El 2018 quedará marcado en la historia nacional como el año en que se presentó el proyecto gubernamental para despenalizar el aborto en Argentina. Sólo en seis países del mundo (Chile, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, el Vaticano y Malta) prohíben a las mujeres terminar un embarazo, con base a las cifras más recientes de la Organización de Naciones Unidas, correspondientes a 196 países.
El Vaticano y Malta –ambos en Europa- son una excepción a lo que sucede en este continente, en donde casi tres cuarto de los países (Francia, Alemania, Grecia y Rusia entre ellos) han legalizado los abortos sin imponer una justificación médica (por ejemplo, salvar la vida de la madre) específicamente.
No es esperable que de aprobarse este proyecto disminuyan las muertes maternas en nuestro país, o que se reduzca la mortalidad perinatal (a menos que con la ley aprobada se eliminen prácticamente todos los fetos malformados que se diagnostiquen correctamente), o que se reduzcan las violaciones, o que mejore la calidad del diagnóstico prenatal en nuestro país. Los argumentos de quienes están en contra del aborto han ido modificándose a medida que son contrarrestados por la evidencia disponible, y la evidencia es que la mujer es dueña de su propio cuerpo. Punto.
Pero la idea es debatir, sin caretas, no es un tema menor y mucho menos presentarlo como una cortina de humo que el Gobierno introduce para tapar otros temas; me parece un argumento con olor a una miserabilidad política que da asco, cuando prácticamente todos los países del mundo ya lo tienen resuelto. A favor o en contra. El núcleo de los argumentos a favor del aborto dice que el resultado de la concepción no sería de inmediato un ser humano, sino sólo a partir de un momento determinado posterior. ¿Qué momento sublime y misterioso es aquél?
Parece algo que sólo la ley -curiosamente- está en condiciones de resolver, justificada por ciertos veredictos “científicos” altamente cuestionables. El punto es que, cualquiera sea la fecha en que “surge” un ser humano -diríamos que por una inexplicable “generación espontánea”-, la frontera entre lo “humano” y lo “prehumano” -sin saber en definitiva qué es esto último- resulta una arbitrariedad absoluta e indesmentible. A este respecto surgen dos problemas. El primero de los argumentos a favor del aborto es el fundamento de la fecha fronteriza, sea tal o cual. Recalcando nuevamente que siempre se trata de una arbitrariedad, pareciera imponerse la idea de que sería a partir del día 14° que el producto de la concepción se transformaría en un ser humano, debido a tener ya visible o identificable el sistema nervioso. Pero tal como esta “justificación”, cabe cualquier otra, igualmente removible. Pendería así de un elemento muy frágil y cambiante el momento en que se empieza a ser sujeto de derecho. Lo curioso va a ser que sea precisamente la ley la que graciosamente “conceda” la calidad de persona, siendo este país vanguardista en Derechos Humanos, justamente pretenden imponerse o estar por encima de ella con el fin de evitar sus posibles arbitrariedades. Es decir, nos encontramos frente a una situación circular, en que aquello que existe y se invoca para proteger de la ley abusiva -los Derechos Humanos- tiene su punto de nacimiento en esa misma ley. Así, entonces, ¿quién está realmente a un nivel más alto? El asunto es importante porque, con igual facilidad, podría esa misma ley convertirse en el “certificado de defunción” de los Derechos Humanos, como el caso de la eutanasia.
Pero la segunda cuestión es la que constituye el fondo del problema: si sólo a partir -por poner cualquier fecha- del día 14° el producto de la concepción es un hombre, ¿que era antes de ese instante misterioso y de transformación radical? La pregunta no es nada de absurda y, por el contrario, es una valla ineludible si se pretende justificar “racionalmente” al aborto, en vez de reconocer abiertamente y sin piruetas semánticas, que obedece a una decisión arbitraria e inhumana.
El embrión desde su concepción es un hombre… es un ser humano, porque todo su desarrollo posee ya una esencia que lo dirige. Negar esta naturaleza implicaría introducir el caos en todo lo que existe, cosa que precisamente la ciencia ha tratado de desmentir. Por eso, ella se traiciona a sí misma si pretende usar argumentos a favor del aborto “científicos” para demostrar la justificación del aborto, porque negaría ese orden lógico. Por tanto, forzoso es concluir que los padres humanos engendran un ser humano desde el primer momento, lo que es una regla lógica de cada género. Si evitamos eludir la realidad nos estaríamos engañando a sí mismos; el mejor razonamiento siempre será el que produzca un hecho concreto; no permitamos que la ciencia meta la cola con tal de justificar lo injustificable. Debemos afrontar un juicio serio sabiendo cuales son las consecuencias, sin mentirnos. El día 14° o la semana 12, no cambiará el destino del embrión. Dejemos en libertad de acción a las mujeres –que son las que ponen sus cuerpos- en decidir qué decisión tomarán, sin la carga culposo que esta sociedad está acostumbrada a adosarle al otro, para lavarnos las manos.
La ley sería incompleta e incompetente si legaliza el aborto libre y gratuito sin contemplar la falta absoluta en política sanitaria, en la cual será un deber garantizar que todo centro de salud esté en condiciones de atender con alta calidad la urgencia que debemos a estos casos. Legalizar el aborto es primero preestablecer un Estado en el orden nacional que esté capacitado a ingresar seriamente al siglo XXI; la ley debería pasar sin problemas por la Cámara Baja, dicen que el Senado nos llevaría nuevamente a las cavernas. Los argentinos desearán saber a mano levantada qué Senadores obstaculizaron la ley y a partir de allí veremos con mayor claridad a qué provincia pertenecen y cuáles fueron sus intereses. Porque los habrá.
Legalizar el aborto nos compete a todos. El daño sería mentirnos. Es hora de mirarnos a los ojos.

Periodista-Escritor
@naranjo_claudio
www.claudiohugonaranjo.com

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