizan sus necesidades de modo diferente, se humanizan en un mundo, frío, mecánico y calculador del objeto como fin de la vida, (casa, auto, viajes, ropa, etc), pasando a segundo plano esas antiguas urgencias, avanzando hacia la humanización y la solidaridad en la vida diaria.

 

 

(*) Jorge Rachid es médico sanitarista, pensador nacional y Asesor del Gobernador de Buenos Aires