Por Claudio Hugo Naranjo, periodista y escritor

Una sociedad moderna es una sociedad que ya ha atravesado la fase inestable del proceso de modernización y ha logrado un nivel general de organización y desarrollo que le confiere cierta estabilidad, desde la cual sigue evolucionando con más seguridad. Sus características generales son: instituciones políticas democráticas estables, administración pública racionalmente organizada, organización nacional legalmente resuelta y estable, desarrollo científico-tecno lógico autónomo, economía industrial o post-industrial.

Universalización del proceso educativo básico, alto nivel de ingreso per cápita, aceptable desigualdad del ingreso, eficiente sistema de salud, con buen nivel de esperanza de vida y baja morbilidad, baja natalidad y muy baja mortalidad infantil, activa presencia en el comercio internacional con productos de alto valor agregado, presencia en las decisiones políticas internacionales, al menos en cuestiones que la afectan.

Nosotros estamos en las antípodas de esa sociedad, porque nos hemos alejado hace décadas de la civilidad con la cual nacieron y vivieron nuestros antepasados; en 1930 eramos la quinta potencia del mundo y el mejor país latinoaméricano, con una sociedad moderna y europeizada. En 1940, nos comenzamos a alejar del mundo y en 1950 volvimos a reinsertarnos en las grandes sociedades modernas –juro que no estoy haciendo peronismo-; en 1960, cuando irrumpen las novedosas tecnologías en países como Estados Unidos, Inglaterra y Francia, nosotros iniciamos el cruel camino de la venta de las joyas de la abuela.

En 1970, Argentina no había renovado su clásica estructura arquitectónica desde 1930, las joyas ya no solo no se vendían sino algo peor, se las comenzaban a robar. Fue la peor década, por lejos, de toda la historia argentina. Es el karma con el cual aún hoy vivimos, nos habíamos quitado de encima Federales y Unitarios, porque habíamos logrado salir del cuarto oscuro y ver con claridad el mundo, el mismo que había olvidado a Churchill a Washington a Rosas o Mitre.

Pero nosotros persistimos con estereotipos que nos retrasan en el tiempo. En 1980, 1990, 2000, 2010 y 2020, todo ha cambiado para peor. Somos una sociedad que no ha sabido elegir a sus hombres y mujeres para que conduzcan los destinos de una Nación; hemos sido los culpables primarios y naturales del estancamiento y la pobreza. Le estamos entregando nuestros seres más queridos a los corruptos populistas o a los incapaces demócratas.

Hemos elegido en el 2015 a quién se presentaba como el bombero que nos sacaba del incendio del kirchnerismo, del populismo, el agravio, la violencia y las cadenas nacionales de Cristina Fernández, creímos que no la veríamos a ver nunca más con atributos de mando, se habían descaradamente robado todo lo que encontraron a su paso. Muchos están tras las rejas, pero la jefa de la asociación ilícita no, increíblemente los argentinos –si esto se llegase a comprobar el 27 de octubre- votan y eligen delincuentes, nos gusta cenar con ladrones, nos gustan los piratas del asfalto, nos gusta que nos violen reiterada y reincidentemente. Si no, ¿qué explicación existe?

Ahora bien, si los corruptos pierden la elección, los que ganan nos dijeron en estas últimas horas que se habían equivocado, que los perdonemos por habernos metido la mano en el bolsillo, que lo hicieron con buenas intenciones (¿?), que todo es un mal entendido, que lo arreglaran con cuatro años más. Son como mínimo incapaces demócratas que no saben cómo resolver la estampida del dólar, ellos creen que el problema es un problema de divisas. No. No… es un problema de voz de mando, de autoridad, es un problema político.

Macri nos sacó del incendio para dejarnos esperando la ambulancia en la habitación de un asesino serial; no percibe el peligro, se le está pidiendo que entregue la cabeza de Marcos Peña y en su lugar ubique a alguien con olfato político, Miguel Ángel Pichetto reúne las condiciones, por haber convivido con el asesino serial. Pero no, no logra despertar.

¿Los argentinos nos merecíamos una sociedad moderna? ¿Estábamos en condiciones? ¿Nuestras capacidades mentales están a la altura de las circunstancias? Porque entre el … ‘Sí se puede’ y el… ‘Vamo a volve’ entregamos los últimos 16 años de nuestras vidas y parece que no tenemos alternativa. O son ellos o ellos. Ambos, no hacen uno. Es lo que hay, es lo que sembramos.

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